Recientemente, hemos estado en presencia de campañas a favor de la lectura, todo en función de inculcar en nuestra niñez y juventud la pasión por la lectura. Mas leer no se circunscribe a pasar la mirada sobre letras y comprender significados; es más que tal definición típica de un crucigrama de sábado por la mañana.
Si tal simpleza reflejara su concepción, los jóvenes obligados por el sistema a leer los conocimientos básicos como mera condición para obtener un título, serían considerados lectores, y sabemos que no es así. La pasión por leer va mucho más allá…
Leer no es una acción complementaria de la existencia, no es un hecho rutinario con el que se convive. La pasión por leer es mucho más, es un sentimiento que no se puede obtener por el hecho de desearlo; es una pasión que se desarrolla con el tiempo, que nos inculcan nuestros padres y el maestro o que simplemente descubrimos con la misma felicidad de quien ha descubierto un tesoro.
Leer es imaginar y descubrir, proceso más complejo que el conocimiento y el entretenimiento, aunque claramente los contiene. La pasión por leer es la necesidad de cargar un libro al lado del monedero. Al igual que ese, es imprescindible en el mundo actual, pero también es diferente pues su valor es incalculable y su legado es independiente de su empaste o el daño que quizá el tiempo ha hecho en su descolorida presentación.
No es casualidad si cuando leemos, la voz que escuchamos es la de nosotros mismos, la más pura versión de nuestros pensamientos. Entonces, leer es escucharnos y abrirnos a nuestro más eterno e íntimo monólogo.
A propósito, decía Vizinczey que “cuando leemos somos extremadamente vulnerables”. La pasión por la lectura es conocernos a nosotros mismos por medio de un libro, es un ímpetu por saber quiénes somos, descubrirnos y recordarnos página por página.
La emoción por encontrar una obra perdida de Dostoievski, por entender las tramas de Tolstói, debatir acaloradamente con Galeano y Sábato o derramar lágrimas al compás de Becquer, son momentos invaluables que solamente nos da la pasión por leer.
Así que debemos inculcarla constantemente en nuestra juventud y, por qué no, en nuestros adultos. Nunca es tarde.
Ya lo dijo alguna vez Jorge Luis Borges, “que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.