Han pasado más de cuatro meses desde la partida física de fray Víctor Manuel Mora Mesén y todavía se siente como un mal sueño del que uno ya quisiera despertar. Es difícil asimilar que ya no veremos su sonrisa, que no podremos leer sus escritos llenos de sabiduría y que no escucharemos más su voz.
En los primeros días de abril pasado, algunos escribieron sus homenajes póstumos. Yo no pude… Poner por escrito mis pensamientos habría implicado una dosis de realidad para la que no estaba lista en aquel momento. Y todavía no estoy lista… Aún me sucede que, en medio de los acontecimientos cotidianos, se me ocurre enviarle un mensaje de WhatsApp para saludarlo o contarle algo. Y luego me cae de repente el balde de agua fría: aunque me siga acompañando de una manera distinta, ya no está a un mensaje de distancia.
Serían necesarios ríos de tinta para relatar las tantas enseñanzas que me dejó mi hermano y amigo fray Víctor Manuel Mora Mesén OFM Conv.; pero resumo acá las que considero más significativas:
- Todo, absolutamente todo, es don divino. En una sociedad que a veces nos encandila con sus paradigmas de éxito y sus discursos de poder, él siempre enfatizó en que las cosas buenas de la vida se reciben no por merecimiento, sino por la bondad enteramente gratuita de Dios.
- La Sagrada Escritura como oportunidad de encuentro. Si algo agradezco infinitamente al ITAC (ahora UTAC: Universidad Teológica de América Central) es haberme dado la oportunidad de tener profesores tan distintos y permitirme enfrentarme a un abanico de posturas tan diversas: desde los enteramente dogmáticos, hasta las posturas tan críticas como la de fray Víctor. En aquellas clases, se iban desmoronando una a una las preconcepciones e ideas no tan acertadas que uno tenía de temas relacionados con la Biblia. No quedaba piedra sobre piedra… Y, sin embargo, en aquel profesor uno veía la esencia de un hombre con una fe profunda y sencilla, que se había enamorado de la Sagrada Escritura, justamente porque le parecían fascinantes las palabras tan sinceras de aquellos que quisieron contar las obras de Dios en sus vidas.
- El amor por el estudio. No puedo ni imaginarme las madrugadas infinitas que él debe haber dedicado al estudio de la Biblia, de idiomas y de cualquier otro tema que se le pusiera por delante. Pero sí puedo dar testimonio de algo: su gran sabiduría y su erudición siempre las puso al servicio de los demás. Sus conferencias y sus homilías no le daban tanta alegría como las visitas a su gente tan amada de Pavones de Golfito, donde vivió una de sus primeras experiencias pastorales como fraile y conoció a personas que amó hasta el último día de su vida. Por eso: porque tenía clarísimo que sus conocimientos eran una oportunidad para servir y compartir.
- Al compartir la mesa, se comparte la vida. Gracias a él, aprendí que toda ocasión de sentarse a la mesa con alguien es un momento sagrado. Era casi un sacramento, en el sentido de que constituye una oportunidad muy sublime para encontrarse, no solo con las personas que amamos, sino también con Dios. Todo lo relacionado con las comidas resultaba muy significativo para él. De hecho, era un excelente cocinero y se esmeraba mucho por lograr que cada detalle reflejara la importancia de compartir la vida a través de la comida.
- La risa y el buen humor nos hacen hermanos. Le encantaba vacilarme. Por lo que fuera… Hasta me decía “chicharrita”, por la cantidad de veces que suelo visitar el servicio sanitario. ¡Cómo disfrutaba yo esa risa pícara de cuando me hacía una broma! Daría cualquier cosa por volverla a ver, porque era expresión de cercanía, complicidad, ternura y cariño. Y, en el fondo, su sonrisa también era para mí reflejo de Dios, que siempre se hace cercano y amigo.
- Nuestra fragilidad es parte de nuestra humanidad. ¿Que tenía defectos? Pues claro. Todos los tenemos. Pero la transparencia de aquel hombre y su capacidad de conmoverse hasta las lágrimas fueron para mí, y lo serán siempre, una invitación a confiar en la capacidad de amar que reside en el corazón humano.
- La amistad y la fraternidad alivian el alma. En los momentos más duros de mi vida, él siempre me ayudó a mantenerme a flote. No con grandes discursos, sino con su presencia y su cercanía. De las formas más sencillas: salir al teatro, ir a comer o simplemente conversar en el carro cuando íbamos de vuelta después de las clases. Si mi corazón es tan franciscano y si valoro tantísimo la fraternidad, es porque él, con su vida, me enseñó a disfrutar el gozo de ser hermanos.
Insisto, su ausencia física todavía me duele, y me seguirá doliendo por siempre. Pero agradezco infinitamente a Dios y a la vida por haber puesto en mi camino a este hermano y amigo, quien con su ejemplo me demostró siempre que la grandeza del ser humano está precisamente en su humanidad.
mlaurafdez@gmail.com
María Laura Fernández es teóloga y educadora.