
¿Qué van a decir el miércoles en el circo político? Lo pregunto en serio, porque ya nos acostumbramos a que la respuesta sea una improvisación con micrófono.
Hay preguntas que se van acumulando y nadie contesta. ¿Qué fue lo que Manuel Tovar no le dijo a la presidenta cuando la reunión que condujo a su despido llevaba casi dos meses avisada? Dos meses son tiempo de sobra para preparar un informe, reorganizar la agenda o al menos llamar por teléfono. Pero tal parece que la mandataria prefirió reunirse con Abelardo de la Espriella y, de paso, irse de compras a Colombia. Puede que me equivoque en los detalles, pero la imagen ya quedó, y en política, la imagen pesa casi tanto como el hecho.
Y hay otra pregunta que me da vueltas desde hace semanas: ¿por qué Rodrigo Chaves no habla? Durante años, fue el hombre del micrófono abierto, el que respondía antes de que uno terminara de preguntar.
Lo criticaran o lo aplaudieran, nadie podía decir que se escondía. Ahora, silencio. Un silencio así, en alguien tan acostumbrado a llenar todos los espacios, dice más que cualquier discurso.
Todas estas son incógnitas de un Ejecutivo que parece tambalear. Espero que no, de verdad. Ningún país gana cuando su gobierno se debilita por dentro, y menos uno que todavía tiene pendientes serios en seguridad, en empleo y en las finanzas públicas. Pero cuando uno junta las piezas, todo apunta a que sí.
Como economista, me preocupa un efecto que casi nadie menciona: la incertidumbre cuesta plata. Un gobierno que no comunica con claridad genera dudas entre quienes invierten, entre quienes contratan y entre quienes simplemente quieren saber a qué atenerse.
Nadie decide comprar una máquina, abrir una sucursal o firmar un contrato a cinco años si no tiene idea de quién está mandando ni hacia dónde. La confianza tarda años en construirse y se pierde en una semana de mala comunicación.
También hay un tema de respeto. Las conferencias de prensa no son un favor que el gobierno le hace a la prensa, son una rendición de cuentas hacia la ciudadanía. Cuando se convierten en un trámite mal preparado, lo que se rompe es un pacto básico: usted me gobierna, yo tengo derecho a saber qué hace. Y no es un derecho de la oposición ni de los periodistas, es de cualquiera que pague impuestos.
No pretendo adivinar qué pasa puertas adentro. Quizá haya una explicación razonable para todo esto, y ojalá la haya. Pero, entonces, que la den. Que alguien se pare frente a las cámaras, con datos y sin gritos, y explique sobre la reunión comunicada con dos meses de anticipación y sobre el expresidente, tan hablador, que ahora prefiere callar.
Porque el silencio no se sostiene indefinidamente. Se llena con rumores, con especulación, con lo que cada quien imagina. Y en un país donde la gente todavía sigue la política con pasión, dejar ese vacío es el peor regalo que un gobierno puede hacerse a sí mismo.
El miércoles veremos. Yo, por lo pronto, me quedo con la costumbre de esperar lo mejor y prepararme para lo peor. Ojalá me equivoque.
r.d.greef@gmail.com
Ronny De Greef Acevedo es economista.