
A los costarricenses:
He escrito antes. He reflexionado, he advertido y he opinado con la mesura que exige la razón. Pero las palabras que hoy escribo no nacen de la serenidad. Las escribo con miedo. Con un miedo hondo, persistente, casi visceral: el miedo de ver a Costa Rica desvanecerse ante nuestros ojos mientras el tiempo, implacable, se agota.
Las escribo con dolor. Con el dolor de quien presiente que su país, su democracia y su porvenir se encuentran en riesgo real. No desde la exageración ni desde la consigna fácil, sino desde la angustia lúcida de comprender que estamos peligrosamente cerca de un umbral del que no siempre se regresa.
Este 1.° de febrero no enfrentamos una elección ordinaria. Ese día, Costa Rica decide si preserva su tradición democrática o si, por acción u omisión, inicia un proceso de erosión institucional que otros pueblos de la región ya han padecido con consecuencias trágicas. Hoy no se disputa un simple proyecto político; hoy se decide el destino de nuestra libertad.
Debemos decirlo con franqueza: si no somos capaces de unirnos, de relegar rivalidades y de anteponer el interés nacional a las diferencias partidarias, el continuismo chavista se impondrá. Y cuando eso ocurra, ya no habrá artículos, discursos ni advertencias capaces de reparar el daño. El peligro no es la diversidad democrática; el verdadero riesgo es Laura Fernández y lo que encarna: la continuidad de un proyecto autoritario que amenaza con sepultar los cimientos de nuestra democracia.
Tengo 17 años. No puedo votar. No puedo incidir directamente en las urnas sobre el destino de mi país. Tal vez por eso el miedo pesa más, porque observo cómo se decide el futuro de mi generación sin que podamos intervenir plenamente.
No alcanzo a dimensionar en toda su magnitud lo que significa vivir bajo una dictadura, pero sí comprendo una verdad esencial: cuando se pierde la democracia, se pierde también la voz, la dignidad y la esperanza.
Como nación, pareciera que hemos olvidado quiénes somos. Hemos extraviado la esencia de ser ticos: libres, dialogantes, respetuosos de la institucionalidad. Hemos caído, casi sin advertirlo, en las garras del autoritarismo en las que ya han caído tantos países de nuestra región. Y como suele suceder, nadie escarmienta por cabeza ajena. Costa Rica parece dispuesta a aprender solo después del sufrimiento.
La decisión pertenece al pueblo. Siempre ha sido así. Y aun cuando esa decisión conduzca al abismo, deberá ser respetada, porque incluso el error forma parte del ejercicio democrático. Pero lo verdaderamente imperdonable sería llegar a ese punto por indiferencia, por desinformación o por una división irresponsable.
Por ello, hago un llamado urgente a la juventud costarricense. Los jóvenes representan el 44% del padrón electoral. El poder descansa, literalmente, en sus manos. Les pido que comprendan la dimensión histórica de ese poder, que se informen con criterio, conciencia y responsabilidad, y que este 1.° de febrero acudan a las urnas en resguardo de nuestra democracia.
Queremos vivir en libertad, no bajo la sombra de la vigilancia ni el peso del silencio impuesto. Queremos expresar nuestras ideas sin exponernos a represalias, persecuciones o amenazas. Queremos universidades públicas libres y sólidas, donde el pensamiento crítico no sea castigado, sino resguardado; donde la educación sea un derecho efectivo y no un privilegio condicionado. Queremos un país en el que disentir no sea un acto de valentía, sino una garantía constitucional plenamente respetada. Queremos un futuro en el que la democracia no sea un recuerdo distante, sino una realidad viva que podamos heredar, cuidar y defender.
A los partidos de oposición, les hablo con firmeza y con respeto: este no es tiempo de egos, cálculos mezquinos ni disputas internas. Es tiempo de unidad. Porque el adversario no se encuentra entre ustedes. El verdadero enemigo es la continuidad autoritaria. Lo que está en juego no es una elección más, sino la supervivencia misma de nuestra democracia.
Escribo estas líneas con miedo, sí. Pero también con la esperanza frágil, pero aún viva, de que Costa Rica despierte. De que todavía seamos capaces de defender aquello que durante décadas nos hizo libres.
santiagorz@maristasalajuela.org
Santiago Alonso Ramírez Zamora es estudiante de undécimo año del Colegio Marista.