Hace cuatro años, escribía un mensaje al señor presidente electo, con una demanda urgente: escoger un canciller capaz de conducir el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto hacia una cancillería del siglo XXI. Uno que ejerciera un liderazgo real, que se involucrara plenamente en la profesionalización de la carrera diplomática y que confiara en quienes han dedicado su vida al Servicio Exterior: los diplomáticos de carrera.
El presidente Rodrigo Chaves Robles tomó esa decisión al nombrar como canciller al señor Arnoldo André Tinoco. Uno de sus primeros encuentros fue reunirse con los embajadores de carrera diplomática en el comando de traspaso. Este acto, aparentemente sencillo, marcó un cuatrienio muy significativo para el Servicio Exterior de la República.
No era un desafío menor, ya que es ampliamente conocido que los cargos de embajadores han sido utilizados por todos los partidos políticos como un botín, como una moneda de cambio. Eliminar a los mínimos esa práctica requería voluntad política y esa voluntad existió en esta administración que está pronta a concluir.
Los datos confirman un cambio
El compromiso con la carrera diplomática sí estuvo en la agenda del canciller André; ha sido la única administración que ha realizado el ascenso en el escalafón diplomático de 119 personas, siendo los más significativos el ascenso de 17 nuevos embajadores de carrera para completar un total de 40 a la fecha, así como el ascenso de 54 agregados a terceros secretarios, los más jóvenes del escalafón diplomático.
La administración Chaves Robles apostó a la carrera diplomática costarricense como un activo estratégico y no como un gasto burocrático. Su compromiso fue aún más allá, al realizar concursos de oposición que permitieron el ingreso de 40 nuevos profesionales a la carrera diplomática. Se llegó así a un número histórico de 207 funcionarios en el Servicio Exterior.
Esta vez, escribo un mensaje para usted, señora presidenta electa. Usted ha reconocido en diversas oportunidades que es una fortaleza llegar al cargo sin curva de aprendizaje. Usted conoce el Estado, sus instituciones, sus lógicas y sabe muy bien la ventaja que representan la experiencia, el conocimiento y la capacidad de ejecución. Lo mismo aplica para la diplomacia.
Cuando una misión diplomática es encabezada por alguien que no tiene el expertise idóneo, la curva de aprendizaje tiene costos que no aparecen en ningún presupuesto, pero que se traducen en oportunidades no aprovechadas, relaciones que no se activan a tiempo y, sobre todo, en una pérdida de credibilidad ante contrapartes que llevan años –incluso décadas– en sus puestos, sabiendo cómo ejecutar la política exterior.
La diplomacia contemporánea es una expresión directa de la capacidad del Estado: una herramienta concreta para establecer intereses nacionales en el exterior, atraer inversión, posicionar al país y brindar servicios a nuestros connacionales.
De este modo, nuestra diplomacia se transforma en algo más operativo que meramente representativo, pues se combinan aspectos sustanciales para el país como la estabilidad institucional, la apertura económica y una creciente participación internacional en espacios relevantes.
Por eso, la pregunta inicial (¿En manos de quiénes quiere confiar la voz del país ante el mundo?) es fundamental para el país. Lo anterior, porque fortalecer la diplomacia y, en específico, la carrera diplomática, es una apuesta estratégica sobre el futuro de Costa Rica y la ejecución de su política exterior.
La diplomacia nacional debe avanzar hacia una política exterior de resultados, con nuevas proyecciones país; más estratégica y más humana. Para lograrlo, se requiere una articulación efectiva entre la dirección política y la ejecución profesional. Son las autoridades las que definen ese rumbo, pero son los diplomáticos de carrera los que lo convierten en resultados.
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Andrea Arroyo Mora es embajadora de carrera diplomática y exvicepresidenta de la Asociación Costarricense de Diplomáticos de Carrera.