Una visión holística de todos los aspectos del sistema circulatorio de la Tierra nos permite imaginar a nuestro planeta como un gran ser vivo, formado por multitud de subsistemas. La interacción de todos estos subsistemas da como resultado un sistema complejo, de características sorprendentes.
Dentro de esta misma complejidad, los océanos son el sistema circulatorio del planeta, el responsable del almacenamiento y distribución de energía, gases y nutrientes.
Paradójicamente, el cuerpo humano tiene un sistema circulatorio “cerrado”, donde la sangre –que es un 83% agua– posee características semejantes a las del agua marina. A su vez, la sangre forma entre el 65% y el 70% del organismo y su tarea es llevar nutrientes a las células y sacar los desechos mediante un “acueducto y alcantarillado”, que es el sistema arterial y venoso, respectivamente.
Así, las aguas marinas de los océanos, que cubren del 70% al 71% del planeta Tierra, también actúan como un sistema circulatorio, pero, a diferencia del sistema cerrado de arterias y venas que tienen los seres humanos y otros mamíferos, estas fluyen en un sistema abierto.
A luz de estas analogías, los océanos conforman el “sistema sanguíneo de la Tierra”, con corrientes encargadas de distribuir nutrientes y energía para mantener la vida en nuestro planeta.
Una de las corrientes más importantes es la que se ha dado a conocer como la “cinta transportadora global” o la circulación meridional profunda, la cual se inicia cada invierno en las altas latitudes del océano Atlántico Norte y en algunos puntos de la plataforma continental Antártica. E
En el invierno, el agua superficial aumenta su densidad y se hunde hasta el fondo oceánico, en lo que representa el comienzo de una ruta planetaria. Durante este viaje, que dura cientos de años, el agua poco a poco se hace menos densa y se acerca a la superficie, hasta regresar a las zonas donde se inició el recorrido.
Este viaje es trascendental para nuestro planeta por dos razones, según lo indica el oceanógrafo José Luis Pelegri, jefe del departamento de Oceanografía Física y Tecnología del Instituto de Ciencias del Mar, en España.
La primera es que el agua ingresa a la superficie cargada de nutrientes inorgánicos, que ayudan a mantener la producción primaria. Esto, mediante el proceso de fotosíntesis que utiliza energía solar para transformar el carbono y los nutrientes inorgánicos en materia orgánica, produciendo también oxígeno.
Esta producción primaria es la mitad de toda la que ocurre en la Tierra y aporta una gran fuente de alimentos como algas y grandes peces, así como la mitad del oxígeno que respiramos.
La segunda razón es que esta corriente contribuye con un flujo de calor hacia latitudes del océano Atlántico Norte.
Lamentablemente, la Tierra ha experimentado cambios notables en su clima, debido al calentamiento global, lo cual ha afectado la intensidad de la cinta transportadora e impactado la temperatura media del planeta.
Al igual que en nuestro cuerpo, al verse afectada la circulación, resulta impactada en forma negativa la salud del planeta y se pone en peligro el bienestar de todos los seres vivos, incluido el del propio Planeta Azul.
El autor es microbiólogo y salubrista público, director del Laboratorio Nacional de Aguas del Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA).
