Despierto por la mañana con la vibración del celular: la peor forma de despertar. Acerco la mano a la mesa de noche, intento enfocar la pantalla; hay un audio de más de un minuto: ¿la peor forma de comunicarse? Es de un amigo, así que lo reproduzco sin alterar su velocidad. Una forma de respeto, incluso de cariño.
Mi amigo está desesperado; dice que lleva tres días intentando recordar una palabra. Trata de explicarme el “campo semántico” en el que flota, perdida. Comienza mencionando que la hemos usado en alguna conversación, y aporta más detalles: su significado define el manual de estilo de la editorial que fundamos, un puñado de notas lleno de excepciones y desvíos caprichosos de las normas. ¿Singular?, ¿excéntrico?, ¿heterodoxo? Sí, pero no exactamente. ¿Idiosincrático?, aventuro. ¡Casi! Es lo más cerca que ha estado de acertar, dice.
Me da pistas que no son de mucha ayuda. En el audio, balbucea una combinación extraña de consonantes a manera de aproximación fonética a la palabra extraviada. También asegura –y parece convencido– que “tiene una o y una a” (!). Llegados a este punto, sé que está verdaderamente confundido. Temo por su salud mental. Hago alguna broma para salir del paso, que es mi forma sutil de eludir problemas importantes. Me digo a mí mismo que todo es una tontería y que ya pronto encontraremos la respuesta.
El germen de la duda, sin embargo, se ha instalado. Comienzo el día con una turbia sensación de desasosiego. Recuerdo al personaje de El bigote, la novela de Emmanuel Carrère, que cae en una espiral de autodestrucción el día en que se corta un bigote que lleva años luciendo y nadie a su alrededor es capaz de notarlo. La obsesión crece sin control en su interior hasta llevarlo a la locura.
Entonces recuerdo que he olvidado muchas palabras. Temporalmente, quiero decir. Es difícil admitir esto sin que parezca ridículo, pero una vez olvidé el adjetivo imbricado. Una semana completa. ¿Para qué quería saberlo? ¿En qué frase tropecé con ese vacío? Les pregunté a amigos, a compañeros de trabajo, quizá deslicé el tema en una sobremesa con mi pareja. Nada. Todos me miraban con una mezcla de desconcierto y compasión. La mirada fue de asombro absoluto cuando, después de días de investigación (casi) infructuosa, desvelé el misterio: imbricado.
Pero el enigma actual es aún peor porque no me pertenece: lo heredé. La obsesión de mi amigo se convirtió en la mía (¿será eso la amistad?). Pedimos auxilio en un chat y alguien, haciendo gala de lucidez, lanza con seguridad: la palabra debe ser arbitrario. No: el enésimo descarte.
Por lo general me fío de mi memoria, aunque actúe con retraso, pero esta vez la ansiedad me gana y opto por un atajo: el diccionario de sinónimos, ese “infierno florido”, como diría Cortázar. No registra un equivalente para idiosincrático, y la búsqueda se vuelve un bucle inútil cuando intento con adjetivos similares pero más genéricos.
Pienso en nuestra relación con las palabras: en cuáles elegimos, cuáles decimos con más frecuencia, cuáles inventamos, cuáles callamos. ¿De dónde vienen? Mi amigo habla una variante del español costarricense influida por chilenismos (legado paterno) y, más recientemente, por el argot y cierta cadencia del castellano de la península ibérica. Mi propio lenguaje está cada vez más contaminado por decenas de traducciones de literatura –la mayoría provenientes de España–, giros importados del omnipresente inglés, e incluso expresiones nativas de la comunicación digital. Me he sorprendido hablando como un meme.
Construimos nuestra personalidad sobre la base de una fantasía: que en cada transacción con el lenguaje es mayor la ganancia que la pérdida. Pero en realidad la acumulación de conocimiento, el acceso a culturas remotas, el gozo aparente que nos procuran la Red y el entretenimiento global nos alejan de formas de expresión más genuinas. Nuestro yo sepultado por toneladas de información inconexa y volátil.
Mi padre murió con la mente envuelta en una espesa bruma. Aún tengo presente el tono de su voz y muchas imágenes de los años que compartimos. Quizá algún día todo eso desaparezca, pero me resulta imposible pensarme sin el sinfín de frases, chistes e historias que me heredó. Son parte de mí. Si algún día olvido alguna de sus palabras inventadas, ¿dónde la encontraré?
alberto.calvo@nacion.com
Alberto Calvo Garita es editor. Desde el 2017 codirige el sello independiente Los Tres Editores.
