Hay seres que dejan una profunda e imborrable huella durante su paso por la vida. Son personas cuya presencia de ninguna manera puede pasar inadvertida.
Recuerdo con nostalgia la primera vez que me presentaron a Gonzalo Facio. Iniciaba mi carrera laboral en el bufete creado por él e hizo crecer como una de las mejores firmas legales de Costa Rica.
Con amabilidad y el porte de un hombre de mundo, me dijo cariñosamente: “Un placer conocerlo, Gonzalo Facio”.
Sí, Gonzalo Facio Segreda, quien murió a los 99 años de edad el pasado miércoles 24 de enero y fue canciller de la República en dos periodos, embajador de Costa Rica ante los Estados Unidos en tres oportunidades: 1956-1958, 1962-1966 y 1990-1994 y embajador de Costa Rica ante el Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos de 1998 al 2001.
Ese primer día quedé muy impresionado. Había fotografías de él con la mayoría de los presidentes de Estados Unidos de la posguerra; otras, resumían mucho de la historia de mi país, de la abolición del ejército y de la Junta Fundadora de la Segunda República.
Ahí se encontraban retratos de las celebridades que marcaron la historia política y religiosa del planeta. También tenía fotos de la época cuando practicaba natación y fútbol como miembro del equipo de Limón.
Como dirían los jóvenes de antaño, don Gonzalo era algo así como un Forest Gump. Basta con mencionar el hecho de que existe una placa dedicada a él en una plaza en Chicago, Illinois.

Cualidades. Más allá del aspecto profesional, durante los muchos años que le conocí, logré ver su lado humano. Era un hombre de grandes cualidades, capaz de enseñar de una manera simple.
Me encantaba visitarlo y preguntarle cosas de su vida, de su labor en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y de su destaca participación en el a veces no tan fascinante mundo de la política y la diplomacia.
Recuerdo cuando asistimos a un funeral y me dijo al entrar a la iglesia: “Sentémonos bien cerca del difunto para que nos vean los familiares”. También recuerdo cuando me contó que fue a disfrutar la película de la guerra de los misiles en Cuba –13 días– y en medio de la oscuridad del cine le dijo un poco exaltado a su bellísima esposa, doña Ana Franco (q.d.D.g.): “Mirá, Ana, ese soy yo, el presidente del Consejo de Seguridad”.
El doctor –como cariñosamente le llamábamos– era, definitivamente, extraordinario, con una personalidad impresionante. En su vida se resume tanta historia y tantos acontecimientos importantes, no solo nacionales, sino también mundiales.
La última vez que departí con él fue en la boda de su nieta; para entonces, don Gonzalo ya alcanzaba las nueve décadas de edad, estaba en silla de ruedas y algo perdido, pues, ciertamente, los años no pasan en vano.
Esa noche me conmovió muchísimo que aún me reconociera y, con la inocencia de un niño y con su rostro iluminado de ese afecto que uno sabe es genuino y honesto, me abrazara.
Su legado. Hoy, cuando ya no nos acompaña físicamente, siento una profunda tristeza. Me hará falta visitarlo, escucharlo, aprender de él, verlo reír o llorar –porque alguna vez lloró conmigo varias de sus penas–, pero deja en mi alma la enseñanza más grande que una persona me haya legado: su incansable espíritu de trabajo, de contribuir, de vivir. Al fin y al cabo, nunca perdemos nada, nunca dejamos nada, pues todo continúa siempre dentro de nosotros.
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Ken Wilber escribió una vez: “Somos creadores de músicas y fabricantes de sueños, que vagamos por desnudos arrecifes y nos sentamos junto a corrientes desoladas; perdedores, y a la vez salvadores, en este mundo sobre el que brilla la pálida luna. Y, no obstante, según parece, somos quienes movemos y conmovemos a este mundo para siempre”.
Puedo decir que tuve la dicha de conocer a Gonzalo Justo Facio, al hombre cuyo testimonio de vida me marcó para el resto de mis días, me enseñó que la tolerancia y la amabilidad requieren de una gran disciplina y fue capaz de expandir mi conciencia para hacerme ver a través de ella el palpitar de su hermoso ser.
Adiós maestro, compañero y amigo. ¡Fue un placer conocerlo! Nos volveremos a encontrar, mi querido doctor. La historia es larga y la vida, corta.
El autor es abogado.