
Después de cuatro horas de ruta, la buseta se detuvo sobre un camino de lastre, al lado de una de esas fincas de piña del Caribe norte que no tienen fin. Por suerte no diluviaba, como ocurre casi siempre durante las tardes del invierno tico. Apenas caía un pelo de gato. Armados con un paraguas, por si las moscas, descendimos entusiasmados porque finalmente conversaríamos sobre geología.
Los pasajeros de la buseta formamos un círculo alrededor del mapa. Guillermo Alvarado señaló el punto en que nos encontrábamos, a unos 15 kilómetros al norte de Guápiles. Luego arrastró el dedo hacia abajo, sobre una línea punteada, hasta chocar con otra que mostraba el río Chirripó. Con ese gesto entendimos que estábamos sobre un camino que había sido río.
Como buenos geólogos, empezamos a rastrear, sobre el camino y sus alrededores, señales de márgenes, escarpes y diferencias entre tipos de sedimento que nos confirmaran que estábamos sobre la cicatriz de un río. Para nuestra sorpresa, no había ninguna señal. Todo era plano. Igual. Solo contábamos con las indicaciones que nos ofrecía el mapa.
En 1970, en lugar de ir hacia el norte para confluir con el río San Juan, el Chirripó hizo un quiebre de casi 90 grados hacia el noroeste y se unió con el río Sucio. Así, de un día para otro, transformó terrenos agrícolas y ganaderos en el lecho de un nuevo río. ¿Por qué decidió cambiar de rumbo, recorrer una distancia mayor y dejar de ser el límite entre Heredia y Limón? ¿Por qué heredarle el trabajo de ser frontera al camino y, de paso, hacerse herediano?
Un megaabanico
De camino a Guápiles, sobre la ruta 32, después de pasar por el Parque Nacional Braulio Carrillo, vimos el abrazo líquido de los ríos Sucio y La Hondura. En ese punto, la suciedad natural de uno se mezcla con la apariencia cristalina del otro.
Estos ríos han transportado enormes cantidades de sedimentos que han sido producidos por la erosión, los deslizamientos y las erupciones del Irazú. Al llegar al pie del volcán, pierden velocidad y depositan esos materiales en una especie de abanico que se abre a partir del punto en que tocan la planicie.
Pero los ríos Sucio y La Hondura no son los únicos que bajan por el noreste de la cordillera Volcánica Central. Por esa zona bajan también el Toro Amarillo, el Chirripó y el Puerto Viejo, entre otros. Por lo tanto, no existe un único abanico, sino varios, entrelazados, que forman el Megaabanico de Santa Clara, de unos 40 kilómetros de ancho y 30 de largo.
En la buseta, leímos un par de artículos sobre la evolución del megaabanico, que se comenzó a formar hace aproximadamente 14.000 años, cuando la temperatura ambiente era unos siete grados centígrados menor a la actual y había hielo en las cúspides de los volcanes. Al derretirse el hielo durante las erupciones, se depositaron grandes flujos de lodo en la base del abanico. Luego, cuando aumentaron las temperaturas, la lluvia continuó haciendo de lo suyo, llevando más y más sedimentos.
Uno de los artículos hablaba sobre la migración reciente del río Toro Amarillo que, desde 1960, se ha desplazado casi cinco kilómetros hacia el oeste. Hoy está a punto de confluir con el río Chirripó. Así, perderá su nombre, pero ganará fuerza.
Fluir y adaptarse
Hacia las 3 de la tarde comenzó a llover. Algunos sugerimos “guarecernos” en un bar, donde, sentados alrededor de la mesa, lo tuvimos todo claro. La dirección que tomaba la cerveza derramada era poco predecible y estaba influenciada por las irregularidades de la mesa y por la velocidad del líquido. Eso fue, probablemente, lo que le ocurrió al río Chirripó: cambió de dirección cuando debió lidiar con los sedimentos que arrojó el volcán Irazú, a inicios de los años sesenta.
El Chirripó continuó fluyendo y se adaptó al terreno, aunque eso le significara devolverse y recorrer un camino más largo para llegar al mar. De esta forma desafió a la sabiduría popular, que afirma que solo los ríos no se devuelven. Además, abandonó el camino trazado para unirse al río Sucio y, después, al Sarapiquí y el San Juan.
Los pueblos nómadas, como los beduinos y los esquimales, han sobrevivido durante siglos gracias a su capacidad para desplazarse hacia sitios más estables, más prósperos. El río Chirripó también es nómada. Fluye libremente como el líquido derramado sobre una mesa. Explora nuevos caminos y viaja al encuentro de otros ríos. Se nutre de ellos y se hace más fuerte. Más caudaloso. Sabe que, en su largo camino hacia al mar, lo principal no es llegar primero, sino saber llegar.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.