
Durante prácticamente toda la administración anterior, sostuve que Rodrigo Chaves era un “presidente teflón”. Acusaciones, polémicas, investigaciones, enfrentamientos y escándalos que, en otras circunstancias, habrían provocado un costo político considerable, parecían no adherirse a su figura. Su popularidad no solo resistía: por momentos, incluso aumentaba.
Ese fenómeno terminó convirtiéndose en su principal activo político. Más que una estructura partidaria sólida o una maquinaria territorial tradicional, el chavismo construyó buena parte de su fortaleza alrededor de la popularidad de su líder. Y ese capital resultó determinante para que Laura Fernández superara el umbral del 40% y conquistara la Presidencia de la República en primera ronda.
No obstante, en las últimas semanas parece percibirse un ligero viraje en la opinión pública. Será necesario esperar los próximos estudios para determinar si existe realmente una caída en la aprobación del gobierno, cuál es su magnitud y, sobre todo, si se sostiene en el tiempo.
El fenómeno comienza a notarse incluso en las redes sociales, uno de los territorios donde el oficialismo había demostrado mayor capacidad para imponer su narrativa y sofocar rápidamente las voces críticas. Hoy la conversación parece ligeramente más disputada y las críticas encuentran mayor espacio para circular.
Varios acontecimientos recientes podrían ayudar a explicar este fenómeno. Algunos discursos no parecen haber sido recibidos con la misma credibilidad de antes, como las explicaciones alrededor de la detonación en Crucitas. Otros han despertado preocupación en determinados sectores, como los llamados a “no tener miedo a una dictadura”. A ello se suma la utilización del concepto de “golpe de Estado”, que para algunos sectores resulta exagerada e irresponsable. También ha sido contradictoria la censura de los insultos dirigidos contra figuras oficialistas, cuando la descalificación y el ataque contra adversarios políticos e institucionales fueron recursos utilizados con frecuencia por el propio gobierno durante los últimos años.
Después de más de 1.560 días en gobierno (y cumplidos los primeros 100 de esta administración), es normal que el poder experimente algún tipo de desgaste y resulte cada vez más difícil justificar los problemas señalando a otros culpables.
Responsabilizar a la Asamblea Legislativa, la Contraloría, el Poder Judicial, la prensa, determinados grupos económicos o a “los mismos de siempre” puede continuar siendo políticamente rentable, pero es una estrategia que, inevitablemente, enfrenta rendimientos decrecientes.
Conforme pasa el tiempo, una parte del electorado comienza a exigir menos explicaciones sobre “quién impide gobernar” y más resultados sobre aquello que efectivamente se gobierna.
Laura Fernández parece estar siendo medida con una vara distinta: se le exige mayor coherencia y determinados episodios que probablemente habrían resbalado sobre su antecesor sí parecen salpicarla.
José José nos enseñó que “hasta el amor acaba”. En política, la popularidad puede erosionarse y los relatos pueden agotarse. ¿Será que también el teflón se acaba?
Daniel Calvo Sánchez es consultor en asuntos políticos y legislativos.