Cada vez que se publican los resultados de PISA, la conversación suele concentrarse en los ránquines: quién subió, quién bajó, qué país ocupa los primeros lugares y cuán lejos estamos de los sistemas educativos más exitosos. Pero PISA 2025 nos invita a mirar algo más profundo.
Porque detrás de los puntajes, hay estudiantes. Y detrás de los estudiantes, hay familias, profesores, escuelas, relaciones, expectativas y, sobre todo, una pregunta fundamental: ¿qué hace que un joven quiera aprender?
Los resultados de este año contienen una noticia que debemos celebrar: Costa Rica mejoró significativamente su desempeño en ciencias y, a diferencia de muchos sistemas educativos, no registró retrocesos en ninguna de las tres áreas evaluadas. Pero más allá de los puntos obtenidos, PISA nos ofrece pistas sobre algo que a veces olvidamos cuando hablamos de innovación educativa: las relaciones importan.
La OCDE encuentra una relación positiva entre el apoyo familiar y el desempeño académico. Esta relación está vinculada, sobre todo, con el interés de padres y encargados en el aprendizaje cotidiano de sus hijos.
No se trata únicamente de asistir a reuniones escolares, revisar notas o supervisar tareas. Se trata de algo mucho más sencillo: preguntar qué aprendieron, qué hicieron durante el día, qué les preocupa, qué les interesa.
Padres presentes
Según PISA 2025, el vínculo cotidiano entre padres e hijos parece estar debilitándose en muchos países. Quizá hemos confundido involucramiento parental con supervisión académica. Un padre comprometido no necesariamente es quien sabe cuánto vale cada examen, controla cada tarea o escribe constantemente al profesor. Puede ser, simplemente, el padre que pregunta:
¿Qué aprendiste hoy? ¿Qué te sorprendió? ¿Qué fue difícil? ¿Qué te interesa? ¿Qué tal están tus amigos?
La otra mitad de esta ecuación está propiamente en la escuela; los estudiantes también necesitan encontrar razones para valorar el lugar donde aprenden. El estudio muestra que la curiosidad, la perseverancia y la valoración de la escuela están relacionadas con mejores resultados académicos. Esto parece casi una obviedad, pero quizá precisamente por eso vale la pena detenernos en ello.
Porque un estudiante aprende de manera diferente cuando siente que lo que hace tiene sentido. Una escuela atractiva no es una escuela fácil académicamente; es una escuela que consigue que el esfuerzo tenga sentido y valga la pena. Una escuela en la que un adolescente pueda entender por qué aquello que está aprendiendo importa. Una escuela donde pueda sentirse conocido, respetado y parte de una comunidad. Una escuela en la que los profesores exijan, pero también acompañen.
En este punto, Costa Rica tiene una fortaleza que no deberíamos pasar por alto. Los estudiantes reportan, en una proporción importante, que sus profesores muestran interés por su aprendizaje y que reciben ayuda cuando la necesitan.
Es decir, tenemos profesores que están ahí. El desafío es construir alrededor de ellos una comunidad educativa igualmente comprometida. Porque también hay señales que no podemos ignorar. La asistencia escolar en Costa Rica es considerablemente menor que el promedio de la OCDE. Esto debería llevarnos a una pregunta incómoda: ¿qué hace que un estudiante quiera estar en la escuela?
Podemos exigirle que asista. Podemos establecer consecuencias cuando no lo hace. Y, por supuesto, debemos hacerlo. Pero también deberíamos preguntarnos qué experiencia estamos ofreciendo cuando llega.
¿Encuentra allí personas que lo conocen? ¿Profesores que creen en él? ¿Desafíos que considera significativos?¿Amigos? ¿Un lugar donde siente que pertenece?
Porque quizá el verdadero compromiso con la asistencia no comienza en la puerta de la escuela. Comienza con el vínculo que el estudiante ha construido con ella.
Esta es la lección más importante de PISA 2025. La educación del futuro no puede construirse únicamente con tecnología, inteligencia artificial, nuevas plataformas o nuevas metodologías. Todo eso será necesario pero no suficiente. Ninguna tecnología puede sustituir una conversación significativa entre un padre y su hijo.
Ninguna plataforma puede generar por sí sola sentido de pertenencia. Ningún dispositivo puede hacer que un adolescente sienta que un profesor realmente se interesa por su aprendizaje.
La tecnología puede transformar cómo aprendemos. Pero las relaciones siguen influyendo profundamente en por qué queremos aprender. Por eso, quizá el desafío educativo no sea escoger entre tradición e innovación. Quizá sea innovar sin olvidar lo esencial. Volver a padres que preguntan, a familias que acompañan, a profesores que conocen a sus estudiantes, a escuelas que generan pertenencia, a aprendizajes que tienen sentido. A una educación que no confunda exigencia con distancia ni tecnología con innovación.
Porque después de tantos años buscando la próxima gran revolución educativa, PISA 2025 nos recuerda algo extraordinariamente sencillo: los estudiantes necesitan saber que a alguien le importa que aprendan y necesitan sentir que vale la pena estar en la escuela. La verdadera innovación educativa podría consistir en lograr que esas dos cosas vuelvan a ocurrir todos los días. Familias comprometidas. Escuelas que inspiran. Estudiantes que encuentran sentido.
Quizá no sea una idea nueva… sino, precisamente, la idea que nunca debimos dejar atrás.
epiedra@yorkin.org
Edgardo Piedra Garita es director general de Yorkín School, profesor de Historia, máster en Estudios de Matrimonio y Familia y doctor en Educación.