El sentido del olfato constituye “la raíz más primitiva de nuestra vida emocional….” (D. Goleman La Inteligencia emocional . J. Vergara Editores, Colombia, 1995: 29)
Por analogía (¿acaso?) con el comportamiento de este sentido, el periodismo acuñó el sintagma “olfato periodístico” referido a la aptitud innata (y por tanto, primitiva) para intuir (olfatear) el quilataje noticioso de los acontecimientos.
Aunque no existe plan de estudios en el mundo, de ninguna escuela universitaria de periodismo que contemple una materia llamada Olfato Periodístico I, II, o III, a cualquier periodista, en cualquier sala de redacción del mundo, se le exige esa preciada cualidad.
Quizás, para contraponer a tal característica alguna condición de pseudociencia, las escuelas de periodismo le negaron a la lógica del sentido común, a la intuición y al instinto su valor predictivo, en asuntos de vida cotidiana.
Objetividad. Al bloquear los orificios de la “inteligencia olfativa”, el arte y oficio del periodismo enseñado en las aulas universitarias quedaría sujeto a la aplicación de fórmulas y paradigmas. En esta tendencia se inscribe un dogma de imposible cumplimiento: la objetividad. Al periodista no le está permitido transgredir lo que ve, que existe. No puede influir, no puede interpretar, no puede comprometerse.
En los últimos cinco años he realizado investigaciones sobre el tratamiento periodístico de la prensa en asuntos parlamentarios, futbolísticos, de salud, de sucesos y, más recientemente, del TLC, y cada vez confirmo la firmeza de dos hallazgos encontrados (entre tantos otros) en este trajín:
Aun con dominio pleno del olfato periodístico, la prensa nacional no les garantizaría a los ciudadanos un control de calidad sobre los hechos noticiosos que difunde, pues no siempre, ni toda la información corresponde a hechos irrefutables. Por el contrario, predominan los hechos hipotéticos, con lo cual la función que da sentido y justifica la existencia de las noticias perdería parte significativa de su valor de prueba.
Tratándose de hechos sensacionalistas, son los ciudadanos con la más baja escolaridad quienes le prestan más atención a los sucesos y a los hechos sensacionalistas. Se explicaría, así, que la curiosidad supere a la credibilidad, como motivo de consumo noticioso. Del círculo vicioso resultante surgen fuertes vínculos hacia estos hechos que construyen una identificación de “clase” para defenderse de la vulnerabilidad inherente a la ignorancia.