
Amar de verdad exige salir de uno mismo y volver la mirada hacia el otro. Significa reconocer su dignidad, estar atentos a sus necesidades y descubrir que cada encuentro ofrece la posibilidad de amar.
Cada vez estoy más convencida de que el verdadero valor de la existencia se encuentra en el amor que somos capaces de dar. Ese amor permanece en quienes hemos acompañado, consolado, comprendido o ayudado, y deja una huella que puede perdurar mucho más allá de nuestra presencia.
Porque este amor va más allá del afecto hacia nuestros seres queridos. Se expresa en entrega, servicio, compasión y perdón. No es solamente una palabra hermosa reservada para ciertos momentos; cobra sentido en la manera en que tratamos a los demás y en las decisiones, muchas veces pequeñas, que tomamos a lo largo de nuestros días.
A veces basta una presencia sincera, una palabra o un gesto de cercanía para que alguien se sienta menos solo. Son acciones sencillas, pero, en el amor, nada es insignificante. Unos pocos minutos pueden brindar a otra persona consuelo, compañía o esperanza que perduren mucho más allá de ese momento.
Desconocemos las batallas que se libran en silencio a nuestro alrededor. Tal vez una acción nuestra no cambie el mundo, pero puede transformar el de alguien.
Perseverar en el amor no siempre es fácil. Puede que no seamos comprendidos, ni recibamos agradecimiento; incluso, podremos sentirnos decepcionados. Por eso, conviene recordar una verdad que puede cambiar profundamente nuestra mirada: Dios está presente en el otro. Reconocerlo nos ayuda a servir sin esperar reconocimiento o reciprocidad.
El enfermo, el anciano, el niño, la persona sola, aquella que atraviesa una dificultad e incluso alguien con quien nos cuesta relacionarnos, representan ocasiones concretas para amar.
Entonces, comprendemos que no necesitamos ir demasiado lejos para hacer la diferencia. Podemos empezar en el pequeño espacio que nos corresponde habitar: la familia, el trabajo, la comunidad, el vecindario. Allí donde estemos, siempre habrá una oportunidad para sembrar amor.
No hacen falta grandes obras. Lo verdaderamente desafiante es aprender a amar en las pequeñas cosas y hacer lo ordinario con un amor extraordinario.
Para quienes creemos en Dios, amar va más allá del deber; nace del agradecimiento. Amamos porque primero hemos sido amados. Dios nos entregó a su Hijo, y Jesús no vino únicamente a hablarnos del amor: nos mostró cómo vivirlo. Se acercó al que sufría, acogió al excluido, perdonó, sirvió y terminó entregando su propia vida en la cruz. ¿Cómo agradecer un amor así? Convirtiendo nuestra existencia en respuesta.
No siempre lo lograremos. Somos frágiles, nos cansamos, nos equivocamos y volvemos a encerrarnos en nosotros mismos. Por eso, vivir para amar es una gracia que debemos pedir: “Señor, enséñame hoy a amar un poco mejor”. No después. No cuando tengamos más tiempo, cuando desaparezcan los problemas o llegue el momento ideal. El amor se vive aquí y ahora.
Porque llegará el día en que ya no tendremos mañana para hacer aquella llamada, pedir perdón, visitar a alguien, decir “te quiero”, agradecer, acompañar o tender una mano.
Para quienes creemos en Dios, ese momento tiene, además, un significado profundo. Jesús nos enseñó que aquello que hacemos por uno de nuestros hermanos más pequeños, lo hacemos por Él. Esta verdad nos lleva a preguntarnos cuánto habremos sido capaces de amar, más allá de lo que hayamos conseguido o acumulado: a quién acogimos, a quién tendimos la mano, a quién ofrecimos consuelo cuando más lo necesitaba.
Y al llegar nuestra hora de partir, dejaremos aquí los títulos, las posesiones, los éxitos, las preocupaciones y tantas cosas por las que alguna vez perdimos la paz. Pero algo mucho más importante prevalecerá: el amor que dejamos en el corazón del prójimo.
Por eso quisiera que, al terminar el camino, nuestra existencia pueda responder por nosotros. Que hayamos hecho del amor una forma de vida, que hayamos sabido amar en lo sencillo, aliviar algún dolor, acompañar alguna soledad y, sobre todo, reflejar, aun con nuestras limitaciones, algo del amor de Dios.
No sabemos cuántos días nos quedan. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero sí podemos decidir cómo queremos vivirlos. Yo, por mi parte, quiero vivir para amar.
María del Carmen Rojas Rojas es periodista.