
Cada rebeldía, cada desobediencia, cada conducta insumisa o simplemente distinta es recibida como un atentado por el sistema de las cosas establecidas. Es la reacción automática de defensa ante cualquier cambio que promovamos las mujeres, porque durante siglos se nos enseñó que el orden del mundo dependía de nuestra obediencia, al estilo del “Cuento de la criada”.
Cada derecho del que hoy gozamos nació primero como una desobediencia. La mujer que aprendió a leer cuando se decía que el conocimiento volvía estéril el útero; la que exigió participar en política cuando ser un hombre público tenía gran prestigio y, por el contrario, una mujer pública era sinónimo de prostitución; la que denunció la violencia dentro del hogar cuando eso se consideraba “un problema privado”... Todas fueron señaladas como exageradas, peligrosas o enemigas de la familia y del orden establecido.
El poder y quienes usufructúan de él rara vez reconocen de inmediato las demandas de justicia. Primero, intentan desacreditarlas. Lo nuevo siempre incomoda a quienes tienen todos los privilegios.
Por eso, la rebeldía femenina ha sido históricamente castigada. La mujer libre ha recibido muchos nombres: bruja, loca, puta, problemática, conflictiva, difícil, comunista o hasta terrorista. Cada época ha inventado sus propias palabras para intentar controlar a quienes cruzan las fronteras permitidas.
Los cambios sociales no ocurren porque, un día, el poder decide generosamente repartir igualdad. Los cambios nacen porque muchas rompieron el silencio, porque alguien cuestionó una regla injusta o imaginó un mundo diferente antes de que ese mundo exista. Aunque vivimos en la era de la distopía, las mujeres seguimos resistiendo los embates.
Muchas no pudieron ver los frutos de sus propias luchas, pero sembraron los caminos por donde otras generaciones caminarían después.
La historia suele llamar rebeldes a las mujeres antes de llamarlas pioneras. Quizá porque toda sociedad teme a quienes anuncian un futuro que todavía no puede comprender.
No existe avance humano sin personas capaces de cuestionar. La obediencia absoluta nunca ha creado derechos ni democracia. Fueron las voces incómodas, las preguntas prohibidas y los actos de valentía los que ampliaron los límites de la libertad.
Por eso, cuando una mujer rompe un mandato injusto, no solamente cambia su propia vida. Abre una grieta en una pared para que otras puedan mirar al otro lado.
El movimiento por los derechos de las mujeres ha sido precisamente eso: una larga conversación con la historia para recordarle a la sociedad que la mitad de la humanidad no nació para servir a la otra mitad.
La rebeldía de las mujeres no es un ataque contra la sociedad. Es una invitación a construir una sociedad más completa. Porque la igualdad no le quita humanidad a nadie. La amplía.
Por eso, invocamos el principio de no regresividad o de progresividad y no regresión, porque una vez que el Estado reconoce y garantiza un nivel de derechos, no puede retroceder quitándolos. Y, aquí, debemos reconocer una y otra vez el papel histórico que ha jugado la Sala Constitucional, la cual ha sido una garante de nuestros derechos humanos.
Así ha sido y así será, porque seguiremos defendiendo el Estado social de derecho aunque les incomode a quienes tienen el poder de forma transitoria.
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Yolanda Bertozzi es abogada, teóloga y escritora.
