Ramiro H. Jiménez. 22 noviembre, 2018

En mi época de estudiante, me correspondió presentar las pruebas de bachillerato cuando eran de verdad y no de mentirillas. Cuando los docentes demostraban vocación y responsabilidad profesional y también mucha exigencia académica y formativa.

Había que esforzarse y estudiar responsable y fuertemente, porque debíamos superar la nota mínima para ganar dichas pruebas, luego de aprobar todas las asignaturas del último año; no había promedio de notas de presentación, ni la suma extra de puntos mediante regalonas “curvas”, tampoco cabía apelar resultados ante el despacho respectivo, pues los exámenes eran bien elaborados en contenido y forma. En fin, no regían la ley del menor esfuerzo estudiantil, ni la filosofía del “pobrecito”.

Es hora de tomar decisiones rápidas y firmes para que tanto las escuelas como los colegios cuenten con docentes bien preparados, de probada vocación y comprometidos con su labor profesional

Por ello es muy preocupante saber hoy (según reportaje de La Nación, 17/11/2018) que, a pesar de que a finales del 2016 el Ministerio de Educación anunció urbi et orbi que 7 de cada 10 estudiantes, el 73,26 %, aprobaron todas las pruebas de bachillerato y podían graduarse, en realidad, si restamos los 8 puntos de la curva aplicada en ese momento, solo se habría graduado el 38,26 % de los 40.591 que efectuaron los exámenes.

Es decir, un alto porcentaje obtuvo el título mediante la aplicación de “fórceps académicos”. Sin embargo, esta situación no solamente ocurrió en el 2016, sino también en los años 2015 y 2017, cuando sin esa ayuda de puntos adicionales solo el 35,87 % y el 38,98 %, respectivamente, habrían aprobado las pruebas.

De acuerdo con lo anterior, se deduce que en estos tres cursos lectivos únicamente 4 de cada 10 estudiantes se habrían graduado como bachilleres de secundaria.

El problema real. Las pruebas de bachillerato en sí no son el principal problema del sistema educativo nuestro, ni la causa única de todos sus males. El problema surge cuando sus resultados originales son curvados o torcidos, dejándose de lado una buena lectura y análisis de la realidad inicial que estos representan.

Urge estudiar la educación sin datos engañosos y disfrazados que distorsionan su verdadero estado. Hay que analizar al desnudo la realidad educativa con sus resultados tal como estos surgen. Es necesario que el MEP analice esa realidad con base en los datos iniciales de las pruebas de bachillerato, que mucho reflejan una baja calidad del trabajo desarrollado en las aulas en los respectivos niveles académicos.

Debe tenerse en cuenta que el recurso humano es fundamental. Es hora de tomar decisiones rápidas y firmes para que tanto las escuelas como los colegios cuenten con docentes bien preparados, de probada vocación y comprometidos con su labor profesional.

Es urgente hacer cambios profundos al actual sistema de reclutamiento y selección de profesores y maestros. Se necesita un sistema que garantice la selección y el nombramiento de quienes realmente son mejores, sin olvidar la importancia de otras variables como la planta física, los recursos didácticos y tecnológicos y otros factores de origen curricular.

La solución de los problemas que afectan a nuestro sistema educativo no está en aplicar cambios improvisados a las actuales pruebas de bachillerato, que pueden bien ser objeto de mejoras, ni eliminarlas.

El autor es administrador educativo.