Un oficial costarricense que en 1856 enfrentó a los filibusteros en Santa Rosa cuenta en sus memorias que aquel marzo parecía un horno. Lo entendemos bien: marzo siempre ha sido una fogata viva en el bochornoso camino a las lluvias.
El calor era, como hoy, una rémora de las fechas anteriores a la Semana Santa, que es cuando comienza a oler a beatitud y a empanadas de chiverre. Pero ni incienso ni antojos dulces iban con los hombres que el 19 de marzo de 1856, Miércoles Santo, caminaban al norte, quizás hacia su vía crucis, convencidos de que en algún sitio darían con los invasores de Walker.

Casi un siglo y medio después, en la Semana Santa del 2001, tres amigos y yo vagábamos por carreteras guanacastecas y antes de continuar hacia la playa, entramos al Parque Nacional Santa Rosa. Recorrimos la casona, nos fotografiamos en el corredor, subimos al monumento (entonces se podía) y arriba tiramos la vista hasta la cordillera llena de volcanes. Corría un viento tan fuerte que costaba oír la voz de la conciencia. Todo era llano, silencio y ventarrón.
Más tarde, un foco nos abrió un trillo hasta los pies de la antigua casa y allí nos pusimos a revisar la noche. Orión estaba alto, enfrentándose al toro inalcanzable. Aquella fue la constelación más apropiada para redescubrir en tierras por las que pastaron miles de reses cuando fue hacienda ganadera. Creímos ver la Cruz del Sur de la que hablaron Vespucio y Magallanes. No era: era la falsa, que también existe, pero entonces lo ignorábamos, como seguimos ignorando tantos otros asuntos del cielo.
Pasaron los días santos, terminó el tiempo libre y el 9 de mayo del 2001, me despertó muy temprano el timbre del teléfono. Chino, uno de los amigos del paseo, soltó el golpe: “Se quemó la casona de Santa Rosa”. Pensé que había sido un accidente. Sospeché de un charral ardiendo empujado por los soplidos del aire. Nada de eso. El fuego lo llevaron en su rencor dos cazadores ilegales.

Regresé al parque cuando avanzaba la resurrección de la casona. Era todavía un cuerpo esquelético apoyado en cimientos de otro siglo. Allí se tocaban dos tiempos; el trabajo moderno metía mano en el pasado para devolvernos un símbolo que era necesario levantar, tenerlo entre nosotros para volver hacia él la memoria cada 20 de marzo –ojalá fuera más a menudo– y recordar los hechos del Jueves Santo de 1856.
Dice el oficial en sus escritos que a las tres y media de la tarde de aquel día, con la lucha ya próxima, un general consultó su reloj y dijo: “A las cuatro está concluido esto”. Poco después, las cornetas costarricenses tocaron a degüello: ordenaban la lucha sin cuartel, nada de prisioneros. Se oyó un tambor redoblando y después se supo que estaba en manos de un “tamborcillo”, un niño de diez u once años que, sacudido por la emoción, tocó sin tener permiso.
La historia, que a veces comienza algo y no lo termina en el momento, llevó a los costarricenses a darle vueltas a la idea de incendiar la casona para obligar la salida de los invasores. No fue necesario: huyeron antes. El fuego quedó reservado para Rivas, donde el otro tamborcillo se ganó su bien ganado pedestal.
Lo que ocurría en la hacienda aquel 20 de marzo –escribió el oficial– parecía más una fiesta que una pelea. Los ticos gritaban alegres mientras corrían detrás de los enemigos. Las cornetas recordaban: nada de prisioneros.
El general que pronosticó la media hora de combate falló el blanco. Es conocido el segundo parte de guerra que José Joaquín Mora envió a su hermano, el presidente: “A los catorce minutos contados desde la primera descarga se hallaba mi tropa formada en el mejor orden, y en tranquila posesión de Santa Rosa”. Catorce minutos que se habrán sentido como una eternidad, y en cuyas orillas quedaron regadas 20 vidas costarricenses.
En mi visita más reciente al parque nacional, en marzo del 2019, probé otra vez el calor y el sabor del viento entrando por los ventanales del verano; subí a la loma del monumento como para comprobar que, a pesar de las mudanzas, seguía en su sitio el fuego ya apagado del Orosí y el Cacao. Me detuve, como lo había hecho antes, para releer las palabras de bronce que sostienen un compromiso: “El que con aviesa intención invade Costa Rica, de Santa Rosa no pasa”.
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Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
