
Rodolfo Mora entró a mi casa a paso lento y contando chistes. En eso último, era el de siempre. Lo miré desde una ventana, con el respeto y la solemnidad que da el sentimiento de ser testigo de un acto de valor y cariño que se contempla por última vez.
Era el homenaje que él hacía, al final de su vida, a una amistad que él y mis papás se profesaron por décadas. Todos sabíamos que aquello sabía a despedida, pero la profundidad del gesto de Rodolfo no apagaba la risa colectiva, como había sido siempre en esos encuentros.
Aquella amistad había nacido del cariño entrañable que Lila Cooper, la esposa de Rodolfo, y mi mamá, Teresita Ulloa, habían logrado mantener vivo desde que ambas eran niñas. Lila recuerda haber chineado a mi madre desde sus primeros meses, y desde entonces eran yunta. Lo cierto es que cuando ambas se casaron, los maridos también congeniaron y nació así una amistad no exenta de desencuentros, pero que siempre logró retomar la ruta de las coincidencias, sabedores de que, a veces, hay que poner a un lado lo importante para defender lo esencial.
Y sí, lo esencial estaba ahí, en ese momento, en la última fiesta temática que se inventaban para verse y, como siempre, solos ellos cuatro: en varias décadas, a menudo se inventaron una fiesta hawaiana (collares de papel maché y fresco de piña bautizado, nada más), otras veces una fiesta árabe (turbantes hechos con trapos de la casa, nada más), otras, un encuentro a la tica… espacios para tertuliar, recordar y reír a carcajadas. Siempre así, solo ellos cuatro.
Aquella última vez, el médico había desaconsejado a Rodolfo asistir a la fiesta. No estaba en condiciones de salud para salir y era mejor quedarse tranquilito en casa. Pero él disolvió el argumento clínico con una frase contundente: “Quiero ir, por última vez, a ver a mi amigo David ahí, en el ranchito de su casa (dos latas de zinc y dos postes), donde hacemos las fiestas.”
Pocas semanas después, cuando Rodolfo murió, recuerdo haber visto en la sala de su casa una placa de cerámica con una frase que celebraba el valor de la amistad. Sonreí: yo sabía que aquello era una declaración de principios, no un adorno más de la pared.
Traigo a la memoria ese momento porque este fin de semana, cuando el comercio ofrece gangas para el “Día del Amor y la Amistad”, esta última parece quedar en segundo plano, como un premio de consolación para los que no tienen pareja. Y no. La verdad es que la amistad merece su propio día, porque los valores que la sostienen (preocupación por el otro, desapego, generosidad, elegancia, escucha) no son los subrayados actualmente. Nos educan constantemente para el individualismo, la competitividad, la acumulación y, últimamente, están de moda el ruido y la matonería.
No hay escuelas de amistad. Se aprende viviendo, siendo amigo y, sobre todo y con suerte, teniendo buenos amigos. Mi tata no tuvo demasiados, pero sí muy buenos.
Recuerdo, por ejemplo, a mi padrino Eduardo Vargas. Mi papá y él tenían un ritual semanal, aprendido en el movimiento de Cursillos de Cristiandad, al que alguna vez pertenecieron: se sentaban los miércoles por la noche y, durante una hora, compartían –en el caso de padrino, acompañado por un trago de ron– tres preguntas: el éxito de la semana, el fracaso de la semana y lo que llamaban en Cursillos “el momento cerca de Cristo”, es decir, dónde habían visto el paso de Dios por sus vidas durante esa semana. Al final rezaban un padrenuestro y un avemaría y calabaza, calabaza, padrino se iba para su casa.
Yo, carajillo, sabía que esas tres preguntas bastaban para que mi tata y mi padrino soltaran en confidencia todos los chismes familiares. Por eso, a mis hermanas y a mí nos tenían prohibido orejear la reunión. Pero yo, más de una vez, me las ingenié para deslizarme cerca de una ventana sin ser visto y enterarme del lado oscuro de las dos familias. Era entretenidísimo, siempre y cuando no lo pescaran a uno.
Lo cierto es que aquel mantenimiento semanal de la amistad forjó tal cercanía entre mi tata y mi padrino que, más de una vez, papi nos decía a mí y a mis hermanas: “si yo llego a faltar un día, su padrino queda”. Tal era la profundidad de esa comunicación forjada a partir de la fe. Para mí, una lección: la amistad se cuida desde la comunicación franca y desde el honrar la confianza.
Otro amigo de mi papá que recuerdo hoy es el doctor Norman Fuentes. Quería a mi papá y lo respetaba, y siempre que podía hablarme, me recalcaba las razones por las que yo debía honrar siempre a mi padre. En los últimos meses de vida de mi papá, cuando ya él casi no hablaba y se comunicaba casi solo con la mirada, el doctor pasó más de una vez simplemente a estar un rato juntos, a veces contándole algunas cosas, a veces solo permaneciendo en silencio. Mi tata agradecía la visita. Se le veía en los ojos.
De don Norman aprendí que la amistad no solo es hablar, a veces se trata solo de estar y acompañar, y, sobre todo, honrar, agradecer, aun cuando el otro ya no puede darte mucho, solo un gesto. Don Norman fue amigo hasta el final.
Hoy recuerdo a esos tres amigos de mi tata, porque yo creo que sí: que hay que poner de moda la amistad. Quizás hacerlo sea como ir a traer un poquito de leña para calentarnos en estos tiempos, cuando en lugares tan tropicales como Alajuela, se cuela en febrero un viento frío de los glaciares, como metáfora de tantas cosas.
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Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
