
Tocaba ir a contar historias a la calle. Porque desde que el mundo es mundo, las historias eligen dónde se cuentan y no al revés.
En mi oficio de cantautora, periodista, escritora y cuentacuentos, ¿cuál es la frontera entre uno y otro? Una delgada línea de puntos rojos que a menudo dejan pasar una nota musical y el cuento ya es una canción. De pronto, se me mete la luna en el bolsillo y sale un poema, o me encargan una historia de la vida real y parece salida de la jupa de García Márquez, o se me ocurre fantástica y duele como un pellizco.
Así es el oficio. Y por eso, cuando me piden contar historias, cuanto más retador sea el escenario, con más amor y pasión se me despierta el juglar y entonces, ahí están, mi guitarra, los muñecos, los instrumentos y toda yo lista para tocar corazones.
La cosa es que me habían pedido un encargo duro: ir a contar historias en la esquina del “banco negro” (que ahora es azul), allá justo en el vértice donde se cruzan el Banco Central y la venta de flores, en el puro corazón de San José.
Llegué a la hora convenida. Mochila al hombro, guitarra en mano, repertorio cambiante como un caleidoscopio, porque una cosa es narrar una historia en una escuela o un auditorio y otra, hacerlo en medio del concierto de gritos, lotería, lleve tiempos, medias a tres en mil, aguacate maduro, raspas, riñas, robacelulares, predicadores y otras especies.
En ese momento, hay que despojarse de cualquier ápice de autoestima, sacar al animal salvaje y feroz que a todos nos habita y gritar muy alto y claro. Porque lo que vendés, como en la canción de Mocedades, son cuentos, historias insólitas, canciones antiguas y esperanzas.
Comencé mi cantaleta al ritmo de mis competidores que, celosos y un poco atónitos, me veían y se sentían retados por “la nueva” voz.
La gente me fue rodeando, más llamada por la curiosidad que por las ganas de oír un cuento.
Se fueron aglutinando en un círculo respetable, y yo, como no tenía ninguna expectativa de recibir una moneda en el sombrero, desplegué mis mejores talentos en cada cuento.
Aplausos tímidos. Silencio. Asombro. Indiferencia. Todo un coctel de rostros me veía.
Y, entonces, saqué una de mis historias amadas. Un cuento de un bicho que anda contagiando a todo el mundo de amor. A todos los llena de los más hermosos sentimientos: a científicos, médicos, enfermeras, viejitas, taxistas... y cuando los que manejan la guerra se percatan de que el amor es peligroso porque atenta contra todo lo que ellos promueven, urden un plan macabro para apuntarle a nuestro personaje con todo el armamento imaginable, con la suerte de que, antes de ordenar el ataque, una abuelita despide a su sobrino soldado con un beso y… ¡todos los soldados se llenan de amor!
En mi versión de la historia, de los cañones salen pasteles de chocolate y de las ametralladoras, helados de vainilla.
Niños y adultos se pelean por alguno de aquellos disparos para saciar su hambre, y a los presidentes de las naciones no les queda más que firmar la paz para siempre y empezar a gastar en libros y en pan para los niños lo que antes se gastaba en la industria de la muerte.
No es que quiera ser “cuentoiler”, pero al final y como en un juego, saco de mi bolsa de cuentera un títere hecho de una media vieja que representa al bicho del amor y lanzo a los presentes la advertencia de que si no se quitan, este los llenará de amor sin remedio y que ya no podremos pelear, ni dividirnos; que seremos todos uno solo, como uno solo es el deseo de servir, y unir, y pacificar.
Entonces, mi títere y yo empezamos a repartir besos a los mirones, y entre risas, y güilas que se escabullen, y viejitas que andaban haciendo mandados, y oficinistas con gafete, hay ahí un habitante de calle que, con sus ojos grandes y húmedos, ha escuchado la historia.
Él, invisible, como intenta hacerse cuando está rodeado de gente, con los brazos cruzados, tenis que no son de su talla, la barba de días y flaco como un palo, ha oído toda la función.
Noto que, en los chistes, tiene una sonrisa desdentada, pero honesta. Y si el vacilón nos incluye a todos, vuelve a ver al que tiene al lado, buscando la complicidad de haber entendido la broma.
Cuando mi títere llega a su mejilla, le zampa un beso grande y sonoro, como ha hecho con los demás.
Para mi asombro, el hombre abre los ojos, vuelve a ver a ambos lados, se tapa el beso con la mano derecha y sale soplado para que nadie se lo quite ni se lo robe.
Ahora soy yo la que estira la cabeza para verlo huir entre la multitud que se lo traga.
Y, por unos segundos, somos él y yo, yo y él, sin imaginar ninguno que el milagro atropella la monotonía del concreto y nos cambia a los dos para siempre.
Un títere de media vieja, una historia y un beso que nunca será robado, como una joya que se guarda celosamente en la mejor de las cajas fuertes: el corazón.
Aquella noche, mi muñeco duerme satisfecho en la valija del cuentacuentos, con cara de misión cumplida. Yo me despierto en la madrugada y repaso esto que les cuento sin terminar de asimilar el impacto. Y en una calle solitaria, debajo de un cartón, hay una luz inapagable que nadie puede explicar.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
