
De entre las muchas transformaciones que se han producido en nuestra sociedad en el transcurso de las últimas dos generaciones, hay una bastante poco conspicua, pero que representa un cambio sociodemográfico profundo, y es la que atañe a la conformación de los hogares. Hemos pasado de familias extendidas, con cinco miembros en promedio, a familias nucleares, con apenas tres miembros. Este desplazamiento de la media hacia abajo es producto tanto de la reducción de los hogares con mayor cantidad de integrantes como del aumento de los hogares con menos miembros e, incluso, con uno solo.
Los hogares unipersonales se han triplicado en el mismo periodo, pasando de representar un 5% a casi un 18% en el 2022. Es decir: ya casi uno de cada cinco hogares está conformado por un solo individuo. Si bien la segunda acepción del término “hogar”, según la RAE, lo equipara a casa o domicilio, la tercera, que lo equipara a familia o “grupo de personas emparentadas que viven juntas”, difícilmente se aplica en este caso. Estas personas no viven “juntas”: viven solas.
Las razones que las llevan a vivir solas son múltiples. Desde las más accidentales, relacionadas con desplazamientos temporales por motivos de estudio o trabajo, pasando por condiciones contingentes, como una viudez o un divorcio, hasta las decisiones de quienes optan voluntariamente y de grado por no convivir con nadie. Voluntaria o involuntariamente adoptada, es una decisión válida y tan respetable como otra cualquiera. Pero algo ha de haber que impulsa esas cifras al alza.
A tenor de los países que duplican ampliamente nuestra cifras (con los nórdicos en cabeza, y con Alemania, Japón o Corea del Sur haciendo segundas) parece haber una alta correlación entre este fenómeno y el desarrollo económico. Sin embargo, en Canadá o EE. UU. no se presentan cifras tan altas, quizás por razones asociadas al costo de la vivienda en el primero y a la ausencia de un Estado del bienestar en el segundo.
Otro factor que parece afectar estas cifras es el progresivo envejecimiento de nuestras sociedades, que va acompañado por una mejora en las condiciones en que se vive la senectud, con una mayor proporción de personas que, no teniendo o habiendo perdido a su pareja, deciden vivir solos porque económica y funcionalmente pueden hacerlo.
Contribuyen también las nuevas dinámicas en las relaciones entre los sexos. La postergación –a veces indefinida o eterna– del matrimonio, la reducción en las tasas de nupcialidad, el aumento de las tasas de divorcio, la caída en los índices de natalidad, así como nuevos modelos de relación que no contemplan la cohabitación, coadyuvan a que esta opción de vida se difunda y consolide.
También ayuda el que muchas de las necesidades que antes se resolvían como grupo (manutención, seguridad y protección, por ejemplo) ya no requieren de colectivos para llevarse a cabo eficazmente. O que haya un desarrollo realimentado entre tamaño de viviendas y tamaño de hogares en el que las relaciones causa-efecto son difíciles de discernir.
Pero más allá de las razones que puedan explicar esta opción de vida, nos deberían interesar las consecuencias de esta tendencia en una especie de primates, como la nuestra, orientada evolutivamente hacia la cooperación y que en decenas de miles de años no ha enfrentado una situación como esta.
Uno de los efectos es la sustitución de los vínculos con otros individuos por los establecidos con animales de otras especies, muy especialmente las mascotas más tradicionales. Estos hogares son el principal motor de crecimiento de esta industria y su ilimitada capacidad para mimetizar y monetizar necesidades hasta hace poco exclusivamente humanas, como los cumpleaños o las cremaciones. Evitar el aislamiento emocional es una de las principales razones aducidas por las personas solas que tienen mascotas.
Ya sabíamos que, aunque parezca contraintuitivo, estar casado es más saludable que estar soltero. Ahora comenzamos a saber que vivir solo también comporta sus riesgos, tanto en el ámbito de la salud física como, quizás más preocupante, en el de la salud mental, contribuyendo a la epidemia de soledad que alerta a la OMS y que impulsó a Japón y el Reino Unido a crear ministerios de soledad. Tanto la depresión como la ansiedad, el deterioro cognitivo y la demencia, así como la ideación suicida, parecen cebarse más en las personas solas.
Más allá de todas las consecuencias adversas que este modo de vida pueda tener, sí parece haber un factor diferenciador importante: no es lo mismo estar voluntariamente solo que involuntariamente aislado. Este segundo caso es el que parece resultar más dañino. Y el que nos demandará restablecer muchos de los vínculos sociales y afectivos que la modernidad ha ido disolviendo y eliminando, así como crear nuevas formas de convivencia que, sin requerir la cohabitación física, mitiguen este enorme daño innecesariamente autoinfligido.
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Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.
