
A las 9:07 p. m. del 23 de abril de 2019, en Aguas Zarcas de San Carlos, cayó un visitante que no había sido invitado. Entró al planeta casi en picada y lo hizo a 14,6 km/s, que es más o menos como viajar de San José a Cartago en un parpadeo. En el barrio La Caporal, un fragmento de meteorito llegó como un golpe seco sobre el techo de zinc de la casa de Rocky, un pastor alemán que dormía tranquilo hasta que el universo decidió perforarle el dormitorio.
La roca atravesó el techo, astilló la madera y dejó un agujero redondo, perfecto, como si alguien hubiera usado un sacabocados cósmico. Rocky salió corriendo, asustado pero ileso, sin saber que acababa de esquivar miles de millones de años de historia mineral.
Los videos nocturnos de Quepos, Heredia y Turrialba captaron un bólido que cambiaba de color al fragmentarse hasta producir un destello final a 25 km de altura. Al amanecer, los periódicos describían luces rasgando el cielo y un fogonazo verdoso. En Aguas Zarcas, los vecinos caminaban por los potreros recogiendo pedacitos negros y brillantes. Entre todos, recuperaron cerca de 27 kilos de material. Uno de los fragmentos pesaba más de kilo y medio.
La noticia se movió más rápido que el meteorito. O casi. Científicos y coleccionistas preguntaban por los fragmentos. Algunas piezas terminaron en museos y laboratorios; otras, en manos privadas. Las familias que las recogieron, recibieron el dinero suficiente para que el susto pasara a ser una buena inversión. Uno de los vecinos abrió un nuevo restaurante: Rancho Meteorito.
Cápsulas del tiempo
Que caiga un meteorito en Costa Rica parece poco probable, pero la Tierra vive bajo un bombardeo constante: miles de meteoritos llegan cada año, aunque la mayoría cae en el mar o se desintegra sin testigos. Así, lo inusual del de Aguas Zarcas no fue que cayera, sino lo que nos cuenta sobre el origen del Sistema Solar.
Nuestro planeta recicla su corteza una y otra vez, por lo que no quedan rocas que registren este origen. Las rocas más antiguas conocidas son los gneises de Acasta, en Canadá, de unos 4.030 millones de años.
El meteorito de Aguas Zarcas proviene de un asteroide formado en la primera infancia del Sistema Solar, hace 4.567 millones de años. Los materiales que lo conforman son tan antiguos que funcionan como cápsulas del tiempo: minerales solidificados en los primeros dos o tres millones de años tras el nacimiento del Sol y fragmentos de antiguas colisiones entre pequeños cuerpos.
Desde que se desprendió de su cuerpo original, tras uno de esos choques, el meteorito llevaba dos millones de años moviéndose solo. Pensar en ese viaje larguísimo, terminado en la casita de un perro, es un recordatorio de que el universo tiene puntería. Y sentido del humor.
Pocos días después, fue reconocido formalmente y estudiado por investigadores de varios países, incluyendo a mi amigo y colega Gerardo Soto. Al sostener este meteorito carbonáceo tipo CM2, Soto fue completamente feliz. Además, confesó que ya podía morir tranquilo.
El doble filo de un meteorito
Tenemos la inclinación a creer que lo que cae del cielo viene con fortuna. Queremos un meteorito que pague deudas, pero el cielo no siempre es complaciente: si el de Aguas Zarcas hubiera sido un poco más grande, habríamos hablado de evacuaciones, no de subastas.
En ese sentido, la historia le hace un guiño a la película Don’t Look Up (2021): ese recordatorio de cómo, incluso frente a la ciencia más clara, elegimos mirar para otro lado y hacer del peligro un entretenimiento.
Los meteoritos pueden contarnos cómo empezó el agua y quizá la vida, pero también recordarnos lo frágiles que somos. Entre el relato y la advertencia está su extraño magnetismo. De ahí la importancia de mirar hacia arriba –con menos ingenuidad y más curiosidad– y entender esas trayectorias, esos relatos, esos fogonazos.
Porque lo extraordinario no es que una roca de 4.567 millones de años haya caído del cielo. Lo extraordinario es que sepamos qué hacer con ese regalo accidental: estudiarlo, preservarlo o transformarlo en historias.
El cielo no está ahí para resolvernos o salvarnos la vida. Está ahí para que lo descubramos. Aunque sea en una noche cualquiera, con un golpe inesperado sobre el techo de la casa de Rocky. El pastor alemán que supo salir corriendo a tiempo, o que estaba, seguramente, hecho un ovillo en el lugar correcto de su vivienda.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.