Después de la reunión que sostuvimos los padres de familia del Liceo Franco Costarricense con el embajador de Francia y altos personeros del colegio, quedamos notificados de que, después de cuarenta años de funcionamiento de esta Institución educativa, ha llegado un momento de cambio inevitable. Los franceses lo dijeron con claridad: Costa Rica ya no es el país pobre, con el que firmaron un convenio de cooperación cultural educativo en el año 1968.
Las condiciones de ese convenio no pueden seguir siendo las mismas, pues no se justifica el costo económico que implica para ese país europeo. De ahí que los aportes que hacen los padres y el Estado costarricense al presupuesto del Liceo, deben aumentar en la proporción en que la contraparte desea bajar la suya.
Esta es la pretensión principal de la propuesta de modificación del convenio que la Embajada de Francia ha presentado al MEP, junto con otras de índole operacional que tienden a una mayor rigurosidad y excelencia de la educación que ese centro educativo imparte actualmente.
Sin duda, el Gobierno de Francia está en todo su derecho de pedir la revisión del mencionado convenio, si lo cree necesario, así como de denunciarlo, si las partes no llegaran a ponerse de acuerdo en nuevos términos, opción que se planteó sin ambages. Igualmente, el gobierno francés puede legítimamente cambiar sus políticas de cooperación internacional, de acuerdo con la ideología de sus nuevos dirigentes.
Problema ético social. El punto de mayor interés excede, no obstante, el aspecto jurídico. Varios padres plantearon el problema ético social que emerge de este cambio inevitable para el colegio, surgido del giro ideológico del gobierno francés. Sea por efecto de las nuevas condiciones contractuales, o por el fin del convenio mismo, el Liceo Franco Costarricense afronta la disyuntiva de desaparecer o convertirse en un colegio de élite, donde solo los ricos podrán matricular a sus hijos.
Desaparecerá el ambiente solidario y democrático característico del centro, y el encuentro cotidiano y cálido de distintas culturas representadas por los numerosos alumnos de variadas nacionalidades que ahí diariamente se dan la mano y alimentan amistades infantiles y juveniles francas y generosas.
Duele esta perspectiva porque la desaparición de este centro, amigo incondicional de Francia, implica no solo una pérdida para los docentes, alumnos y padres de familia costarricenses, sino también para los franceses que ahí educan a sus hijos y alumnos. Asimismo, desmerecen las relaciones cordiales y fraternales de los dos países involucrados y la francofonía que promueve Francia en el mundo, por medio, entre otras formas, del apoyo a los colegios franceses.
Ojalá el gobierno del Presidente Sarkozy repensara esta política y permitiera la vigencia del Liceo Franco Costarricense en Costa Rica, como un centro abierto y no de élite, en aras de mantener esta colaboración mutua para la presencia de Francia y del idioma francés en nuestro país.