
La mayoría de los seres humanos no vive lo suficiente para ver morir el orden global en el que nació. Por eso, cuando ese orden empieza a resquebrajarse, solemos interpretarlo como una crisis pasajera y no como el cierre de una época. Damos por sentadas condiciones que no construimos y beneficios que asumimos permanentes.
Para Costa Rica, resulta clave entender el mundo antes y después de la Segunda Guerra Mundial, así como el momento actual del orden liderado por Estados Unidos.
Antes de las guerras mundiales, la clase media global era marginal. La mayoría de la población vivía en condiciones de subsistencia, sin acceso efectivo a educación, salud, seguridad o crédito.
Tras la Segunda Guerra Mundial, ese panorama cambió de forma radical. Estados Unidos asumió el liderazgo global como superpotencia, y su hegemonía no fue solo militar. Promovió un orden internacional que generó niveles de prosperidad sin precedentes, basado en mercados abiertos, respeto a la propiedad privada, libertades individuales, instituciones judiciales independientes y estabilidad monetaria.
Ese modelo se tradujo en salarios crecientes, expansión del bienestar y movilidad social. Primero, en Estados Unidos, y después, en otros países con valores similares. Fue la primera potencia hegemónica que no operó bajo una lógica primordialmente extractiva y permitió que otras naciones prosperaran en paralelo. Sostuvo por décadas déficits comerciales que facilitaron el crecimiento de otros países exportando a su mercado.
Nada de esto fue perfecto, pero sí muchísimo mejor que todo lo que la humanidad antes conoció. Tampoco fue inevitable; ocurrió gracias a decisiones políticas concretas. Ese fue el núcleo de su poder blando, de alineamiento y seguridad, que durante mucho tiempo asumimos como permanente.
Costa Rica fue uno de los países beneficiarios de ese ciclo. Su prosperidad de posguerra estuvo ligada al acceso al mercado estadounidense, a la transferencia de conocimiento y a un entorno geopolítico estable. Esto permitió atraer inversión, expandir exportaciones y consolidar una clase media amplia y sostenida.
El problema vino después. Una vez superado el subdesarrollo básico, Costa Rica no mantuvo la disciplina necesaria para avanzar hacia un desarrollo pleno. Se priorizó el crecimiento del Estado por encima del crecimiento de la productividad. El Estado aumentó en tamaño, rigidez y compromisos fiscales sin mejoras proporcionales en eficiencia. Con el tiempo, esa estabilidad se volvió costosa y el costo comenzó a trasladarse a trabajadores, empresas y generaciones futuras mediante endeudamiento.
Otros países que partían de condiciones similares sí aprovecharon ese entorno para transformarse estructuralmente. Corea del Sur, más pobre que Costa Rica en los años 50, reformó su Estado, apostó por educación técnica, industrialización y exportaciones, y se integró agresivamente a los mercados occidentales. Irlanda siguió una lógica comparable dentro de Europa. Costa Rica, en cambio, utilizó la prosperidad como zona de confort.
Hoy, el contexto internacional está cambiando con fuerza. El orden de posguerra muestra señales claras de desgaste y el poder blando estadounidense se transforma hacia una lógica más cruda de fuerza, competencia y alineamientos estratégicos. El mundo será menos predecible y más exigente que en décadas anteriores.
El problema no es que el mundo cambie. El problema es que Costa Rica llega a este escenario con un Estado grande, caro y de productividad cuestionable, construido mientras un entorno global conveniente amortiguó nuestras ineficiencias.
La historia muestra que confundir un contexto favorable con fortaleza interna rara vez termina bien. Argentina es un claro ejemplo: alguna vez, una de las economías más prósperas del mundo, que, cuando ese mundo cambió, rodó hacia el deterioro y estancamiento.
En el Foro de Davos, el canadiense Mark Carney abordó este mismo fenómeno desde la perspectiva de su país, un miembro del G7 que también enfrenta estos cambios estructurales. Su mensaje fue claro: adaptarse requiere liderazgo, estrategia y una agenda proactiva. Cabe preguntarse si Costa Rica está teniendo esa conversación con la seriedad que el momento exige.
En síntesis, los valores del orden de posguerra fueron el entorno en el que la mayoría de los costarricenses nacimos. Fueron fundamentales para nuestra prosperidad y los asumimos como permanentes. Hoy corresponde preguntarnos si un Estado capturado por rigideces y baja productividad puede responder a un mundo mucho más competitivo.
La historia no castiga la imperfección; castiga la complacencia. Y los ciclos, cuando cambian, rara vez conceden prórrogas. El costo de no hacer nada no desaparecerá.
Esteban Salazar es ingeniero industrial y farmacéutico.