
Algunos afirman que existen guerras justas. De seguro las hay: aquellas que se hacen para defender la patria y los valores ante un ataque; por lo menos parecen ser honestas. Pero todas, por su naturaleza, son tontas; una muestra de que todavía los hombres, presa de nuestra naturaleza animal, estamos predispuestos a continuar “la diplomacia por otros medios”.
Muchas son particularmente absurdas, tanto en ejecución como en forma. ¿La última? El reciente conflicto entre Estados Unidos e Irán, empezando por su cambiante duración. “Proyectamos cuatro a cinco semanas”, dijo Donald Trump al comienzo del conflicto. Ya vamos por un mes, y el tiempo se sigue extendiendo sin ningún fin cercano.
Y es que los reportes que llegan desde la Casa Blanca cada día son más contradictorios. A veces enviarán tropas, pero solo para capturar el uranio iraní, que, presa de bombardeos, está enterrado bajo toneladas de tierra. En otras ocasiones, hablan de llevar soldados, pero solo para capturar el territorio iraní necesario para el funcionamiento del estrecho de Ormuz, importante ruta de bienes para el comercio global.
Luego amenazan con salir del conflicto, dejando la responsabilidad de abrir esta vía a los países que la quieran utilizar, lavándose así las manos por el desorden que ellos mismos ocasionaron. Y, mientras transcurre el tiempo, las amenazas, como las de quien está desesperado cuando las cosas no salen como quiere, se vuelven más graves; todas intentando que Irán –como Venezuela, meses atrás– se someta a la voluntad de quien lo ataca.
Desde dejar el país sin centrales eléctricas hasta proponer de forma abierta crímenes de lesa humanidad –como sería atacar las desalinizadoras de agua en una nación desértica–, el conflicto solo parece empeorar, y con él aumentan las víctimas colaterales que sirven para alimentar el morbo de quienes siguen los conflictos como forma de entretenimiento.
Es difícil no tener esta percepción cuando el actual secretario de Defensa, Peter Hegseth, fuera presentador de TV después de una carrera de rango medio en las Fuerzas Armadas de su país, igual que Trump fuera estrella de un reality show antes que presidente.
Pero, detrás de cámaras, la guerra es un negocio donde la información vale oro. Existen múltiples reportes sobre movimientos financieros sospechosos: operaciones bursátiles realizadas antes de declaraciones del presidente Trump que, posteriormente, impactaron los mercados y habrían beneficiado a actores que parecían conocer de antemano lo que se diría.
De hecho, el precio internacional del petróleo sube o baja según el ánimo del presidente, dependiendo de si la guerra parece avanzar o estancarse. A esto se suma –como siempre– la ganancia de los comerciantes de armamento y de todos aquellos que proveen los insumos que cualquier conflicto requiere.
Porque la guerra, desde que existe la historia, ha sido el deporte de los poderosos: una actividad que beneficia a quienes comercian con la desgracia ajena. Hoy, en un mundo globalizado y profundamente interconectado, ese costo ya no se queda en el campo de batalla. Lo pagamos todos, en forma de combustibles más caros y en el encarecimiento de cada eslabón de las cadenas de producción que dependen de ellos.
Si, después de leer esto, a usted todavía le seduce la idea de la guerra, felicitaciones: probablemente se encuentra entre quienes se benefician de ella. Más preocupante es el caso de quienes, atrapados entre la desensibilización y la propaganda, no logran ver que también son víctimas. Porque, en un mundo conectado, ninguna guerra es lejana: todas terminan pasando factura, aunque no caiga una bomba cerca.
Dicen que nunca es tarde para tomar conciencia. Pero, en tiempos como estos, lo importante es entender lo que está en juego antes de aplaudir decisiones que terminan perjudicándonos a todos.
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Sebastián Casas Zúñiga es abogado y máster en Derecho por la London School of Economics. Tiene una maestría en Finanzas por la Universidad de Cambridge.
