La mesa larga en casa de tía Cavita, en el centro de Guadalupe de Goicoechea, era pródiga del pan de cada día. A las cinco de la tarde había fiesta con la olla de verdura: yuca, tiquizque, papa, ñampí, ayote y tacacos. Sentados en torno a la mesa rústica, cercana del fogón, sobre un piso de tierra que “rechinaba de limpio”, la prole de los tíos Cavita y Noé, las hijas de la tía Tina, también guadalupanas, y mis hermanos y yo que veníamos del distrito de San Francisco, conformábamos la catizumba de carajillos y adolescentes de vacaciones, en los años sesenta.
Eran días de festejos patronales en honor a la Virgen de Guadalupe, que culminaban el 12 de diciembre con una serenata en el atrio de la iglesia, frente a la plaza de fútbol, rodeada de chinamos en un espacio sorprendente pues, además del hermoso quiosco que subsiste al costado oeste del parque actual, ahí cabían la rueda de Chicago, la capitana y los caballitos, la bruja y cien pasadizos de los payasos que nos perseguían con sus chilillos. Nos quedábamos a dormir varios días en un jolgorio con guerra de almohadazos y risotadas, hasta que la tía Angélica llamaba al orden. Había que rezar. Maestra jubilada de exquisita cultura, con su hermosa voz, Angélica convertía los misterios del santo rosario en relatos místicos.
Guadalupe era entonces una pequeña ciudad compuesta por familias en sana convivencia, sin distingos de clase y con respeto absoluto a los orígenes de cada grupo. Los Jiménez Núñez, Calvo Jara, Miranda Gutiérrez, Jiménez Chavarría, Zeledón Varela, Herrera Gutiérrez, han sido apellidos guadalupanos relevantes en distintas áreas como la educación, la música, la medicina, el comercio y el deporte nacional. Por ejemplo, José Joaquín Colleya Fonseca, Chumpi Zeledón y Álvaro MacDonald, eran ciudadanos guadalupanos que destacaban en el fútbol de la primera división.
También era el pueblo de Servando Gutiérrez, un jardinero autodidacta que usaba el diccionario como su libro de cabecera. En su revista, Lindo era el pueblo mío –que se vendía como pan caliente en el Café Montero–, el cronista urbano recreaba estampas de su comunidad de forjadores, en magnífica convivencia con figuras tan pintorescas como Chito, aquel borrachito de dichos y dicharachos, fino al piropear a las damas en su deambular por el acontecer citadino.
Alberto Mata Oreamuno era el cura párroco. Inició una auténtica cruzada en la construcción del templo a mediados de los años sesenta. El padre Mata fue edificando la nueva iglesia a punta de rifas y de recorrer con su alcancía de madera en busca de fondos a lo largo y ancho de la ciudad. Se recuerdan sus incursiones sorpresivas en La Zamorana, histórica cantina donde el anfitrión, querido por el vecindario, aunque innombrable por el apodo, autorizaba al cura a circular con la cajita entre los parroquianos del aguardiente. Y nadie se salvaba de un coscorrón si el donativo no llenaba la expectativa del religioso. El padre Mata lideró la odisea de la construcción de la nueva iglesia de atrás hacia delante. Lo último que cedió al modernismo fueron las antiguas torres de 1914, y el majestuoso templo luce imponente desde 1967, aproximadamente. Fue su legado.
Cómo quisiera volver al pueblo que ya no existe, con las carencias de la época de un país pobre pero, quizá, más solidario. Lazos de sangre, resiliencia, placeres sencillos y valores eternos nos alimentaban. De ahí que la inevitable nostalgia entre el sepia de las fotografías, los resquicios de la memoria y las páginas inexorables del tiempo, nos motiva a preservar y añorar a referentes como la tía Cavita, una heroína sin pedestal cuya memoria persiste en la prédica de sus descendientes y en los afanes de las buenas gentes que honran a esa comunidad.
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Roberto García H. es periodista.

