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Página quince: El hombre mono

Estamos en las jaulas de un zoológico tecnológico administrado por quienes sí saben cómo sacarle dinero a los tontos útiles

La Internet y las redes sociales nos hacen creernos más sofisticados y actualizados, aunque todos los días nos llenen la mente de basura, mentiras sobre marte, la luna y las vacunas.

Chismes de la realeza y de la farándula, y toda clase de nimiedades abundan y pululan como moscas en la red. Ya no somos ninguna clase de homo sapiens; somos, más bien, una suerte de homo ignorare, capaces de creer en cualquier cosa que se diga en Internet.

Estamos sentados en las jaulas de un zoológico tecnológico administrado por los que sí saben cómo sacar provecho y dinero a este mundillo de tontos útiles. ¿Quién nos observa dentro de esas jaulas? ¿Quién paga su entrada a este zoológico? ¿A quién le importamos?

Las flores las aves y los árboles son mejores que nosotros ya que no creen en tanta tontería. «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esta ya no siente», escribió Darío.

Sobrepoblación, sobreexplotación de los recursos, modas cambiantes cada día sobre lo que es políticamente correcto, pieles llenas de tatuajes, la mayoría hermosos, la minoría quién sabe, supremacía blanca, racismo, políticos locos por todo el mundo.

Estamos llenos de todo lo que los hermanos Davies predijeron en su canción Apeman, de políticos locos, de Bolsonaro dementes que dejan morir a su pueblo, por su delirio de superioridad, infectados por un virus microscópico, de Kim Jong-un y Alí Jamenei con cohetes y misiles supuestamente nucleares, o al menos eso le hacen creer al mundo, con controles de disparo de mecha corta y mentes aún más cortas.

Bomba de tiempo. Estamos de Ortega ocultos bajo los fustanes de sus Murillo para que no los vean asesinar a su gente, de verdes y Maduro, de intolerancias a toda escala, equilibrios más que precarios de desbalance, que tarde o temprano nos van a explotar en la cara a todos.

Estamos próximos a elecciones en Costa Rica, llenos de precandidatos que quieren llegar a no sé dónde o adonde no sé si ellos saben dónde. ¿Cuál es el premio, cuál es la recompensa, cuál es el botín al que aspiran? ¿Será la fama? Algo bueno y grande debe haber detrás de los altos puestos políticos para que tantos lo quieran, de tantos partidos, algunos ya obsoletos, trasnochados, que cansan a la gente de ir y venir al gobierno para no hacer nada, que ya tuvieron décadas en el poder sin ni siquiera arreglar una platina, ni hacer una pinche carretera de 30 kilómetros en 20 años, ni construir medio metro cuadrado de hospitales, ni medio metro de acueductos, de que se perdieran miles de millones de colones en instituciones sin que nunca haya culpables.

¿A que aspiran los políticos cada cuatro años? ¿A la gloria? ¿A la fama, al dinero, al sueldo, a la pensión? No sé, pero no me digan, porque no lo creeré, que es a servir al pueblo.

Si he de morir, ¿cuál será mi recompensa? (Jesucristo superestrella). Este país está tomado y poseído por los mandos medios del poder público, y no hay presidente o ministro que tenga control sobre esto.

La nave del gobierno navega sola, la rueda del Estado rueda sola, con el único rumbo que quieran los de en medio para lograr sus anualidades, pensiones y todo lo que ya sabemos, que ya nos cansa saber y que nadie sabe cómo cambiar, independientemente de quién esté al mando, si es que ser presidente o alto funcionario puede interpretarse (de alguna remota o retorcida o sombría forma) como estar al mando o tener el poder.

Pero, bueno, vayámonos a una costa lejana y vivamos como hombres mono, durmiendo donde sea, a la sombra y al sol, comiendo lo que sea. Tengamos presente, eso sí, que para vivir como pobre hace falta ser rico, y que, cuando algún loco presione el botón, ni los monos se salvarán.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo.