
Les basta tirar de un hilo y, de inmediato, la marioneta ejecuta movimientos que la hacen lucir feliz, eufórica, dentro de la caja decorada que sirve como escenario. No hace falta que le dibujen una sonrisa en la cara.
Halan otra de las cuerdas y el muñeco de tela, madera y papel maché reacciona mostrándose preocupado. Cualquiera diría que incluso sufre de jaqueca y en cualquier momento aparentará tomarse una pastilla.
Manipulan con destreza y precisión el alambre que mueve la cabeza del títere y este parece estar riendo a carcajadas. ¿A quién le hace falta escuchar risotadas?
Agitan de manera coordinada determinados cordeles y el personaje llora desconsoladamente ante los espectadores. Derramar lágrimas sobre el tablado de cartón sería como llover sobre mojado.
Sacuden el control de madera, ese pequeño objeto con forma de cruz, y no cabe duda de que la figurilla está sufriendo un contundente ataque de ira. No es necesario que se escuchen gritos.
Así son los titiriteros: gente experta en mover los hilos de las marionetas desde la oscuridad que les proporcionan las bambalinas del teatrino. Se valen también, con gran habilidad, de guantes y varillas.
Ellos saben qué hacer, cuáles movimientos ejecutar, para que diversas emociones aparezcan en escena: empatía, desprecio, satisfacción, soledad, autocompasión, vergüenza, lástima, miedo, excitación, irritación…
Es precisamente lo que están haciendo con los costarricenses algunos titiriteros del poder, solo que en este caso mueven los hilos para provocar sentimientos y pasiones negativas, como ira, odio, rencor, resentimiento, envidia, deseos de humillar, agresión, menosprecio, intolerancia, destrucción, etcétera.
¿Por qué no cortar los hilos?
Sí. Nos tratan como si fuéramos marionetas a merced de sus caprichos, deseos y cálculos.
Les basta tirar del hilo del enojo y, de inmediato, muchos ciudadanos se tornan violentos.
Halan las cuerdas de la frustración y hombres que eran pacíficos estallan en cólera.
Manipulan con destreza y precisión el alambre de las mentiras y la irracionalidad se apodera de gran cantidad de personas.
Agitan de manera coordinada los cordeles de las noticias falsas y los discursos inexactos y la enemistad aflora entre gente que era unida.
Sacuden el control del lenguaje soez y ordinario, y despiertan en las redes sociales ofensas, ataques personales, amenazas, menosprecios y muchos otros comportamientos que atentan contra la sana convivencia, los buenos modales y el decoro.
Manejan, con gran habilidad, los guantes de la inmunidad y las varillas que protegen a los acosadores, y muchos los defienden, pero atacan a gente honesta.
Malintencionados titiriteros que con solo un movimiento de muñeca nos dividen, nos hacen vernos como enemigos, abren la caja de Pandora de los odios y la violencia.
Estos perversos titiriteros encarnan a la perfección lo que escribió el italiano Umberto Eco (1932-2016) en su ensayo Construir al enemigo: “Cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. Lamentablemente, han convertido a nuestra querida Costa Rica en un teatrino donde cada día crean nuevos adversarios y los lanzan a un mercado de consumidores del odio que compran a ciegas, no porque carezcan de vista, sino porque no quieren ver.
Tampoco están dispuestos estos ciudadanos a hacerse la pregunta que anotó el escritor y periodista polaco Ryszard Kapuściński (1932-2007) en su libro El Emperador, sobre el último monarca de Etiopía: “¿De dónde sale tanta saña, tanta agresividad, tanto odio?”
No se trata de un odio cualquiera, sino del odio tóxico que “inflama el deseo de humillar a las víctimas”, tal y como explica la escritora chilena Tiffany Watt Smith en su obra Atlas de las emociones humanas.
¿Por qué dejarse manipular como una marioneta? ¿Por qué ser dócil como un títere? ¿Por qué vivir con espíritu de muñeco?
Más importante aún: ¿Por qué no cortar esos hilos que atentan contra la paz y actuar como seres racionales?
Les basta tirar de un hilo…
José David Guevara Muñoz es periodista.
