
La lucha por los derechos de las mujeres, en Costa Rica y en el mundo, ha costado esfuerzo, lágrimas, violencia y estigmatización. No ha sido un camino fácil. Agradecer y honrar a quienes lo hicieron posible es un deber, porque esos avances no están garantizados para siempre. Por eso es fundamental recordar que el voto femenino en Costa Rica fue una conquista histórica y que no surgió de la noche a la mañana.
Mujeres costarricenses valientes y persistentes enfrentaron un sistema que las relegaba al ámbito privado, donde el machismo estaba a la orden del día. Se intentó silenciar sus voces mientras el rumbo del país se decidía sin ellas y sin reconocer sus aportes. Aun así, insistieron, organizaron y resistieron.
La Liga Feminista Costarricense, fundada en 1923, sostuvo esa lucha durante décadas hasta que, en 1949, la nueva Constitución Política reconoció, por primera vez, el derecho de las mujeres al voto. Ese momento marcó el fin de una exclusión histórica profundamente injusta.
Hace 75 años, doña Bernarda Vásquez Méndez y doña Amelia Alfaro quedaron inscritas en la historia nacional como las primeras mujeres en ejercer ese derecho. Desde entonces, cada voto femenino carga con la memoria de esa lucha y con la responsabilidad colectiva de no retroceder.
Hoy, sin embargo, enfrentamos un escenario preocupante. Desde la Presidencia se emiten discursos que minimizan la violencia contra las mujeres y relativizan los derechos humanos, narrativas que, lamentablemente, están ganando espacio. En este contexto, no votar no es neutralidad: es permitir que otros decidan por nosotras. Ejercer el voto se convierte, entonces, en un acto de coherencia democrática, en una forma de honrar a quienes lucharon antes y en un compromiso con quienes vendrán después. No podemos permitirnos ser espectadoras de la democracia costarricense; debemos asumir el papel de protagonistas.
Las encuestas actuales señalan que el poder real de decisión electoral está hoy, en gran medida, en manos de las mujeres indecisas. Los datos muestran que son principalmente mujeres jóvenes y de mediana edad, con niveles educativos medios, quienes concentran el mayor porcentaje de indecisión. También son ellas quienes muestran mayor disposición a definir su voto a partir de información sólida y no de consignas vacías. Salir a votar, en este contexto, nos coloca en el centro de las decisiones del país.
Pero no se trata de votar por cualquiera. En este momento es vital observar con atención cuáles candidaturas están abordando los problemas reales que enfrentan las mujeres: empleo, costo de la vida, violencia en todas sus manifestaciones, seguridad, remuneración justa y acceso efectivo a derechos. Se requiere coherencia, credibilidad y propuestas concretas. No basta un discurso llamativo y divisorio; las palabras, si no se traducen en acciones, se las lleva el viento.
Tenemos la oportunidad –y la responsabilidad– de incidir en el rumbo del país. Hagamos historia una vez más. Seamos protagonistas.
Cynthia Maritza Córdoba Serrano es diputada independiente.