
Hace 12 meses publiqué en este mismo espacio mis proyecciones sobre qué esperar del nuevo pontífice. Entonces escribí: “No se trata simplemente de escoger a un nuevo líder administrativo, sino a un pastor”. Hoy, al cumplirse el primer año del pontificado de León XIV, sé que no me equivoqué.
El Papa cumplió con la más antigua y exigente de sus misiones: confirmar en la fe a su rebaño. Muchos análisis recientes optan por mirar su pontificado desde la tensión con el mandatario estadounidense, reduciendo su figura a la de un actor geopolítico o a un líder moral que alza la voz por la paz. No es una lectura incorrecta, pero sí insuficiente. El riesgo de ese enfoque es perder de vista lo esencial. Mi lectura va por otro lado.
El enfoque está en la misión
León XIV es agustino. Y eso no es un dato anecdótico; es una clave de interpretación. El agustino es, por naturaleza, misionero. Sabe que no se anuncia a Cristo desde el protagonismo propio, sino desde la coherencia interior. Sabe –como lo entendió Juan el Bautista– que “es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn. 3,30).
Tal vez por eso sus primeros meses desconcertaron a algunos. Se habló de un papa silencioso, de bajo perfil, incluso de cierta ausencia. Pero confundir silencio con inacción es un error frecuente en una cultura acostumbrada al ruido. Mientras muchos buscaban gestos grandilocuentes, el Papa sembraba. Y hoy comienzan a verse los frutos.
En distintas latitudes del mundo se percibe un fenómeno que no puede explicarse solo en términos sociológicos. En Estados Unidos, diócesis como Los Ángeles reportaron más de 8.500 nuevos católicos en la pasada Semana Santa, un incremento del 139% respecto al año anterior. Chicago creció un 52%; Nueva York, un 36%.
Europa, tantas veces descrita como territorio de secularización irreversible, ofrece señales inesperadas. En Zaragoza, el número de adultos que piden el bautismo creció un 164%. En toda España, más de 14.000 adultos se prepararon para recibirlo, el grupo más grande en dos décadas.
Asia y África no se quedan atrás. Solo en Hong Kong, más de 1.600 adultos y 900 niños fueron bautizados en Pascua. En Getafe, un obispo bautizó a 17 niños que estuvieron a punto de ser abortados. ¿Casualidad? ¿Tendencia aislada? Cuesta sostenerlo.
Algo ocurre en la Iglesia
Sería un error atribuir todas estas situaciones exclusivamente a la figura del Papa. León XIV no parece interesado en protagonismos. Su mérito –si cabe llamarlo así– ha sido otro: dejar actuar a Dios.
Desde su primer mensaje Urbi et Orbi, el 8 de mayo de 2025, marcó con claridad su horizonte: una paz “desarmada y desarmante”. No como consigna política, sino como expresión del Evangelio vivido sin miedo. Lo ha reiterado con fuerza, incluso en contextos complejos, como en su reciente viaje a África, donde afirmó con sencillez: “No tengo miedo de hablar en voz alta del mensaje del Evangelio”.
Esa coherencia –más que cualquier estrategia– es la que explica lo que vemos.
Un cónclave que supo escuchar
Hace un año, el Papa invitaba a la Iglesia a caminar “sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros”. Doce meses después, no solo lo ha sostenido: lo ha encarnado.
Por eso, más allá de titulares o lecturas parciales, conviene volver a lo esencial. El Papa no fue elegido para ser protagonista del mundo, sino para ser testigo de Cristo. Y en eso, León XIV ha cumplido.
Pero sería incompleto no reconocer de dónde brota este primer año fecundo: de la oración perseverante del pueblo de Dios y de un cónclave que, aun en medio de legítimas visiones humanas, supo abrirse con docilidad a la voz del Espíritu Santo. Porque cuando la Iglesia escucha, discierne y se abandona a Dios, Él actúa. Y cuando Él actúa, los frutos no tardan en llegar.
Germán Salas Mayorga es periodista.
