
Hoy quiero iniciar este aporte partiendo de una premisa sencilla pero poderosa: la gran mayoría de las personas son gente buena. Esta convicción ha sido un faro en mi vida desde muy joven, cuando comencé a participar en proyectos de ayuda a la niñez.
Con el paso de los años, la vida me ha permitido confirmarla una y otra vez, a través de miles de encuentros con otras personas: en charlas, capacitaciones, eventos, reuniones o simplemente brindando o recibiendo algún servicio, cara a cara.
Como costarricense, ha sido para mí motivo de profundo orgullo ser reconocido como tico “pura vida” cada vez que he viajado por países de Centroamérica o el Caribe. No han sido pocas las ocasiones en que he recibido cariño, respeto y reconocimiento por el simple hecho de ser costarricense –algo que no es tan fácil–, sin reproches, sin cuestionamientos, sin resentimientos, ni falsos orgullos. Solo aprecio sincero por provenir de este país pequeño, hermoso y pacífico al que llamamos Costa Rica; un país donde, aún hoy, la gran mayoría de las personas sigue siendo gente buena.
A pesar de todo y de todos, nuestro pueblo sigue conformado, en su mayoría, por personas con valores y principios firmes; gente tica de verdad, de corazón. Personas capaces de apreciar a los demás, incluso sin conocerlos, de privarse de un pedazo de pan para dárselo a quien lo necesita, de callar para no herir o para no generar polémica innecesaria. Gente que ama la paz, la libertad, la democracia, la familia y la certeza de vivir en un país con un sistema de gobierno estable –no perfecto, pero estable–, donde se cometen errores, sí, pero también se corrigen; donde, de vez en cuando, surgen personas malas, pero generalmente se identifican, se capturan y se castigan.
Esa ha sido la Costa Rica donde he vivido siempre: un país construido por un pueblo trabajador, luchador y de buen corazón, un pueblo que no merece ser engañado.
Hoy, estamos a muy pocos días de uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida democrática. Nuestro sistema constitucional nos permite, una vez más, elegir de forma libre y democrática a quienes dirigirán el país durante los próximos cuatro años: presidente o presidenta, diputadas y diputados.
Este derecho es un privilegio que cada vez menos pueblos en el mundo conservan y, precisamente por eso, no puede tomarse a la ligera.
Todos y todas las costarricenses debemos salir a votar, con conciencia y con la convicción de que estamos eligiendo lo mejor para el país. Este 1.° de febrero no pueden existir excusas para no hacerlo. No pueden haberlas.
Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo elegir a la persona correcta? Vuelvo entonces a la premisa inicial: la gran mayoría de las personas son gente buena. En teoría, elegir no debería ser tan complicado; bastaría con ver, escuchar, analizar y entender.
Sin embargo, el contexto actual nos plantea un desafío adicional. Vivimos en la era de la inteligencia artificial y de las redes sociales, donde no todo lo que vemos es real, no todo lo que escuchamos es cierto, no todo análisis es coherente y no siempre lo que entendemos coincide con lo que realmente se quiso decir.
Informarnos es indispensable, pero quizá no de la manera en que los partidos políticos preferirían. No se trata de descalificar a la clase política ni de afirmar que los políticos, por definición, mientan. Es evidente, no obstante, que están en campaña y que sus argumentos, propuestas y críticas a los adversarios suelen ajustarse a lo que más les conviene. Por ello, no siempre serán ellos los mejores referentes para tomar una decisión tan trascendental.
Entonces, ¿qué hacer? Claro que hay que ver, leer y escuchar, pero con criterio y sin dejarnos arrastrar por emociones desmedidas.
Sobre todo, hay que darle espacio a nuestro corazón: ese que no engaña, ese que percibe lo que los ojos no ven, ese instinto que se activa cuando algo no cuadra. Cuando esa alerta aparece, conviene escucharla.
También es fundamental hablar con la gente buena, que es mayoría. Preguntar, escuchar, conversar. ¿Dónde encontrarla? En nuestros propios hogares, en los vecindarios, muchas veces sentadas justo a nuestro lado. Quienes son jóvenes –y, para mí, joven es cualquiera menor de 50 años– harían bien en conversar con sus padres, abuelos, amigos y personas de confianza. Aquellas que han vivido más años, que han atravesado momentos de cambio, que han visto construirse nuestra democracia y nuestro sistema de gobierno.
Y quienes ya han vivido 50 años o más en este país poseen una experiencia invaluable: pueden distinguir con claridad lo verdadero de lo falso, porque lo han vivido. Si aun así, hay dudas, siempre será prudente acudir a personas en quienes se confía, personas que no engañan ni sacan las cosas de contexto.
Si no queremos sentirnos engañados –y no lo merecemos–, hablemos, pero hagámoslo sin pasiones políticas. Que la única pasión sea el bienestar del país, de nuestra patria, del lugar donde viviremos los próximos cuatro años, con la esperanza de que sean los mejores posibles.
Nuestro pueblo no merece ser engañado. Por eso, no permita que lo engañen. Vea, escuche, pregunte, converse. No guarde silencio ni ignore su deber.
Y, sobre todo, salga a votar. Llévese a su familia. Que nadie se quede en casa.
Estas elecciones marcarán un antes y un después. Pase lo que pase, el país va a cambiar. Gane quien gane, habrá cambio. En su voto, en sus manos, está la posibilidad de que ese cambio sea positivo: para fortalecer nuestro sistema político, asegurar nuestra democracia y preservar nuestra libertad.
Nuestro pueblo no merece ser engañado. No se deje engañar.
luishquesadav@gmail.com
Luis H. Quesada V. es mentor, formador y consultor.