
Hay oficios que se heredan, como un apellido. Y hay otros que se reciben como una vocación silenciosa, casi como un encargo del cielo. La historia de la familia Soto Del Valle pertenece a este segundo grupo. Durante 236 años, ocho generaciones han custodiado, con manos pacientes y mirada reverente, la orfebrería de la Virgen de los Ángeles.
En el centenario de la coronación de la sagrada imagen, conviene dirigir la mirada no solo hacia el resplandor que la rodea, sino hacia quienes, desde la discreción, han dedicado su vida a que ese resplandor esté a la altura del amor de un pueblo.
Ocho generaciones de orfebres
Todo comenzó en 1802, cuando José María Del Valle Alarcón elaboró el primer resplandor. Su hijo, Andrés Del Valle Calderón, asumió la tarea con el mismo sentido de responsabilidad, cuidando y enriqueciendo la obra. Luego vendría Julio Del Valle Salguero, quien elevó el oficio con una maestría que dejó huella, particularmente en los mantos que aún hoy engalanan a la Virgen.
La cuarta generación, representada por Emilio Del Valle Madriz, marcó un momento decisivo. Fue él quien reformó el estilo del resplandor y diseñó la pieza que conocemos hoy, precisamente para la coronación en 1926. Sus hijos, Francisco y Julio Del Valle Guzmán, continuaron la labor con la misma sobriedad que caracteriza a esta familia: sin buscar reconocimiento, sin protagonismo.
La sexta generación llegó con José Antonio Soto Del Valle, quien no solo dio mantenimiento a los resplandores, sino que dejó su huella en el pedestal mismo de la imagen, al participar en la elaboración del escudo de Costa Rica, por solicitud del presidente Daniel Oduber Quirós.
Hoy, la responsabilidad descansa en Fernando Soto, sétima generación. Él creció en un taller que era casi un santuario. Entre jornadas de trabajo y noches de estudio, se formó como orfebre y heredero de una misión. Con el fallecimiento de su padre, asumió el taller y, con el tiempo, se le unieron su esposa Ingrid y su hija Ana Laura. Sin planificarlo, incorporaron –por primera vez– a mujeres que asumen un papel protagónico en esta tradición.
Ana Laura se encuentra aún en proceso de aprendizaje, pero sus primeras piezas ya adornan a la Negrita. Como dice su padre, será el tiempo el que diga cuál será su legado.

Costa Rica les agradece y reconoce
A lo largo de más de dos siglos, la familia Soto Del Valle ha encarnado aquella frase que Fernando tanto propaga: “El orfebre no pone oro sobre la Virgen. El orfebre intenta que el oro esté a la altura del amor de un pueblo por su Madre”.
Cada generación buscó figurar lo menos posible. Si dependiera de ellos, probablemente nadie conocería sus nombres. Pero su obra los delata.
Al final, lo que esta familia ha hecho durante más de dos siglos no es simplemente trabajar el oro, sino custodiar una devoción. Y como enseña la Escritura: “El Señor los llenó de habilidad para realizar labores de orfebrería” (Éxodo 35, 35).
Quizá por eso su misión ha sido siempre silenciosa, porque cuando el arte nace de la fe, no necesita firma… solo fidelidad.
Germán Salas M. es periodista.
