
Hay verdades que, por antipáticas, uno procura no mirar demasiado. Esta es una: el Estado, como casi toda institución humana, tiene una desagradable tendencia a corromperse. No siempre, no todo, no todos. Pero démosle tiempo, presupuesto, poder y suficientes oficinas, y veremos aparecer esa fauna conocida: el vividor, el amigo del amigo, el político que reparte lo que no es suyo y el empresario que descubre, con conmovedora vocación cívica, que su mejor cliente es el contribuyente.
Podemos indignarnos. O podemos hacer cuentas.
Si aceptamos que la corrupción no es una anomalía extraterrestre, sino una posibilidad permanente allí donde se juntan poder, dinero ajeno y poca vigilancia, quizá convenga preguntar: ¿cuánto queremos poner sobre la mesa para que eventualmente nos lo roben?
De ahí una propuesta bastante sencilla: si vamos a tener un Estado susceptible de corrupción, más vale un estadito corruptito que un estadote corruptote.
No es una defensa de la corrupción. Si uno sabe que hay ladrones, no deja la caja fuerte abierta para demostrar su fe en la humanidad. Le pone llave.
Sin embargo, con el Estado, razonamos al revés. Si una institución falla, creamos otra. Si un trámite es inútil, abrimos una oficina para supervisarlo. Si esa oficina tampoco sirve, nombramos una comisión que estudie por qué. Y cuando entrega un informe de 400 páginas que nadie lee, concluimos que faltó presupuesto.
Es una maravilla.
Literalmente: el País de las Maravillas.
El filósofo español Gustavo Bueno llamó “pensamiento Alicia” a la costumbre de imaginar mundos deseables sin hacerse cargo de los obstáculos para llegar a ellos. Del otro lado del espejo, basta desear una cosa buena para que ocurra.
Nuestro pensamiento Alicia criollo funciona estupendamente.
Queremos mejor educación: más aparato educativo. Mejor salud: más aparato sanitario. Más seguridad: más estructuras. Menos pobreza: más oficinas.
Y así confundimos el tamaño del instrumento con la magnitud del resultado. Como si un martillo de 20 kilos construyera necesariamente una casa mejor que uno de dos.
El Estado no es bueno por ser grande ni malo por ser pequeño. La pregunta sensata es otra: ¿qué debe hacer y cuán bien lo hace?
¿No le gustaría un Estado pequeño precisamente para poder disfrutar de cosas públicas enormes?
Una educacionzota. Una saludzota. Una infraestructurota. Una seguridadzota.
¿No sería maravilloso tener carreteras que no parezcan campos de experimentación lunar; escuelas que enseñen; hospitales que atiendan; policías que protejan; jueces que resuelvan; puentes que no se caigan y trámites que no conviertan al ciudadano en peregrino de ventanilla en ventanilla?
Para eso, hace falta dinero. Mucho dinero.
Y, precisamente por eso, no deberíamos desperdiciarlo en todo lo demás.
Cada colón dedicado a una ocurrencia, una duplicidad, una institución ornamental, una consultoría que confirma lo que ya sabíamos, un privilegio injustificable o una planilla que existe porque siempre ha existido es un colón que no va a la escuela, al hospital, a la carretera o al policía.
El problema del Estado grande no es solamente ideológico. Es geométrico. A mayor superficie, más rincones. A más rincones, más lugares donde esconder cosas: más presupuestos, contrataciones, jerarquías, nombramientos, favores y posibilidades de que alguien meta la mano mientras los demás discutimos el reglamento.
¿Significa esto que un Estado pequeño será honrado? Por supuesto que no.
También se puede robar en una pulpería. La diferencia es que es más difícil robarse un supermercado entero si el supermercado no existe.
Y convendría abandonar otra fantasía infantil: la del gobernante bueno.
Cada cuatro años nos convencemos de que el problema no es el poder, sino quién lo ejerce. “Ahora sí”, decimos, y entregamos la chequera y las llaves porque esta vez llegaron los buenos.
Hasta que los buenos descubren que son humanos.
La arquitectura institucional inteligente no se diseña pensando en santos. Se diseña pensando en seres humanos: ambiciosos, generosos, mezquinos, brillantes, mediocres, honestos algunos días y tentables otros.
¿No sería más sensato construir un sistema en el que no importe demasiado si nos gobierna un santo o un sinvergüenza, porque ninguno de los dos tenga demasiado poder para hacer lo que le dé la gana?
La democracia no debería consistir en encontrar ángeles para gobernarnos, sino en construir un sistema en el que hasta los demonios tengan poco margen para hacer travesuras.
Por eso, empequeñecer al Estado no es despreciarlo. Es hacerlo útil.
Es quitarle grasa para darle músculo.
Es decirle: no te necesitamos multiplicando escritorios, administrando lo que otros pueden administrar ni inventando razones para justificar tu existencia. Te necesitamos haciendo pocas cosas, pero haciéndolas formidablemente bien.
Esto es menos seductor que prometerlo todo. El político que crea una institución corta una cinta. El que elimina una dependencia innecesaria no inaugura nada. No hay placa de bronce para celebrar el ministerio que dejó de existir.
Pero gobernar adultos debería consistir, entre otras cosas, en dejar de tratarnos como niños.
Tal vez algún día encontremos el sistema perfecto, poblado por funcionarios infalibles, políticos incorruptibles y presupuestos que jamás engordan.
Cuando llegue ese día, podremos volver al País de las Maravillas.
Mientras tanto, quizá convenga vivir de este lado del espejo.
Hagamos un estadito chiquitico, vigilado y ocupado en lo esencial. Y entonces sí, soñemos en grande: con una educacionzota, una saludzota, una infraestructurota y una seguridadzota.
Y, de paso, si alguien mete la mano, que encuentre menos dónde meterla.
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Alberto Quirós Feoli es publicista, fundador de la agencia de publicidad Jotabequ y profesor universitario en filosofía creativa.