En Costa Rica hemos aprendido a convivir con ríos que huelen mal, están llenos de basura y se desbordan con facilidad. Nos acostumbramos tanto a su deterioro que asumimos que recuperarlos sería demasiado caro, complejo o irreal. Pero esa idea, aunque cómoda, es engañosa: lo verdaderamente costoso –económica, social y ambientalmente– es seguir sin hacer nada.
Cada río degradado representa una suma de pérdidas que rara vez se contabiliza.
Perdemos espacios de recreación accesibles; lugares para caminar, refrescarnos, jugar o simplemente estar. Perdemos valor urbano: barrios que podrían tener parques lineales terminan dándoles la espalda a cauces convertidos en botaderos y cloacas a cielo abierto. Perdemos en salud pública y en resiliencia climática cuando la ocupación de las riberas agrava las inundaciones en vez de mitigarlas. Perdemos congruencia y reputación internacional al comprometer nuestra marca país basada en sostenibilidad. Es un costo que se paga todos los días, aunque no aparezca en ningún presupuesto.
Apenas el 14% de la población costarricense cuenta con alcantarillado sanitario que garantice una gestión segura de las aguas residuales, cuando el promedio de los países OCDE supera el 80%. El 76% del país depende del tanque séptico, un sistema que no responde a la densidad urbana actual. Tenemos leyes ambientales robustas, sentencias judiciales incumplidas y compromisos internacionales firmados. Pero no tenemos es una hoja de ruta para actuar en serio como país.
Frente a esto, la discusión suele trabarse en un dilema erróneo: o hacemos grandes proyectos integrales y costosos, o no hacemos nada. Y ese dilema nos paraliza. La experiencia internacional muestra que hay otro camino: empezar con intervenciones pequeñas y estratégicas, que permitan demostrar resultados y replicarlos para aumentar el ámbito de acción; es decir, escalar.
En Seúl, Corea del Sur, las autoridades tomaron una decisión que parecía imposible: demoler una autopista elevada sobre el río Cheonggye y devolverle el río a la ciudad; el resultado fue un corredor ecológico urbano que transformó el centro de la capital.
En Madrid, la progresiva recuperación del río Manzanares convirtió una autopista elevada en un gran parque urbano. En Costa Rica, iniciativas como los Corredores Biológicos Interurbanos, las Rutas Naturbanas, los Observatorios Ciudadanos del Agua y el proyecto RíoBardas ya lo están demostrando.
Existe, además, un principio contraintuitivo pero clave: hay que empezar río arriba. Sanear primero donde la contaminación es todavía incipiente, en las partes altas de la cuenca, y avanzar progresivamente río abajo. No al revés. La microcuenca del río Guararí, que nace muy cerca del volcán Barva, al norte de Heredia, ofrece exactamente esas condiciones: una escala manejable, comunidades listas para actuar y el potencial de convertirse en un laboratorio vivo de innovación territorial.
Un prototipo de menos de $130.000, en 30 meses, podría ser suficiente para demostrarlo. Con ese presupuesto se financiaría un diagnóstico participativo, la cocreación y ejecución de proyectos demostrativos, el monitoreo y evaluación de los resultados y una estrategia de comunicación; es decir, una propuesta metodológica estructurada para aprender, ajustar y escalar. Si funciona para el río Guararí, el resto del país podría tener una hoja de ruta clara.
Este enfoque no sustituye la necesidad de inversiones mayores en saneamiento y ordenamiento territorial; la complementa. Permite pasar de la inercia a la acción, de la planificación sin ejecución a procesos vivos que integran comunidades, gobierno, instituciones, municipalidades, academia, sector privado y cooperación internacional.
Costa Rica tiene las capacidades técnicas, institucionales y sociales para hacerlo. La metodología existe y el territorio está identificado. Lo que falta es sumar voluntades: personas, organizaciones e instituciones que crean que recuperar un río es también recuperar una forma de vivir mejor.
Todos los ríos son lindos, solo hay que recuperarlos. Y al recuperarlos, transformaremos nuestras vidas. En palabras de Berta Cáceres, lideresa ambientalista hondureña asesinada en 2016: “Me lo dijo el río”.
José Rodrigo Conejo Salas es planificador territorial y urbano.