Jahoda, jefe de la Policía secreta alemana en Moscú, envió a miles de judíos a la muerte, sin la menor lástima.
Preocupado por las constantes recriminaciones de su madre, asumió la administración de un orfanato y siempre se esmeraba en ofrecer a los internos un trato amable y buena alimentación
Dolor y vergüenza. Stanley Milgran, psicólogo de la Universidad de Yale, llevó adelante un experimento (1960) para “conocer la capacidad de crueldad de los seres humanos bajo la presión de la autoridad”. El método consistía en aplicar descargas eléctricas cada vez que los sujetos respondían mal a la pregunta formulada por “el verdugo”. Como se trataba de un simulacro, los “actores” se equivocaban a menudo y así recibían constantes descargas, al límite del dolor sin que “los verdugos” se inmutasen.
Luego de concluida la sesión, los investigadores explicaron el verdadero propósito del experimento y no el que les habían hecho creer. La reacción de enojo de “los verdugos” fue inmediata, ante el engaño deliberado; y se demostró que, cuando se descubren nuestros sentimientos “debajo de la piel”, más puede la vergüenza propia que el mayor dolor o daño que pueda causársele a terceros.
Conductas irracionales. Janet Malcolm, periodista norteamericana, narra en su obra “El periodista y el asesino” cómo Jeffry Mc Donalds, médico joven y prestigioso, es acusado del triple asesinato de su esposa embarazada y de dos hijas. Para hacer valer su versión sobre los hechos, acepta que un periodista escriba los relatos del juicio, desde el corazón mismo de la defensa.
A medida que el periodista se adentra en la piel del convicto se refuerza en él la convicción de que Mc Donalds es el verdadero asesino. Y al mismo tiempo se ensancha su ambición por escribir un best-seller . El médico se entera, por casualidad en una entrevista televisual, de las verdaderas intenciones del periodista. Al sentirse engañado, reacciona con más cólera que cuando lo señalaron como el principal sospechoso.
El apóstol Pablo. Dejando entre paréntesis el papel de la amígdala en la inexplicable manifestación de las conductas emocionales irracionales, Pablo, el más erudito de los apóstoles de Jesús, propone una explicación impregnada de profunda humildad a este fenómeno: Romanos 7, 15, 19 – 23: (…) “Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero (…) Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi mente y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”…
Todo pareciera indicar que de las dicotomías humanas que subyacen bajo nuestra piel (¡qué paradojas!), la bondad en nosotros justificaría la violación de la norma; y la fuerza invisible de lo bueno propiciaría el escondite de lo malo en lo más recóndito de el inconsciente.