
Deseé como pocas veces haber estado aquel 11 de setiembre en una sala de redacción. Pero me encontraba lejos de San José y del periodismo. Las circunstancias me tenían en Miramar de Montes de Oro, ganándome, como digo, los frijoles y el chocolate.
A eso del mediodía, durante la pausa del almuerzo, estuvimos por fin frente a un televisor y nos estrellamos contra las noticias. La sensación de aquel momento, que ahora siento repetirse, fue la de presenciar ciencia ficción. ¿Cómo que se habían desplomado las Torres Gemelas?
La noche me agarró ya en Alajuelita. Las novedades seguían fluyendo, tan duras como al comienzo, y empezaba el rastreo de explicaciones para un hecho que, hasta el último segundo del 10 de setiembre, se entendía como imposible.
Por esas cosas, menos de un mes después me encontraba de regreso en la misma sala de redacción de la que había salido un año atrás y, más adelante, en noviembre del 2004, el oficio me dio la oportunidad de viajar a Estados Unidos por primera vez. Debía hacer una escala en Miami por estudios, pero, seamos honestos, el gran destino era Manhattan.

Durante los días de estudio, un profesor argentino puso en manos de los alumnos un texto de Gay Talese. Nos lo presentó con un prólogo breve: “Es lo mejor que se ha escrito sobre Nueva York hasta la fecha”.
Talese, como se sabe, es periodismo con vuelo literario; escribió Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Claro, son inadvertidas para el resto, porque él las observó todas para contárselas luego a quienes tuvieran deseos de conocerlas.
Talese no dejó nada oculto entre East River y el Hudson. Menciona los gatos que duermen bajo los carros estacionados, los dos armadillos de piedra que escalan la catedral de San Patricio, el pequeño faro rojo cercano al puente George Washington (donde luego me hice retratar), los halcones que cenan palomas en las alturas de la iglesia de Riverside. Talese es un profesional del deporte de ser voyeur de la existencia.
Así, durante aquel taller sobre periodismo en la Florida, las coincidencias me colocaron en Nueva York mucho antes de haber tomado el avión hacia LaGuardia. Los estudiantes devoramos las palabras de Talese, nos aplicamos a nuestros deberes y al quinto día nos despedimos. La mayor parte regresaba a sus países; yo tenía la dicha de continuar hacia el norte. “Deme Dios suerte, que el saber poco me importa”, habría bromeado mi madre.

Eran los días finales de noviembre y la isla estaba entrada en el frío, de lo que me enteré al salir del aeropuerto. Superé el golpe térmico cuando la calefacción de un carro familiar me devolvió la comodidad y al poco descubrí el otoño, que no estaba en el frío ni en los árboles pelones; residía en las hojas rojas y amarillas que morían por segunda vez sobre las calles empapadas de llovizna.
Las vacaciones son ocio y aprendizaje: por eso dediqué aquella semana a encontrarme primero con lo más conocido que se me ofrecía: la fuente de Bethesda en Central Park, la isla Ellis, la estatua de la Libertad, la búsqueda de King Kong en el cucurucho de los rascacielos. Luego llegaron los grandes museos, la biblioteca, la noche.
Una mañana en que iba hacia el extremo sur, me topé con la herida abierta de los ataques del 11 de setiembre.
Había tomado el tren en Nueva Jersey. Ya funcionaba la estación del sitio donde se alzaron las Torres Gemelas; al salir del túnel, entró un golpe de luz por las ventanas del vagón. Fue como si el path hubiera desembocado de pronto en un páramo. El tren se detuvo en un hueco profundo alrededor del cual permanecían montañas de escombros. Recuerdo aquello con la misma intensidad con que sigo viendo unas mantas monumentales en las que se destacaban frases que personajes famosos dedicaron alguna vez a Nueva York.

Entre aquellas palabras, unas de Borges me atraparon. Estoy casi seguro de que corresponden a un fragmento de Funes el memorioso; es esa parte que dice: “Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres”.
Feroz no es aquí salvaje: es descomunal. De ese tamaño es el esplendor de Nueva York, ciudad en cuyos callejones y castillos me he adentrado gracias a un caribeño amistoso; fue él quien me enseñó que, antes de la demolición de la principesca estación Pensilvania –donde se encuentra ahora el Madison Square Garden–, los viajeros entraban a la isla como reyes y luego, debido al mal cambio, empezaron a hacerlo como ratas, por túneles subterráneos. También supe por él que no está mal rezar de vez en cuando.
La amistad y la curiosidad me han hecho regresar cuando he podido. Nueva York es una de mis... iba a decir “debilidades”, pero esta no es la palabra precisa. Es uno de mis placeres.
Para no distanciarnos mucho de Borges, yo podría decir de Nueva York lo que él escribió sobre Ginebra: “Sé que volveré siempre, quizá después de la muerte del cuerpo”.
Y para tampoco olvidarnos de Talese, quedemos claros en algo: Nueva York es una ciudad sin tiempo y llena de maravillas. De feroces maravillas, remarquemos.
ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
