
Don Cosito (forma en que me refiero a mis pacientes cuando escribo sobre ellos) tiene 64 años. Es un profesor universitario pensionado, casado, con tres hijos que ya se marcharon del hogar. “Ya todos hicieron su vida”, me comentó en la consulta. Vive en Heredia con su esposa. Acudió a cita conmigo para su chequeo urológico de rutina, con un énfasis particular en la revisión de su próstata. Me confió que soy el quinto urólogo que visita, ya que no ha quedado a gusto con las consultas anteriores. Claramente, llegó con expectativas muy altas.
Mencionó que padecía algunas dificultades al orinar y con su vida sexual, problemas que muy probablemente se relacionan con su edad y con la hipertensión arterial que padece. En una consulta médica habitual, el interrogatorio inicial incluye un repaso de las enfermedades agudas o crónicas, los medicamentos, las alergias y los antecedentes quirúrgicos. Por supuesto, es fundamental preguntar sobre el consumo de alcohol, tabaco y drogas.
A continuación, transcribo una parte de nuestra conversación, un diálogo que he tenido, con variaciones, con innumerables pacientes:
—Don Cosito, ¿toma usted alcohol?
—Social, doctor. Soy tomador social.
—Pero, ¿me puede decir la cantidad promedio por semana?
—Tres a cuatro tragos diarios de whisky, doctor.
—Perdón, don Cosito, pero ese consumo es mucho más que social. Es alcoholismo, con todas las de la ley. Dígame algo: ¿es usted consciente de esto? ¿Ya ha buscado ayuda profesional?
—No, no, doctor, yo no soy alcohólico. Yo solo tomo alcohol en mi casa. Nunca amanezco en la calle. Además, no sé lo que es faltar al trabajo o incapacitarme por el licor. Jamás he dejado de dormir en mi casa ni descuidé a mis hijos por el alcohol. Yo no soy de esos que amanecen “de goma”, ni mucho menos. Además, yo solo tomo whisky fino, nada de “lija” ni aguardiente. Tomo alcohol porque me ayuda a dormir y me relaja por las noches. Yo paso muy solo y me sirve para sentirme tranquilo.
Cuando la conversación toma estos matices de negación, sé que debo modular el tono. El objetivo nunca es regañar, sino hacerles entender que estoy ahí para cuidar de su salud y, de ser necesario, ayudarles a salir de una adicción.
—Don Cosito, este es el consumo formal de un alcohólico de grandes ligas. No importa si usted toma en su casa o en la calle. No importa si el alcohol es el whisky más fino que consiga o el más barato. Tampoco es relevante si ha sido o no responsable con sus obligaciones. Esta cantidad de alcohol, indudablemente, le está pasando una factura muy cara a su salud. Para citar solo dos ejemplos: el ultrasonido que me trae hoy menciona “hígado graso grado III”. Usted está en la etapa previa a una cirrosis hepática, con las graves consecuencias que conlleva. Además, el colesterol y los triglicéridos están por las nubes, al igual que sus pruebas de función hepática, que ya están alteradas.
—Pero doctor, yo aún me siento bien, hago ejercicio y duermo tranquilo. El problema es esta panza que tengo y, en efecto, soy consciente de que es por los tragos.
—Créame, estoy aquí para ayudarle, no para regañarlo. El alcohol no es un antidepresivo ni la solución de los problemas. Mi único y genuino interés es cuidar de su salud, pero el alcoholismo es cruel. Al igual que el tabaco u otras drogas, lo atrapó desde hace muchos años, al punto que usted lo ve como algo completamente normal. Si logro crear en usted un poquito de conciencia acerca del tema, la consulta habrá valido la pena.
—Doctor, ¿usted toma alcohol?
—No, señor, ni una gota. Crecí rodeado de alcohólicos, como muchos de nosotros, tanto dentro como fuera de mi familia. Escuché mil y una historias de malacrianzas, platos quebrados, puertas pateadas y gritos. Pude ver cómo se despilfarraba el dinero en fiestas todas las semanas, y el alcohol era el protagonista. Muchos, simplemente, no imaginaban cómo era socializar sin unas copas encima. El alcohol es el responsable de muchas Navidades tristes y de algunos abrazos llenos de hipocresía.
A don Cosito y a mis demás pacientes: quiero decirles que, si algún día sienten que soy un poco duro o tajante con el asunto del alcohol, por favor, no lo tomen a mal. Solo pretendo ayudar, jamás hacerlos sentir mal. Y a todos los lectores quiero recordarles que ninguna cantidad de alcohol es segura y que, cuanto más envejecemos, más daño nos causa.
aarley@medicos.cr
Andrés Arley Vargas es médico urólogo y presidente de la Asociación Costarricense de Cirugía Urológica.
