A mí, esos caitazos me tomaron de sorpresa, como a todos, pero no dejan de seguir impresionando. El presidente Bush sonrió, como siempre, pero podría también justamente implicar que ni por asomo valoró la gravedad del contexto, en la época posterior a Sadam Husein, a quien por supuesto nadie defiende. Después del cuento ese de las armas de destrucción masiva, su contrincante entró en Iraq con pies, ¡qué digo!, con zapatos de plomo. Podría haberse dado cuenta ya de que su intervención en este país no fue exactamente como un paseo por los jardines de la Casa Blanca.
Otros zapatos. Más allá de culturas y de épocas, varios episodios de zapatería me impresionaron en la vida. Aquel candidato, en Estados Unidos (Stevenson, me parece que se llamaba) cruzó negligentemente una pierna sobre otra; como estaba en una tribuna, dejaba ver un tremendo hueco en la suela, cosa que un astuto fotógrafo guardó para la posteridad. El candidato salió descalificado, porque a como el hábito sí hace al presidenciable. Luego, cómo no, los de mi generación recordamos aquel memorable zapatazo de Krusthov, en las Naciones Unidas nada menos. Tercera muestra: siendo universitario en Madrid, en las vacaciones participé en un campamento cristiano cerca de Dubrovnik, en la antigua Yugoslavia… tanto los soldados de Franco como los de Tito parecían llevar idénticas botas, del mismo proveedor. Fue posiblemente mi primera gran lección de ciencias políticas y de antimilitarismo: en sendos casos, más allá de signos ideológicos opuestos, la misma bota, paralela represión en nombre del pueblo.
Ha pasado velozmente casi medio siglo. Desde luego, el gesto reciente de aquel periodista en Bagdad no era de bienvenida al sátrapa: en la cultura árabe, tratarle a alguien de “perro”, por no ser este un animal doméstico entre ellos, constituye un insulto y mostrarle la suela de sus zapatos, o peor, como en este caso, tirárselos, resulta de lo más ofensivo. Muntazer al Zaidi no cometió ningún magnicidio, (otros intentaron, contra Reagan y contra Juan Pablo II). Pero lo hizo adrede, por desesperación y dignidad, y lo subrayó verbalmente.
Profundo significado. Más allá de los chistes, juegos y hasta algún neologismo ( “Bushoes” ) que salieron por doquier, conviene no pasar por alto el profundo significado de su acción. Fue un hecho de valentía individual, como cuando aquel costarricense quemó un mesón donde había invasores, lo proclamamos héroe; uno, si tira zapatos al mismo invasor, ¿sería un villano? En diversos círculos latinoamericanos y hasta mundiales, en una nueva especie de Fuenteovejuna-todos-a-una, esta conducta granjeó solidaridad. Por favor veamos además las proporciones: en Abu-Garaib, a sus víctimas los carceleros yanquis los amenazaron con perros; en señal de despedida, el periodista iraquí tiró sus caites.
Yo me asocio con una reflexión de mi hermana: el verdadero terrorismo que sí hunde el mundo es el de dirigentes incompetentes. Y, por desgracia, eso no se arregla en una clínica del calzado.