Una de las manifestaciones de la descomposición social es la violencia. En los últimos diez años se alcanzó el número más alto de muertes en ataques terroristas, según el informe de paz global, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP).
El estudio analizó 163 Estados y territorios independientes. Islandia sigue siendo el país más pacífico y seguro, posición que mantiene en el ranquin desde el 2008.
Afganistán, por el contrario, es el más peligroso (puesto 163). Potencias como Rusia (158) y Estados Unidos (131) están en la parte baja de la tabla, y China, en el medio (80).
Costa Rica obtiene la mejor calificación en Latinoamérica, posición 39; sin embargo, perdió seis puntos en apenas cuatro años. Le siguen Uruguay (50), Argentina (54 ) y Chile (58).
La paz coincide con los ingresos, grados educativos e integración regional. Los países pacíficos se distinguen por la transparencia y, por tanto, pocos escándalos de corrupción, y por el buen funcionamiento del gobierno.
Según los resultados del informe del IEP, el costo de la violencia supuso un gasto equivalente al 10,5 % del PIB bruto mundial en el 2019. El aumento de un 1 % del índice de paz equivale a un incremento del 3 % del PIB de un país.
Estados Unidos cuenta con más bases militares, distribuidas en unos 80 países extranjeros. Un total de 750, que superan las de todos los demás países juntos.
El gasto público en defensa de Estados Unidos alcanzaba los $889.000 millones en el año de estudio. Pero la paz no es calculable, como sí su ausencia. Urge la cordura, no la hegemonía. Toda civilización descansará, en última instancia, sobre la inviolabilidad de la dignidad humana.
Las guerras son un llamado a la reflexión sobre los motivos desencadenantes. Un mundo donde crece la violencia envía una señal, muestra una herida interior.
Los seres humanos tienden a buscar la violencia externamente en los sistemas. Incluso a señalar culpables. Pero debería impulsar un planteamiento más profundo.
Quizás la mayor crisis resida en el interior de las personas. Una de cada cuatro en el planeta padece de algún trastorno mental, reporta la Organización Mundial de la Salud.
La depresión es el gran reto del siglo XXI. No me gusta llamarla enfermedad, para mí es una condición que puede superarse con ayuda profesional.
No pocas veces está vinculada a la crisis de sentido. Vivimos saturados de medios, pero faltos de fines. El escritor ruso Fiódor Dostoievski, escritor de novelas como Los hermanos Karamázov y Crimen y castigo, afirmaba que “el secreto de la existencia consiste en saber para qué se vive”.
El 2023 es el año más violento de la historia costarricense. A octubre, se contabilizaban 702 homicidios, de conformidad con los datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ).
Una encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica reveló que los costarricenses consideran la inseguridad y la delincuencia como el principal problema. La mayoría de los asesinatos están vinculados al narcotráfico, otra dolorosa y devastadora cara de la corrupción.
Pareciera que la sociedad perdió la brújula moral. En palabras de Samuel Taylor Coleridge, “el sentido común y la decencia común son las señales de una sociedad civilizada”. Aquí se perdió algo más que el sentido común y la decencia, se perdió el humanismo. No hay mejor prueba del progreso de una civilización que el poder de la cooperación, porque la participación engrandece.
No se puede entrar en el futuro con temor. La paz no viene impuesta por el poder de las armas. Nace del corazón de los hombres. Ya nos recordaba el poeta francés Saint-Exupéry que “solo se ve bien con el corazón” y el proverbio chino “más vale encender una vela que maldecir la oscuridad”. Este sí que es un acto de justicia. Debemos ser instrumentos de paz, bastante herida está la historia.
La autora es administradora de negocios.
