Nadie expondría mejor que como lo hizo el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, en su discurso ante Naciones Unidas el 23 de septiembre pasado, el peligro de Irán equipado con armas nucleares. Contrario a la Carta de Naciones Unidas y las normativas de las relaciones internacionales, el presidente iraní utilizó ese fórum para amenazar no solo con destruir países, sino civilizaciones completas.
En un discurso más militante que los pronunciados en años anteriores, Ahmadinejad hizo un llamado al derrumbe del sistema global existente. Él predijo el inminente fin del mundo (a través de la llegada del Mesías musulmán para los chiitas) reclamó el control sionista sobre los Gobiernos occidentales e instó a una violenta revolución que traería un futuro utópico. Además, agregó que los Gobiernos occidentales estaban desafiando la voluntad de Dios, prefiriendo la “obediencia a Satán”, la codicia, y la diseminación del ateísmo. Advirtió que serán destruidos a menos que acepten su “invitación” al cambio en sus rumbos.
La prioridad que da Teherán para obtener armas nucleares fue muy clara en ese discurso. Anunció que su país no cooperaría –en el futuro– en ninguna investigación internacional con respecto a esa cuestión, declarando que el tema “ahora está cerrado”. Aludió que Irán “siempre observó” las regulaciones internacionales sobre el desarrollo nuclear, lo que resulta falso y demostrable, como informes tras informes mostraron.
También, fue particularmente reveladora su obsesión con la Segunda Guerra Mundial, cuyo resultado considera el principal factor de los problemas mundiales actuales. “Los victoriosos de la guerra” proclamó, “trazaron la hoja de ruta para la dominación global”, maltratando a las naciones vencidas. Como muchos de los delirios de Ahmadinejad, esa aseveración es desde el punto de vista históricoincorrecta, dado que los vencedores ayudaron con generosidad a Alemania y a Japón a reconstruirse desde las ruinas a las que sus dictadores las llevaron mediante la promoción de la guerra, la agresión y la muerte.
El presidente iraní tiene buenas razones para comparar su situación con los ex poderes fascistas, porque hoy en el mundo moderno, su régimen es el más próximo a esos totalitarismos. Vale mencionar que el imperio nazi se condujo hacia la bomba nuclear que debería garantizar su triunfo y hegemonía global. El presidente de Irán no perdió la oportunidad de presumir en su discurso, por lo cerca está su país de obtener completa su capacidad nuclear.
Propaganda de odio. Como siempre y como lo hicieron sus desafiantes predecesores, Ahmadinejad hizo propaganda de su odio hacia el pueblo judío. “El régimen sionista va cuesta abajo”, afirmó, “y su desaparición es inevitable”. En alocuciones anteriores, de acuerdo con las traducciones oficiales iraníes, sostuvo que ayudaría a borrar a Israel del mapa. Ahora trata de explicar esas amenazas –siempre dichas por otros líderes iraníes– como si fuese la declaración de un espectador independiente.
El antisemitismo no podía faltar; fue también destacado como parte central de su visión de mundo. Reclamó que “un pequeño y engañoso número de personas llamadas “sionistas” dominan los centros financieros y políticos de Europa y Estados Unidos”, de “manera fraudulenta, compleja y furtiva”. Que no haya equivocación: “sionismo” es sinónimo de nación judía, y usar la palabra “sionistas” en lugar de “los judíos” es un falso intento de legitimar un discurso de odio.
La cuestión no es que Ahmadinejad sostiene ideas extrañas sobre los judíos y el mundo. El problema es que él y el régimen que encabeza tienen el poder de poner en práctica su pensamiento.
Tiene gran influencia sobre muchos oficiales de las ex-Guardias Revolucionarias Islámicas, los creyentes de la ideología radical islámica más extremista y los que apoyan el terrorismo. En los últimos días, fue elogiado en dos oportunidades por el guía supremo de Irán. El presidente de Irán y el régimen de Teherán resultan ser la misma cosa.
En un comentario sobre el intento iraní de ganar un lugar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la ministra de Relaciones Exteriores de Israel afirmó en su discurso: “Es absurdo que un país que amenaza la seguridad de sus vecinos y llama a la destrucción de otro Estado se convierta en miembro de la organización que pretende contribuir a la seguridad global”.
Graves amenazas. El régimen de Irán conlleva 5 elementos: la dura represión de su propio pueblo, los esfuerzos para difundir, en todas partes, la revolución, el odio extremo a Occidente e Israel, la alta propensión hacia la violencia y el sistemático financiamiento del terrorismo internacional. Es decir, tiene la oportunidad y el motivo de cometer el mayor de los crímenes del siglo XXI: establecer una guerra nuclear cuyo resultado será la muerte de millones de seres humanos en muchos países, el dolor y la destrucción de la naturaleza.
La amenaza no es solo un problema israelí. Si Irán obtiene armas nucleares, será capaz de intimidar a otros, bloquear cualquier acción de Occidente o internacional en la región, y forzar a los países árabes a reverenciar el poder de Teherán. Muchos miles se unirían a los grupos islámicos radicales, creyendo que el camino de Irán es señal de futuro. Los niveles de terrorismo e inestabilidad en la región y el mundo podrían abruptamente aumentar.
Los precios del petróleo permanecerían altos e incluso subirían por la tensión resultante y la presión iraní. Cualquier solución diplomática pacífica de las cuestiones Israelí-Palestina o árabe-israelí va enfrentar obstáculos inmensos en las manos de lo radicales y extremistas; esto retrasaría el establecimiento de la paz tan añorada en la región.
Ahmadinejad y sus colegas hablaron de manera entusiasta de un mundo sin Israel, y un mundo sin Estados Unidos. Si la comunidad internacional no actúa con convicción contra el actual régimen iraní, podría llegar a consecuencias lamentables como es tener un mundo sin prosperidad ni paz ni libertad para todos.