El 7 de enero Donald J. Trump, presidente electo aún en ese momento de Estados Unidos, dio una rueda de prensa en su club privado en Florida, Mar-a-Lago, en el que esbozó un plan de gobierno amplio, en el que se movió entre la concepción básica del aislacionismo en su versión contemporánea, la del Make America Great Again, y una perspectiva imperialista, marcada por una ambición novedosa que se proyecta sobre la idea, aún abstracta, de una “gran América”, en la que EE. UU. es proyectado con la incorporación de nuevos territorios.
Entre estos nuevos territorios destacan Canadá, del que Trump dijo debería ser el estado número 51 de la Unión Norteamericana; Groenlandia, a la que por segunda vez se dirige para adquirirla; y el canal de Panamá.
Algunos promotores por internet de esta idea elaboraron mapas hipotéticos en los que Estados Unidos incluso incorporaría, además de los territorios mencionados, el norte de México, la península de Yucatán, perteneciente a este mismo país, las islas de Cuba y la República Dominicana, y Nicaragua.
De esta manera, es posible afirmar que cuando Trump hizo estos anuncios, ampliando en sus respuestas que no descartaba el uso de la fuerza contra Groenlandia y el canal de Panamá, no estaba hablando en abstracto, es decir, para una audiencia nacional que no estaba preparada, sino que, por el contrario, ya existen grupos y organizaciones politizadas dentro de los Estados Unidos que no solo están familiarizados con las ideas de un nuevo expansionismo imperialista de Estados Unidos, sino que incluso lo promueven.
Hasta Jesse Watters, presentador de la cadena Fox News, afirmó en televisión, el mismo 7 de enero: “Si yo fuera ciudadano de otro país y vecino de Estados Unidos, consideraría un privilegio ser anexionado por los Estados Unidos”. Ampliando, dijo que el hecho de que los canadienses no quieran que los invadan le daba ganas de hacerlo. “Quiero saciar mi sed imperialista”, agregó.
El día de la toma de posesión presidencial, en un acto iniciado antes del mediodía y en presencia de los expresidentes, los miembros del Congreso y menos de una decena de gobernantes extranjeros, Trump retomó la dimensión imperial de su doctrina presentada el día 7, y en un discurso mesiánico, afirmó: “El espíritu de la frontera está grabado en nuestro corazones. La llamada de la próxima gran aventura resuena en lo más profundo de nuestras almas. Nuestros antepasados estadounidenses transformaron un pequeño grupo de colonias en el borde de un vasto continente en una poderosa república formada por los ciudadanos más extraordinarios de la tierra”.
El tono y el proyecto de la presidencia imperial adquirió a partir de ese momento un hálito de programa de gobierno y objetivo de acción expansionista real, dejando de ser parte de la retórica que los políticos suelen utilizar para justificar sus acciones.
En esta perspectiva, el canal de Panamá adquiere una dimensión de amenaza real, pues acusa a este país de estar violando el tratado Carter-Torrijos, suscrito en 1977, aunque no lo dijo de manera taxativa, según lo previsto en el Protocolo al Tratado Relativo a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal de Panamá, cuando afirmó: “Estados Unidos —piensen en ello— gastó más dinero que nunca en un proyecto y perdió 38.000 vidas construyendo el canal de Panamá. Fuimos tratados muy injustamente por ese tonto regalo que nunca debió ser dado. Y se ha roto la promesa que Panamá nos hizo. El propósito de nuestro acuerdo y el espíritu de nuestro tratado han sido totalmente violados. Los buques estadounidenses están gravemente sobrecargados y no reciben un trato justo. Esto incluye a la Armada estadounidense. Y, sobre todo, China está explotando el canal de Panamá, que dimos a Panamá, no a China. Y vamos a recuperarlo”.
El casus belli ante la opinión pública norteamericana está planteado y justificado, y cuenta con aceptación en otros Estados contemporáneos que tienen abiertas guerras y disputas imperiales, principalmente con Rusia y China, para los que las afirmaciones de Trump adquieren una dimensión transaccional imperialista.
De hecho, Panamá, incluso más que Canadá y Groenlandia, adquiere una dimensión de territorio sometido a transacción: para Rusia, es una perspectiva bien vista, como lo sugirió tácitamente Serguéi Lavrov, el legendario canciller de ese país, el 14 de enero en una rueda de prensa, en la que dejaba claro que EE. UU. debía “escuchar a los pueblos” de las regiones que considera como importantes para sí, tal y como los rusos lo hicieron con Crimea y el Donbás.
El valor transaccional de Panamá aumenta luego de la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria, toda una derrota para Moscú y Teherán.
Para China, el asunto sería más complicado, dadas las inversiones que la compañía Hutchison Whampoa tiene en dos puertos que sirven al Canal, a través de una subsidiaria local denominada Panama Ports Company, y que es, en esencia, el fantasma utilizado para crear un casus belli que justifique una acción jurídica contra el tratado Carter-Torrijos, o una militar.
Cualquiera de las dos opciones puede tener como trasfondo, al igual que en el caso de Ucrania, un componente asociado a las aspiraciones de Pekín de tomar Taiwán, la isla rebelde, y que hasta hoy cuenta con el apoyo de Washington para defenderse. Sin embargo, esta transacción encaja en lo que el mismo Trump aseveró en su discurso: “Mediremos nuestro éxito no solo por las batallas que ganemos, sino también por las guerras que evitemos, y, quizá lo más importante, por las guerras que no iniciemos”.
Es necesario resaltar que no es casual la referencia de Trump al presidente William McKinley, como ha indicado el historiador Tomás Pérez Vejo, pues McKinley fue el que buscó la guerra con España en 1898, y que en el respectivo tratado de paz arrebató a Madrid los territorios de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam, dando proyección global a la nación imperial de Estados Unidos.
Incluso Trump destacó cómo McKinley fue clave para la adquisición de Panamá: “El presidente McKinley hizo muy próspero a nuestro país gracias a los aranceles y a su talento. Era un hombre de negocios y proporcionó a Theodore Roosevelt los fondos para lograr grandes cosas, incluido el canal de Panamá, que fue imprudentemente cedido al país de Panamá”.
Panamá no tiene cómo resistir una acción militar de EE. UU.: carece de fuerzas militares en sentido estricto, cuenta con un eficaz servicio de policía, pero este no tiene cómo resistir una acción armada, y el U. S. Army conoce con detalle las áreas que implica el Canal, algo evidente en la invasión que esta fuerza militar llevó a cabo en diciembre de 1989 y enero de 1990, luego de que el general Manuel Antonio Noriega, gobernante de Panamá, declarara la guerra a Estados Unidos.
Una consecuencia de la acción imperial, bastante obvia, es el regreso del discurso, la militancia y la beligerancia del antiimperialismo, que en América Latina ha registrado una comprobada proclividad por la acción armada a través de guerrillas y prácticas terroristas, y junto con esto, daría un margen político amplio a los grupos y partidos políticos antiestadounidenses, al igual que a los gobiernos que se manifiestan en contra de Trump y su corriente ideológica.
Advertidos, el imperio está de regreso.
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Carlos Alberto Patiño Villa es profesor titular en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.
