Cada Semana Santa se repite la historia: el éxodo masivo a playas y sitios de recreo conlleva siempre un frenesí vacacional plagado de accidentes acuáticos, accidentes de tránsito e incendios forestales. Y a pesar de que las recetas para el desastre (alcohol, exceso de velocidad, imprudencia, descuido, soberbia) se conocen y se advierten una y otra vez en los noticieros, estas parecen no tener impacto significativo en una parte de la población.
En concreto, sobre los incendios forestales, el Benemérito Cuerpo de Bomberos de Costa Rica reportaba a Noticias Monumental, el pasado lunes 6 de abril, que, hasta ese momento, se habían presentado 146 incidentes de dicha índole, el número más alto registrado en el mismo periodo en comparación con otros años. De estos, ocho de cada 10 fueron en Guanacaste, provincia marcada por una dura época seca y por ser destino predilecto de los vacacionistas.
Muchos de los incendios forestales son atribuidos al descuido humano: fogatas sin apagar en campamentos, colillas de cigarro despachadas inapropiadamente, chispas errantes en parrilladas, botellas de vidrio en pleno sol que crean el “efecto lupa”, entre otros. También existe otro tipo de “descuidos”, como introducirse furtivamente en una finca para extraer la miel de un panal, utilizando fuego para que el humo espante a las abejas… en plena sequía del verano guanacasteco.
Precisamente, esa es la hipótesis de más peso para explicar el incendio que ocurrió el pasado Viernes Santo en una finca ganadera en Los Ángeles de Tilarán. Según funcionarios de Bomberos que atendieron la emergencia, es frecuente que se den ese tipo de actos en días feriados, pues a menudo sus ejecutores lo consideran toda una hazaña para impresionar a parientes o amigos que están de visita desde otras provincias. Con fuertes vientos soplando y en plena época seca, el pasto se convierte prácticamente en paja, por lo que es difícil comprender cómo a alguien se le puede ocurrir encender algo en ese entorno.
Eran las 5 de la tarde y ya parte de la propiedad ardía con fuerza y amenaza. Dichosamente, con la inconsciencia egoísta también emerge la solidaridad y el sacrificio virtuoso. Abnegados trabajadores de la finca ayudaban a los muchachos de la unidad de bomberos, que llegó con prontitud al lugar.
El ganado pudo refugiarse en los confines del predio, apartándose por su propia cuenta de las llamas y el humo. Tenían espacio para huir y esto permitió enfocarse en tratar de controlar las llamas. La fauna del agropaisaje, por otro lado, ¿quién sabe? Culebras, garrobos, tortugas, lagartijas, insectos, conejos, ratones, topos, armadillos, entre otros similarmente vulnerables. Es difícil conocer la magnitud de su afectación.
El incendio se generó en el centro de la propiedad y consumía el pasto desde dos flancos. Uno estaba más o menos controlado, pero el otro seguía avanzando implacable. No era posible traer más unidades, pues Guanacaste estaba “en llamas”, según refirió uno de los bomberos. Emergencias en diferentes partes de la provincia mantenían los recursos limitados. Si la finca se quemaba en su totalidad, alcanzaría un caserío vecino, otra finca colindante y, finalmente, el pueblo.
Pasadas las 6, la unidad iba de salida. Poco se podía hacer contra el avance y, en este caso, lo mejor era dejar que el fuego continuara, pues había ciertas zonas de pura tierra que podrían actuar como cortafuegos. Sin embargo, el consenso general fue que los esfuerzos para extinguirlo debían continuar.
Con solidaridad, sacrificio y entrega, compañeros trabajadores, familiares, amigos, conocidos y vecinos entraron a la finca con tanques, bombas de espalda y cuanto artilugio contribuyera a tratar de apagar los peores focos de la quema.
Poco tiempo después, sucedió lo inesperado: una fuerte garúa, casi aguacero providencial, empezó a caer. Gotas abundantes y pesadas golpearon el suelo, subyugando levemente las inclementes flamas, humedeciendo el pasto que aún quedaba en pie y sofocando parcialmente el avance del fuego.
La lluvia fue un respiro pasajero que impidió algo peor. Y, aun así, pasaron dos días más de mucho trabajo y esfuerzo, apagando focos aislados que amenazaron con reavivar la intensidad del incendio. Al menos 20 personas estuvieron allí, durante muchas horas del día y la noche. A ellas, ¡muchas gracias! Y todo, por un tarro de miel…
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María Laura Elizondo García es abogada.