Campanas sobre campanas, verde de cipreses cubiertos de nieve y la figura de “Colacho” envuelven miles de cajas que aguardan miradas de asombro. En ellas los niños esperan la respuesta del Niño. Sus padres saben lo difícil que fue este año que la carta llegara. Entre el desempleo, las ventas venidas a menos y la empresa en zozobra, sus almas temblaron de ver rotos esos corazoncitos. Se hizo lo que se pudo, siempre con sacrificio. En muchos hogares se superó el angustioso trance echando mano de un cartoncito mágico de plástico.
Su origen se pierde casi en la leyenda. Se cuenta que su nombre apareció por primera vez en 1888, en una novela utópica escrita por Edward Bellamy. En su libro Mirando atrás , el autor se imaginaba un mundo futuro donde las personas pagaban sus compras con algo que entonces pareció fantasioso: una “tarjeta de crédito”. Así la llamó. La realidad, que con frecuencia copia a la ficción, nos ha quitado el asombro. La fantasía de Bellamy es hoy la forma más universal de pago.
Es inimaginable la cantidad de hogares que utilizan tarjetas. Estado y empresas tramitan planillas hacia tarjetas de débito que sus trabajadores usan para acceder a sus salarios y para hacer sus compras. Las de crédito resuelven carencias de liquidez y también dificultades de ingresos, ojalá temporales.
No podemos vivir sin ella. Se supone que se debe utilizar dentro del mes y cancelar en ese mismo plazo. Pero, seamos sinceros: ¿Quién lo hace? Se acumulan así saldos deudores que no siempre entendemos, en estados de cuenta de formatos tan variados como confusos.
En los hogares que viven el difícil entorno actual, cada estado de cuenta que llega es ocasión de angustia. No faltan conflictos de pareja, discusiones acaloradas y reclamos. En las estadísticas de agresiones no están ausentes las disputas por un saldo, que se convirtieron en suceso lamentable.
No solo los hogares tienen, en el cartoncito, salvavidas y piedra. Para la pequeña empresa, es difícil resistir la tentación y resolver con ella flujos de caja y luego, en medio de una crisis, no siempre es fácil cumplir fechas de pago. La ventaja instantánea se convierte, muchas veces, en la piedra que rodando hace aludes. Obama se comprometió, por eso, desde su campaña, a emprender una regulación de tarjetas de crédito, como apoyo al consumidor y estímulo al comercio. Al constatar en Costa Rica una regulación que ha quedado rezagada, la administración de don Óscar decidió tomar acciones, especialmente frente a las carestías apremiantes de la hora.
El Plan Escudo. El Plan Escudo ha sido un paliativo enorme frente al desempleo, la disminución de exportaciones y de ingresos. Una actualización de la regulación de las tarjetas es componente complementario de este Plan, importante porque todos somos consumidores de ese servicio y a todos nos afecta su funcionamiento.
Ahí estaban los cascabeles. Esperar que la próxima administración se los pusiera al gato habría sido lo más sencillo y menos controversial. Pero no llegamos a calentar sillas. Nada menos apropiado que la abulia, esa tan denunciada apatía y falta de voluntad de hacer cambios, sobre todo cuando se reconoce con precisión su necesidad. ¿Por qué esperar?
Pocos temas han involucrado la participación activa de más direcciones del MEIC, en una articulación de esfuerzos con resultado mancomunado. Ahí confluyen insumos de la Dirección del Consumidor, Estudios Económicos, Competencia, Mejora Regulatoria y Legal. Pero no actuamos de forma unilateral ni discrecional, sin la consulta debida a los agentes involucrados. Es un proceso largo, difícil y complejo, pero eso no es excusa para quitar el hombro.
Cuidado con el maniqueísmo. Estamos frente a una de las más importantes prestaciones ofrecidas por las instituciones financieras y uno de los servicios más álgidos para el consumidor. Necesitamos que sean beneficiadas ambas partes de la ecuación. Sería un error plantear problemas de forma maniquea: con buenos y malos, víctimas y victimarios. Aquí lo que existen son partes en una relación contractual cuyas condiciones ameritan ser mejoradas, con el apoyo y para el beneficio de todos.
Estas navidades, los hogares hicieron enormes sacrificios. Las empresas también recurrieron al crédito para aprovechar el consumo de las fiestas. Enero se acerca y con él, los avisos de cobro. Pensando en eneros más propicios, daremos algunos pasos, diseñando el camino que sigue y dejando la trocha abierta, con información mejorada y mayor transparencia. Pero hoy es tiempo de esperanza y regocijo: ya viene el Niño. Temprano en la mañanita, los chicos se acercan al árbol y a “pasitos” encendidos donde una Madre mira a su niño lucero y dos bestias buenas le dan su calor. Los lazos se sueltan, las cajas se abren, los padres contemplan gritos y algarabías. Otra dulce Navidad que recordar.