27 enero, 2016

El Diario de Costa Rica, en su edición del 4 de julio de 1934, informó que se había constituido una organización estudiantil denominada Reivindicación, la cual se proponía llevar a cabo un congreso de alumnos de colegio y universitarios.

Entre los temas que se considerarían en tal actividad, figuraba uno sobre la conveniencia de que la educación sexual se convirtiera en una asignatura obligatoria.

Aunque no está claro si el congreso tuvo lugar, la iniciativa estudiantil es de sumo interés porque demuestra que, a inicios de la década de 1930, existía ya una demanda específica por la enseñanza de la sexualidad.

Trópicos. Desde finales del siglo XIX, entre las autoridades educativas existía una preocupación por la higiene sexual, aunque considerada desde una perspectiva predominantemente médica, como lo muestran los estudios de Steven Palmer y Juan José Marín.

En el decenio de 1920, sin embargo, la problemática específica de la sexualidad empezó a abrirse paso poco a poco. Omar Dengo, director de la Escuela Normal, indicaba en diciembre de 1926 que en ese establecimiento, “en las lecciones de Economía Doméstica se procuró introducir, discretamente, ciertas nociones de puericultura y educación sexual”.

Al año siguiente, la biblioteca del Colegio Superior de Señoritas adquirió un ejemplar del Tratado de educación sexual de Walter M. Gallichan (probablemente la edición española de 1927).

También en dicho año, el ministro de Educación, Luis Dobles Segrada, en el contexto de un debate acerca de la duración de la enseñanza primaria, se basó en los trabajos del antropólogo Ernst Frizzi para resaltar las diferencias corporales entre las razas de los países septentrionales y las que vivían en los trópicos.

De acuerdo con Dobles Segreda, “al exterior se manifiesta la madurez sexual por el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios. En la joven se ensanchan lo muslos, las nalgas, las caderas, se abultan los pechos; en ambos sexos aparece abundante el pelo del pubis; en los mozos brota además la barba. Y todas estas manifestaciones se presentan en los trópicos… con dos y hasta tres años de antelación”. Además, el ministro asoció esa temprana madurez sexual con una fecundidad “que empobrece la familia y hace difícil su educación”.

Educación sexual. A comienzos de 1933, Salvador Umaña, director del Instituto de Alajuela, expresaba: a los estudiantes “debemos armarlos para que se defiendan de muchos peligros de la vida que generalmente los colegios deciden ignorar para evitarse molestias. Me refiero a la educación sexual. Hay que habituarlos a vivir en una atmósfera de moral, de ojos abiertos y evitar los vicios y desviaciones de la sexualidad, la ansiedad sexual, los complejos. Problema muy difícil pero capital. Que exige un gran tacto, mucha individualización de consejos e intervenciones y el apoyo decidido y constante de los padres de familia”.

Ese mismo año, la viuda de Omar Dengo, María Teresa Obregón, dirigió en la Escuela Normal un club de estudio sobre “educación sexual” (esta era una actividad académica extra, en la que la inscripción era voluntaria).

Durante la gestión de Umaña como director, la biblioteca del Instituto de Alajuela adquirió, en 1934, los libros Tratado de educación sexual de Gallichan, Pedagogía sexual de Renato Kehl, Educación sexual de Jean Marestan, La evolución de la sexualidad de Gregorio Marañón y La cuestión sexual de Auguste Forel.

En 1937, cuando Umaña era director del Colegio Superior de Señoritas, indicó circunspectamente: “no me atrevo todavía a sugerir alguna intervención en los problemas sexuales, que son tratados, pero indirectamente y en forma velada por las profesoras casadas” (quizá con esta forma de enseñanza de la sexualidad fue con la se topó Yolanda Oreamuno, cuando fue alumna de ese establecimiento a inicios de la década de 1930).

Igualmente, en 1937, José Fabio Garnier, entonces director de la Escuela Normal, expresaba que allí se enseñaban “las cuestiones de la psicología sexual que son de interés fundamental para quien desea desempeñar con acierto las funciones docentes”.

