
Al tiempo que nos facilitan tareas cotidianas (y, en general, la vida), los ecosistemas digitales poseen la virtud de entorpecernos. Resulta llamativo comprobar cómo el pensamiento mágico digital nos va transformando en criaturas falsamente smart, acelerando un embrutecimiento que no estamos dispuestos a aceptar, pero que es notorio.
Resulta que en estos tiempos de la conexión instantánea, se registra una eliminación sistemática de palabras. Desde 2005 hasta 2019, según un estudio publicado en Perspectives on Psychological Science, liderado por investigadores de la Universidad de Arizona y la Universidad de Missouri-Kansas City, las personas en los países occidentales hablan, en promedio, 338 palabras menos cada año.
En solo 14 años, el promedio diario pasó de unas 16.000 palabras a alrededor de 12.700, una pérdida del 20%. Extrapolado, cada año perdemos más de 120.000 palabras por persona. Lo cual es comparable a libros enteros de pensamiento, matices y conexión humana que se evaporan.
Lejos está de ser un declive natural del lenguaje, como las lenguas que se van extinguiendo. En este caso, se trata de un empobrecimiento inducido, acelerado por la seductora arquitectura de los ecosistemas digitales. Las redes sociales, los smartphones y las plataformas de mensajería exigen la brevedad como condición de supervivencia en la lucrativa economía de la atención: cuanto menos, mejor.
También sabemos que el algoritmo premia lo corto, lo rápido, lo visual. Y nosotros, criaturas adaptables hasta la autodestrucción, respondemos convirtiéndonos en parásitos (Michel Serres).
La atrofia no hace distinciones. Sin embargo, golpea con mayor fuerza a los jóvenes. La generación Alfa, nacida con el iPad en las manos, ha interiorizado que todo lo que requiera esfuerzo verbal es una molestia evitable.
Las cortesías del correo electrónico se antojan tan arcaicas como un telegrama. Una llamada telefónica genera ansiedad; prefieren enviar un audio de tres segundos. La ortografía se reduce a lo funcional. Los stickers permiten una expresión sin riesgo.
El resultado es una comunicación deshojada. Cada vez más plana, desprovista de los matices que solo la palabra hablada espontánea puede ofrecer. En una charla cara a cara, transmitimos tono, ritmo, silencio, mirada, gesticulación… Son señales que construyen empatía y comprensión profunda.
Al contrario, los intercambios digitales son transacciones asépticas. Las interacciones informales que tejían el tejido social cotidiano se evaporan. Esta pereza tiene consecuencias en cascada. Sin vocabulario rico, el pensamiento se empobrece. En esa pérdida, la empatía se hace superficial.
El pensamiento mágico ha vendido la gran ilusión de que ahorrar esfuerzo verbal es ganar tiempo y libertad. En realidad, nos ha convertido en sumisos. Es tentador confiar al algoritmo la tarea de completar nuestras frases o de pensar por nosotros mismos.
En el otoño del pensamiento crítico, el silencio que se asoma no es el de la ausencia de ruido, sino el de la ausencia de profundidad. Porque, cada vez más, somos seres de menos palabras.
pablo.gamezcersosimo@gmail.com
Pablo Gámez Cersosimo es investigador, periodista y autor.