
Costa Rica ha construido su identidad política sobre un principio que para muchos pueblos del mundo resulta casi inconcebible: la seguridad sin ejército.
Desde la abolición de las fuerzas armadas en 1948, nuestra nación decidió apostar por la institucionalidad civil, por el derecho internacional y por la diplomacia como instrumentos de defensa. Esa fue una definición moral y política de país.
Durante la misión diplomática en que representé a mi patria en Italia, celebramos por primera vez en Europa el Día de la Abolición del Ejército en un hermoso acto celebrado nada menos que en el Campidoglio, alma histórica y política de Roma. El acto tuvo amplio despliegue en el gobierno italiano, las misiones diplomáticas y todos los medios periodísticos.
La realidad de este pequeño país “sin ejército” era repetida con admiración en todos los círculos. Por eso, cuando observamos gestos de alineamiento automático con las posiciones del gran poder del norte, conviene detenernos un momento y reflexionar.
A inicios de marzo, el presidente Rodrigo Chaves, acompañado de la futura presidenta electa, participó en una reunión de países latinoamericanos destinada a coordinar posiciones frente a los desafíos geopolíticos de la región. Hasta ahí, nada extraordinario: el diálogo regional siempre es una práctica saludable.
Sin embargo, el comunicado conjunto emitido tras ese encuentro introduce un elemento que merece ser examinado con serenidad, pero también con claridad: la manifestación de solidaridad con la eventual instalación de bases militares estadounidenses en territorio costarricense.
Como elemento adicional, consta una carta suscrita por el ministro Mario Zamora en la que se reconoce que dicho compromiso contaba con el beneplácito del presidente de la República y de la presidenta electa. Compromisos firmados hablan, a pesar de intentar explicaciones posteriores.
Para un país que ha hecho del desarme y del civilismo su carta de presentación ante el mundo, una afirmación como la ya firmada no es menor. Y, señores, “papelitos hablan”.
Costa Rica no es un país ingenuo. Sabemos que vivimos en un continente complejo, atravesado por tensiones políticas, narcotráfico y rivalidades estratégicas entre potencias. También sabemos que la cooperación internacional es necesaria. Pero cooperación no debe confundirse con subordinación.
Nuestra tradición diplomática ha sido, precisamente, la de mantener relaciones cordiales con todas las naciones sin renunciar a la autonomía de nuestras decisiones. Esa ha sido, durante décadas, una de las fortalezas morales de Costa Rica en el concierto internacional.
Cuando el país da señales de alineamiento automático con una potencia –por más poderosa que sea– corre el riesgo de diluir una de sus características más respetadas: su independencia de criterio.
No se trata de antiamericanismo. Muy al contrario. Costa Rica ha mantenido históricamente una relación cercana y constructiva con Estados Unidos, relación que ha contribuido al desarrollo económico, académico y cultural del país. Pero precisamente porque esa relación ha sido valiosa, debe basarse en el respeto mutuo y no en la dependencia política.
La historia demuestra que los países pequeños conservan su dignidad internacional cuando saben ejercer con prudencia su autonomía.
Costa Rica no necesita de esos convenios para defender su democracia. La ha defendido durante más de 70 años con algo mucho más poderoso: sus instituciones, su educación y su cultura política. Sería un error histórico olvidar esa lección. Porque, al final, las decisiones que comprometen la soberanía no se miden en términos de coyuntura política. Se miden en generaciones. Y Costa Rica ha demostrado, a lo largo de su historia, que su mayor fortaleza nunca ha sido la fuerza de las armas, sino la fuerza de sus convicciones.
jaime.feinzaig@icloud.com
Jaime Feinzaig es cirujano dentista y exembajador de Costa Rica en Italia.