
El devenir de la situación política actual me trae a la memoria una expresión coloquial usada en tiempos pasados. No recuerdo haberla escuchado recientemente, pero su significado y su acepción popular creo que siguen plenamente vigentes.
Se trata de una alusión metafórica a un instrumento utilizado para que los enfermos o personas con discapacidad orinen sin levantarse de la cama: el utensilio que formal y médicamente se denomina “cacho urinario”, de amplio uso en hospitales y centros de salud.
Pues bien, en aquellos tiempos se hacía referencia al famoso cacho urinario –popularmente llamado “cacho de mear”– cuando alguna persona hablaba de manera insistente sobre un solo tema o, cada vez que abría la boca, salía con el mismo asunto, para decirlo en palabras muy nuestras.
Recuerdo, en la Heredia de los años 60 y quizá también de los 70, a un personaje que todos conocían y que siempre andaba con su “cacho de mear”: el cuento recurrente de que a alguien le habían robado las valijas. Me refiero a esa gente que repite la misma historia hasta el cansancio, dale y dale, hasta que alguien termina diciéndole “ya callate con tu cacho de mear”.
Hoy vemos en la política un ejemplo notable –y casi cómico– de esta alusión al curioso y útil instrumento. Que “la red de cuido”, que “los hermanitos Arias”, que “el Tribunal de Elecciones corrupto”, que “la Asamblea Legislativa actuando de mala fe”, que “el Poder Judicial en manos de las mafias”, que “quiero 40 diputados”, solo para citar algunas de las consignas que no termina de repetir nuestro peculiar presidente.
No hay conferencia de prensa, entrevista o declaración en la que no salga a relucir su sempiterno cacho de mear. Hasta el Congreso de los Estados Unidos tuvo que soportarlo, aunque fuera por medio de nuestra embajadora en Washington. A ella le tocó el turno de repetir estas diatribas insistentes y cansadas, contribuyendo así a desprestigiar al país en vísperas de las próximas elecciones.
Los cachos de mear se han utilizado siempre como eslóganes de campañas políticas y publicitarias. Por lo general, se trata de simples alusiones o suposiciones sin sustento real, como aquello de que “este año se termina la carretera a San Carlos”, o que “ya casi se construye el hospital de Cartago”, o que “se van a acabar las listas de espera”, o que “somos el país más feliz del mundo”, o el mito del “pura vida” en que supuestamente vivimos.
Se acerca el día de las elecciones y la gente, el pueblo de mi país, debe decidir si vota y le entrega el poder total a continuistas que quieren perpetuar su cacho de mear, o si damos un giro al rumbo de lo que sucede en Costa Rica y votamos por cualquier otra opción: por la que nos dicte la inteligencia, por lo que nos indique nuestra reflexión sobre el futuro, por cualquiera menos por los felinos con vejiga hiperactiva.
La conciencia del costarricense siempre ha sido sabia. Al final, en el momento íntimo de enfrentarse a la urna, en ese instante en que se asume la responsabilidad que la Constitución nos concede cada cuatro años para decidir nuestro futuro, suele imponerse el criterio.
Y aunque en la pasada elección muchos votaron no a favor del actual presidente, sino en contra del único opositor en la segunda ronda, terminaron eligiendo a un advenedizo que se la creyó: que se autoproclamó hijo pródigo, una suerte de salvador que descubrió el agua tibia, que se siente líder supremo y a quien sus seguidores así se lo hacen sentir.
También hay quienes discrepan de sus cachos de mear, pero guardan silencio por temor –no sé a qué o a todo–, ante posibles represalias ejercidas mediante la maquinaria y las estructuras estatales.
La proclama oficial es ahora, y a todas voces, un cacho de mear destinado a perpetuarse. Con ello, lo único que se ha logrado es enervar a las masas y convertir el futuro del país en un clásico de fútbol: una pelea sin sentido entre la Ultra y La Doce, una discordia de bajo nivel, una verdadera lucha fratricida.
Para cerrar, y usando mi propio cacho de mear, cito nuevamente lo escrito en mi artículo sobre colibríes y jaguares: “El pueblo honrado y libre de Costa Rica ha demostrado que sí sabe luchar, y la historia nos dice que siempre que lo ha hecho, ha ganado. Nuestro más poderoso arsenal son los votos de un pueblo noble, inteligente y sabio, que siempre ha sabido estar a la altura en los momentos más críticos de su historia”.
rprotti@geotestcr.com
Roberto Protti Quesada es geólogo.