
La palabra como tal, amigo lector, no nos dice mucho. La voz indígena aludía a una especie de Mesopotamia, la región entre dos ríos. Quizás asociarán los melómanos la canción Guantanamera , tonada donde entre estribillos regulares se insertaban versos de José Martí. Históricamente no hay mucho más: la bahía de Guantánamo es un rezago del pasado colonial de Cuba, última de las posesiones españolas en el caribe, sitio donde Estados Unidos obtuvo, a la manera de aquellos tiempos, una concesión sobre el territorio.
Silencio culpable. Sin embargo, donde Guantánamo se convierte en un problema suyo y mío, respetado lector, y con ello de todo el hemisferio occidental, donde habitan las diversas democracias, es en lo que significa como proposición jurídico-política. Incluso, Guantánamo es una traducción práctica del funcionamiento de nuestros modelos de Estado y del ethos con que asumimos la administración de justicia. Nuestro silencio nos condena mientras esta fractura de lo legal perviva. Trataré de explicarme.
Los Estados latinoamericanos fueron constitucional e institucionalmente modelados a imagen y semejanza de los Estados Unidos de América. Pueda que a algunos les disguste esta admisión, pero el hemisferio americano y sus jóvenes naciones optaron desde sus inicios como repúblicas, por el modelo presidencial de Estados Unidos y no por el sistema parlamentario europeo.
La democracia norteamericana, aún con sus defectos sumados, fue un régimen de voluntad popular mucho antes que cualquier país del viejo continente, donde las élites económicas o militares gobernaron el panorama sin mayores rubores. Este horizonte inspiró a los diversos libertadores y constitucionalistas americanos en las nuevas repúblicas a seguir el esquema del pacto de las colonias norteamericanas y a sumar los valores de la Revolución Francesa como desiderátum.
Agravio moral. El basamento del estado liberal democrático es, entre otros, la igualdad de los hombres ante las instituciones y ante la ley. La condición humana nos da ese derecho, y el Estado, obedeciendo su primaria razón de ser, se esfuerza en ser equitativo aunque no siempre lo logre. Sin embargo, debe esforzarse. Guantánamo, y me refiero al régimen ilegítimo de privación de libertad y del debido proceso, así como la deliberada supresión de la información sobre lo que allí sucede, es una bofetada a todos estos valores y una agravio, además, que disminuye la estatura moral de Occidente, sus convicciones políticas y sus instituciones.
El metadiscurso que aceptamos para que exista este campo de concentración de detenidos sin derechos, es que los terroristas (mayormente terrositas islámicos) utilizan medios no convencionales de agresión contra cualquier población. Así entonces, el Estado, para este caso el Estado norteamericano, se reserva el hecho discrecional de alterar las garantías que existen en los diversos acuerdos nacionales e internacionales para los detenidos, dejándolos convenientemente en un limbo que gravita entre no ser detenido común, ni tampoco un prisionero de guerra. En Guantánamo no hablamos de delincuentes comunes, pero tampoco de soldados de causa alguna. En este vacío, ninguna ley opera, ningún acuerdo protege. El amparo teorético de tal desvarío funcional es la famosa razón de Estado que acuño Maquiavelo.
¿Quién pierde y se deteriora? Sobre todo la figura del Estado. Y con “Estado” pretendo aludir desde quien protege este abismo, hasta la figura moral del Estado como ente abstracto. ¿Por qué? Porque establece un doble rasero para medir a las personas y traiciona su naturaleza. Incluso bajo la premisa argumentativa de que sean estos seres humanos indeseables, en razón de los repugnantes métodos que utilizan, el Estado no puede rebajar su condición moral y usar por ello métodos injustos. No puede extraer fundamentos morales derivados de lo empírico pues una cosa es temporal, los terroristas y sus medios, mientras que la otra es eterna y universal, la administración de justicia.
Esta miopía irracional del ojo por ojo, igualándonos en procedimientos con quienes rechazamos, al final dejará ciega a la justicia, que es lo que nos debemos los unos a los otros, y el Estado, a todas las personas.