
En 2021, en el reconocido programa estadounidense 60 Minutes, el señor Luis Elizondo, exoficial del Pentágono, señaló: “Imaginen una tecnología que puede soportar entre 600-700 fuerzas G, puede volar a 13.000 millas por hora, puede evadir radares y desplazarse por aire, agua y, posiblemente, espacio. Y, por cierto, no muestra medios de propulsión, no tiene alas ni superficies de control y, aun así, puede desafiar los efectos naturales de la gravedad. Eso es, precisamente, lo que estamos viendo”.
Sesenta años antes, en un artículo de The New York Times del 28 de febrero de 1960, el vicealmirante Roscoe H. Hillenkoetter, exdirector de la CIA, afirmó: “Detrás de escena, altos oficiales de la Fuerza Aérea están seriamente preocupados por los objetos voladores no identificados. Pero, mediante el secreto oficial y el ridículo, muchos ciudadanos son llevados a creer que los objetos voladores desconocidos son un disparate”.
Esta marcada diferencia entre la posición pública y la posición privada se ha mantenido por más de 70 años, aunque, recientemente, ha generado mayor preocupación en el Congreso estadounidense en aras de la transparencia.
Senadores serios e influyentes como Chuck Schumer, Mike Rounds, Marco Rubio (hoy secretario de Estado) y Kirsten Gillibrand han impulsado legislación sorprendente que reta nuestra imaginación: contiene referencias a inteligencia no humana, tecnologías derivadas de inteligencia no humana y campañas de revelación controlada, entre otras.
Cuando figuras de tan alto nivel institucional y de ambos partidos políticos de Estados Unidos promueven estas iniciativas legislativas, se crea una incertidumbre legítima: si tales referencias responden solamente a escenarios hipotéticos y están poniendo en riesgo su credibilidad profesional, o si, por el contrario, reflejan una seria y fundamentada preocupación sobre la existencia de información no revelada.
Esta incertidumbre ya fue captada por la oficina en Suiza de la empresa Deloitte, una de las cuatro firmas auditoras más influyentes del mundo, que recientemente incorporó como ejemplo de “cisne negro” –es decir, un evento altamente improbable pero de impacto sistémico– la eventual revelación de inteligencia no humana bajo el siguiente contexto: “Un ejemplo de un futuro cisne negro sería un escenario en el que ciertas partes de los gobiernos hayan tenido conocimiento de una inteligencia no humana (NHI) y hayan mantenido esta información alejada del público. Los mercados financieros globales podrían enfrentar disrupciones a medida que cambien los paradigmas y se reorienten las estrategias de inversión y la investigación científica. La sociedad en su conjunto tendría que asimilar las profundas consecuencias para la humanidad”.
Sin entrar a analizar la realidad, origen o particularidades del fenómeno atribuido a inteligencia no humana, el ejercicio revela la creciente necesidad de ampliar los márgenes de lo pensable en el análisis estratégico. No es una preocupación meramente teórica: la pandemia de covid-19, la crisis de 2008 o los ataques del 9/11 (11 de setiembre de 2001) constituyen un recordatorio tangible de cómo un evento considerado “cisne negro” puede materializarse con efectos sistémicos globales, alterando economías, instituciones y formas de vida en cuestión de meses.
En todos estos casos, la principal lección fue subestimar riesgos sistémicos, es decir, la falta de preparación y acción ante riesgos de alto impacto.
El ejercicio teórico es, en esencia, una advertencia. Durante décadas, los gobiernos, empresas e instituciones han operado bajo modelos de riesgo que privilegian la continuidad y la extrapolación del pasado. Sin embargo, los eventos transformadores no surgen de lo previsible, sino de lo inesperado, y así, la hipótesis de una inteligencia no humana funciona como un caso que pondría a prueba la capacidad de respuesta de nuestras estructuras políticas, económicas y culturales, ya que sus implicaciones son difíciles de exagerar.
No se trataría únicamente de un descubrimiento científico, sino de un punto de inflexión civilizatorio. La confianza en las instituciones podría verse tensionada, los mercados reaccionarían con volatilidad extrema y las narrativas fundamentales sobre el lugar de la humanidad en el universo entrarían en revisión.
Pero quizá la contribución más relevante del enfoque de Deloitte Suiza no radica en el escenario en sí, sino en retar nuestra forma de pensar. Seamos claros: el mayor riesgo no es que un evento de revelación ocurra, sino que el evento ocurra estando intelectualmente desprevenidos, sin que lo hayamos pensado y analizado previamente. Y en ese proceso, la prudencia ya no consiste en descartar lo extraordinario, sino en reconocer que, en un mundo cada vez más incierto, incluso lo extraordinario merece ser objeto de análisis.
Esteban Carranza Kopper es abogado.