
Tres cuadernos son mis ventanas para asomarme a los trazos con los que han vencido el tiempo y escrito en mi alma tres mujeres de mi propia sangre. Los tres son de caligrafía impecable: letra regular, simétrica, en cursiva y perfectamente legible, como se escribía en el tiempo de antes.
El de abuelita Emilia es de 1915. Es su cuaderno de Castellano, del IV año de educación secundaria en el Instituto de Alajuela. Abrir sus páginas es ir un año a clases con ella, en aquella ciudad tan distinta, donde los maestros llegaban a impartir lecciones vestidos con saco y corbata, y se limpiaban el zapato en una rejilla metálica que había en la entrada del edificio, porque las calles eran de piedra, con matillas entreveradas, y por eso abundaba el barro tras los aguaceros. El texto de abuelita Emilia es limpio, sin tachones, para mostrar tareas a estrictos profesores.
El de la tía abuela Alicia, en cambio, es un cuaderno con escritura un tanto más apresurada y de líneas más agudas: es un cuaderno de borrador, donde ella escribía imágenes para pintar, consejos de composición de paisajes del maestro don Teodorico Quirós, poemas al vuelo, anécdotas de un amor prohibido y apuntes de temas para escribir luego. Son trazos que llegan desde 1960 con recuerdos que datan desde 1918.
El cuaderno de mi madre, en cambio, es el más reciente. Gracias al cielo, ella aún vive y todavía lo está escribiendo, desde hace unos 16 años. Sus trazos son redondeados, armónicos, y la autora los combina con diagramas y fotos. Es un texto pleno de historias de infancia y juventud. El legado que se ha ido llenando con el tiempo, por encargo mío, para que su historia, desde los años 40, siga navegando en un barco pirata por el río Machuca y viajando en tren desde San José hasta Orotina, para rodar en el cerro junto a la tía Alicia y caminar con el abuelo en busca del Príncipe, su caballo amado con un lucero en la frente.
Algo tiene de resistencia la palabra escrita de puño y letra sobre el papel. La forma se funde con el contenido, dejando sentir la intención, el ánimo de quien plasmó las letras en ese momento exacto de la escritura, la preservación de un instante único que no se puede replicar con un copy paste de un impersonal Arial 12, espacio y medio, para distribuir en masa por las redes sociales, y caducar al poco tiempo en la memoria efímera del scroll sobre pantallas.
En un cuaderno, uno ve el paso del tiempo; puede ver el envejecimiento del papel, la textura de las tapas de cartón, la nota al pie en letra pequeña y, de vez en cuando, un borrón, una tinta diluida en agua, café, sudor o quién sabe si una lágrima. El cuaderno habla entre líneas más allá de las palabras.
Es urgente regalar hojas en blanco y lapiceros. En tiempos en que lo que importa es el instante, volver a la escritura a mano es un acto de resistencia contra el olvido y la divulgación masiva de la intimidad. Es celebrar la fragilidad de lo único y personal, el secreto, la materialidad que se palpa con los cinco sentidos, necesarios para captar la luz de un documento. Es un regalo, como una cápsula del tiempo, un tesoro, una dinámica de complicidad, una puerta al corazón que trasciende la muerte. Los cuadernos a veces se vuelven carpetas de fotos, cartas, apuntes. A veces, en sus últimas páginas, aparecen confesiones y hasta declaraciones de principios:
“Heredia, lunes 14 de agosto de 1916… Hoy he pasado tranquila, sin enojo. Las palabras del maestro Brenes Mesén acerca de nuestro ideal me han dejado pensando un rato…Quiero aliviar las tristezas de mis padres, que tantos sacrificios hacen para que yo pueda estudiar…”, cuenta mi abuela Emilia de pronto, con una letra más apurada que la de un año antes, plena de ejercicios de gramática y análisis de poemas.
En el otro cuaderno, el de la tía abuela Alicia, se lee:
“Noviembre 13 de 1954… Temas para escribir: Soñar despierta es arreglar la vida como a una le gusta más. Soñar dormida es cortar en pedazos un trozo de vida y usarlos sin que coincidan. He soñado despierta cosas bellas. He arreglado mi vida como quiero. He soñado dormida. He sido feliz con personas y cosas que se han ido. ¿Qué preferir? Soñar despierta".
Y dice mi madre, en uno de sus escritos:
“Una mañana papá tenía que ir a la otra finca y me llevó. Íbamos a pie por dentro, atravesando una pequeña montaña. Yo tenía unos seis años. Andaba con short y sandalias. Lo cierto es que nos perdimos; no encontrábamos la salida y pasábamos en medio de matas con espinas, las cuales me punzaban y yo empecé a llorar. Papá me dijo: ‘No llore, mami. Hay que ser valientes’. Hasta ahí llegaron mis lágrimas. Porque, ante la orden de papá, no se podía seguir llorando. Él me alzó y me llevó a caballo sobre sus hombros hasta la otra finca. Cuando llegamos al río, yo tenía sed y, como no llevábamos nada para coger el agua, papá se quitó el sombrero de casco, lo enjuagó y recogió agua para que yo tomara. Desde ese día, seguí tomando el agua del río en el casco de papá. La orden de no llorar influyó mucho en mí, porque aprendí a tragarme las lágrimas y a intentar ser fuerte en los momentos difíciles”.
Palabras de puño y letra, que tanto necesitan escribirse... para reescribir también nuestra historia patria.
rgonzalez@utn.ac.cr
Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