Las inquietudes anteriores culminaron en diciembre de 1939, cuando el presidente León Cortés (1936-1940) aprobó el Reglamento de Colegios de Segunda Enseñanza, cuyo artículo 26 disponía, entre otros asuntos, “dictar a los alumnos conferencias sobre higiene y en los cursos superiores de varones, especialmente sobre las funciones sexuales y el venerismo”.

Eugenesia. Por el momento, no se dispone de información acerca de qué era lo que se enseñaba a los jóvenes cuándo se impartía educación sexual; sin embargo, es probable que, a juzgar por los autores utilizados, predominaran los enfoques eugenésicos y que se insistiera sobre el peligro de contraer enfermedades venéreas.

La eugenesia, entendida como las teorías y prácticas dirigidas al “perfeccionamiento” biológico de la especie humana, empezó a atraer la atención de políticos, intelectuales y científicos costarricenses desde fines del siglo XIX, en estrecha relación con la construcción de una identidad nacional que enfatizaba el carácter blanco de la población de Costa Rica.

Asegurar la calidad de la “raza costarricense”, aparte de promover una sexualidad “sana”, implicaba también promocionar un conjunto de valores tradicionales acerca de las mujeres en tanto madres y esposas, como lo muestra un estudio de Ruth Cubillo sobre Ángela Acuña. En 1938, Acuña, la principal impulsora del sufragio femenino en Costa Rica, publicó un trabajo titulado El misterio sexual, en el que se enfatizan los valores cristianos y patriarcales.

Olvido. Pese a las connotaciones eugenésicas y tradicionales que pudo tener la educación sexual que se ensayó en las décadas de 1920 y 1930, el espacio que se abrió para discutir acerca de ese tema fue efímero.

Con la recatolización de la enseñanza, promovida por el gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944), la problemática de la sexualidad se redujo a la “higiene” sexual, y después fue (al parecer) subsumida en lo que se denominó “educación sanitaria”, un programa a cargo del poeta comunista Carlos Luis Sáenz.

Fue precisamente Sáenz quien, en 1945, publicó Alumnos y profesores ante el peligro venéreo, un folleto que recuperaba el énfasis en el “venerismo” presente ya en el Reglamento de Colegios de 1939.

En las memorias del Ministerio de Educación Pública (MEP) de los decenios de 1940 y 1950, la problemática de la educación sexual está ausente. Reapareció durante la Conferencia Nacional de Enseñanza Media, efectuada entre el 26 y el 31 de agosto de 1963. En esa actividad, se recomendó “dar a los jóvenes instrucción oportuna aprovechando todos aquellos estudios y disciplinas que permitan establecer relaciones con el aspecto sexual, tales como Biología, Sociología, Psicología, etc., considerando que la psicopatología de los conflictos matrimoniales es causada en gran parte por la impreparación de los cónyuges”.

Además, se enfatizó en la necesidad de “establecer una relación constante, pero supervigilada de los jóvenes, hombres y mujeres, en espectáculos diversos, bailes, deportes”, que ayudaran “a crear una atmósfera emocional positiva, para el matrimonio y la paternidad”.

Cambios. A diferencia del ensayo de educación sexual de las décadas de 1920 y 1930, lo propuesto en 1963 ya estaba claramente dominado por una perspectiva en la que la enseñanza de la sexualidad estaba en función del matrimonio.

Tal cambio evidencia la influencia cada vez mayor que la Iglesia católica tenía en el sistema educativo, la cual se fortaleció todavía más en los decenios finales del siglo XX. Al reforzamiento de los valores tradicionales se sumaron también las otras Iglesias cristianas.

Fue contra esa influencia –y contra el poder que la posibilita– que el MEP, durante la gestión de Leonardo Garnier, emprendió una lucha sistemática para aprobar, en el año 2012, el Programa de Educación para la Afectividad y Sexualidad Integral.

Al necesitar casi un siglo para aprobar un programa de educación sexual, Costa Rica demostró que sí es capaz de hacer los cambios que le urgen, siempre y cuando al país le den el tiempo suficiente para hacerlos.

El autor es historiador.