Sin ser experto en temas aeroportuarios, me he tomado el tiempo de analizar varias terminales aéreas en Estados Unidos y Europa. Muchas de ellas operan con pistas paralelas de aterrizaje y despegue, cuya separación varía entre los 200 y más de 400 metros.
Incluso aeropuertos con un volumen de tráfico aéreo hasta 20 veces superior al del Juan Santamaría funcionan eficientemente con dos pistas paralelas. Y en muchos casos, especialmente en Europa, hay aeropuertos que, a pesar de manejar movimientos significativamente mayores que los de Costa Rica, operan exitosamente con una sola pista.
Según las regulaciones de la FAA (Federal Aviation Administration, TBL-3-8-1), se requiere una separación mínima de 213 metros (700 pies) entre pistas paralelas para aeronaves de gran tamaño. Considerando la ubicación y disponibilidad espacial del Juan Santamaría, esta normativa podría cumplirse sin mayores complicaciones, habilitando una segunda pista al sur de la actual.
Menciono esto porque el proyecto de construir un nuevo aeropuerto en La Ceiba de Orotina parece, más que una solución realista, una utopía si se consideran las condiciones actuales de acceso a esa región. La ruta 27, saturada de camiones de tránsito lento y con un diseño claramente insuficiente, convierte cualquier traslado hacia ese punto en una odisea.
Hoy, con suerte, el recorrido desde San José hasta La Ceiba toma más de una hora. Imaginemos ese trayecto en horas pico, con un accidente, derrumbe o, simplemente, el incremento del tránsito generado por un aeropuerto. Adiós vuelo.
Para que el proyecto en Orotina sea viable, se requeriría una nueva autopista de al menos cuatro carriles por sentido, además de una línea de tren rápido entre San José y La Ceiba. En mi humilde opinión –pero basada en la experiencia cotidiana de desplazarse por esa ruta–, esto resulta poco menos que risible en el contexto actual del país.
Por el contrario, la alternativa de ampliar el aeropuerto Juan Santamaría con una segunda pista paralela, construir eventualmente una terminal sur, y conectar ambas (norte y sur) mediante un tren subterráneo, no parecería implicar mayores riesgos ni costos en comparación con empezar desde cero en Orotina.
Además, sería una solución más inmediata y realista, considerando también la expansión en curso de las carreteras General Cañas y Bernardo Soto.
Una estrategia viable podría ser asignar funciones diferenciadas a cada terminal: una para vuelos hacia Centro y Suramérica, y otra para destinos hacia Estados Unidos y Europa. Dado que Costa Rica no es un hub regional de pasajeros como Panamá o El Salvador, sino más bien un destino final, las terminales podrían operar de manera funcionalmente independiente.
Finalmente, los desarrollos industriales y de zonas francas en el oeste de la Gran Área Metropolitana fortalecen aún más la viabilidad de esta opción, que contrasta con el elevado nivel de complejidad y costo que implicaría el aeropuerto en La Ceiba.
Desde mi reiterada ignorancia técnica, y armado únicamente con sentido común, dejo estas reflexiones a consideración de quienes realmente saben. Ojalá también valoren la lógica de lo posible.
rprotti@geotestcr.com
Roberto Protti Quesada es geólogo.