
¿Creen en los milagros? Yo, sí.
Mamá creía en los santos, especialmente en los del portal, que era así como se les decía a los pastores del Nacimiento, tan tradicional en nuestro país.
Por eso, cuando fray Elías, el hermano lego de la iglesia la Dolorosa –que era la del barrio–, trajo de España una réplica más pequeña de su aldea de pastores, mamá le compró siete piezas a ¢3,50 cada una, una verdadera fortuna para aquellos felices días. Así, se enjaranó como tres años y pagaba mes a mes, en pequeños abonos de polaco.
Entonces, el portal de casa se volvió un acontecimiento. Fueron desterrados los elefantes, la gallina gigante y los dinosaurios de la versión criolla, para representar el Belén como una verdadera estampa bíblica.
Vinieron las vecinas y, entre envidias y piropos, hicieron que mamá se sintiera orgullosísima de su versión pequeña del portalote de fray Elías.
Hicimos el infaltable el rezo del Niño y luego esperamos hasta el día de la Candelaria, cuando cada imagen fue empacada entre paja y aserrín y guardada en un cajón de pino. Mamá decidió ocultarlo, como el tesoro del pirata, en un altillo de la casa, y así el portal fue sacado de circulación, hasta que los cascabeles y las bombetas del siguiente diciembre lo volvieran a despertar.
Y llegó julio. Vacaciones de quince. Medio barrio disponible para jugar y yo a punto de cumplir diez años.
Los chiquillos teníamos dos cosas prohibidas: comer mamones, por el peligro de ahogarnos con la semilla, y jugar con fuego. Por lo demás, éramos libres como el viento.
Nos juntamos en el altillo de mi casa a hacer mil travesuras y, como el diablo llega y sopla, alguien sacó una caja de fósforos y prendió uno en un rincón del cuarto aquel.
Como la casa era de madera, por supuesto, alzó llama. A mi corta edad, supe que era imposible ir por un balde de agua y subir con él las escaleras para aplacar el fuego, que a cada segundo se hacía más voraz.
Y, como siempre pasa, al verme en tal predicamento, mis amigos pararon la cola como gatos y me dejaron absolutamente sola, apagando las llamas.
Ahí supe yo que no hay amigos en la vida; solo conocidos.
¡De pronto, recordé que tenía un palo de guayabo en la mano! Y, como era mi única herramienta disponible, sin misericordia le di al rincón y a cuanto había en él cuatrocientos mil garrotazos, hasta que la última chispilla desafiante se desvaneció ante mi mirada furibunda e implacable. Yo no sabía que se podía apagar un incendio a bombazos.
El corazón se me iba a salir del pecho, pero, poco a poco, recuperé el aliento y noté que todo regresaba a la calma, salvo por el olor a chamuscado.
Pasado el susto, regresé a mis adoradas vacaciones y me olvidé del asunto.
El año siguió su curso y llegó diciembre, vagabundo y frío, con esa contentera que huele a tamal y sabe a villancico. Y mamá, que tenía un espíritu navideño difícil de exorcizar, hizo su habitual alharaca mientras se disponía a adornar la casa, donde la figura central –por supuesto– era el famoso portal con las tres divinas personas y los pastores “fiaos”.
Mamá envió a mi hermano a sacar el cajón donde había guardado las figuras, que estaba pagando todavía.
Y cuando sacaron el cajón, yo recordé el evento “fueguísitco y la quemación”, como dicen ahora.
Un escalofrío me recorrió la espalda, segura de que, ante el interrogatorio, tarde o temprano acabaría confesando mi delito de haber apaleado a los testigos del milagro de Belén.
Y, entonces realicé mi primer acto de fe. Recé tan fervorosamente que era imposible que mi ruego no llegara a los regazos del mismitico Dios.
“Niñito, librame de esta. Ve que hoy me muero”.
Mi hermano bajaba las gradas con el cajón.
“Niñito, por favoooooor; ve que si mamá se da cuenta del incendio y de que les di sin misericordia a los santos para apagar el incendio, me mata”.
Mi hermano, con el cajón en la sala.
“Niñito: si me hacés el milgrito, prometo hacer mandados hasta que me muera y no volver a jugar con fuego”.
Cuando mamá quitó el trapillo con el que los tapaba, pegó un grito desolador, como Al Pacino en El Padrino III.
–¡Nooooooooooo! ¡Dios mío! ¡No puede ser!–, dijo casi desmayada en el sillón.
El pastor de ovejas, ahora convertido en una réplica perfecta de Cuasimodo –sin un ojo, manco y con la túnica pulverizada– solo anunciaba el terrible y deforme desfile de sus colegas aldeanos: la lavandera sin jupa… el anciano que alumbra, sin piernas, ni farol… de la mujer del pozo, solo quedaba el pozo… san José como la Venus de Milo: sin brazos y la cara escarapelada, y a Nuestra Señora le faltaba la quijada, que le arranqué de un guayabazo.
¿Y el Niño? Hecho polvo, porque “polvo somos y en polvo nos convertiremos”.
Yo cerré mis ojos y sin saber si el Niñito, en su infinita misericordia, se apiadaría de mí, esperé mi muerte anticipada a tan corta edad.
Pero los milagros existen. Doy fe de ello.
–¡Nooooo!–, dijo mamá entre lágrimas.
–¡Malditas ratas! ¡Se comieron los santos!
Con cara de sorpresa y asombro, me di vuelta y, sin chistar, salí de aquella dantesca escena, mientras mi mama se sobreponía de la terrible pérdida.
Desde entonces, los roedores de todo tipo me caen superbién. Y, desde ese día, sigo haciendo mandados a diestra y siniestra, pues promesa es promesa.
Además, desde aquel diciembre, mi fe se hizo inquebrantable y el Niñito y yo somos así, así, así de unidos... hasta mi último suspiro.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
